viernes, 21 de febrero de 2020

La Fosa de Putxeta: Su Contexto en las Batallas de Somorrostro

Entrada Actualizada: 07/08/2020

El 8 de febrero de 2020, un movimiento de tierras durante la reforma de una casa en el barrio de Putxeta (Municipio de Abanto), permitió el descubrimiento de un enterramiento en fosa. Los restos de los 10 cuerpos encontrados en su interior han sido identificados gracias a los vestigios de su indumentaria como soldados liberales pertenecientes al Batallón de Cazadores de las Navas Nº 14.

Detalle de la fosa localizada en Putxeta.
Foto del autor con permiso de la Sociedad de Ciencias Aranzadi
Este batallón había llegado en marzo de 1874 al frente de Somorrostro y formaba parte de la Brigada de Vanguardia del Segundo Cuerpo del Ejército del Norte. La muerte de los 10 individuos se puede datar, con cierta seguridad, en el día 26 de marzo de 1874, durante el combate sostenido por este batallón contra fuerzas carlistas del 3º de Guipúzcoa por la posesión de la barriada de Putxeta. La acción queda englobada en la segunda gran Batalla de Somorrostro, conocida como “Batalla de San Pedro de Abanto” y que tuvo lugar el 25, 26 y 27 de marzo de ese año, con el objetivo de romper la línea carlista y poder liberar la villa de Bilbao del asedio al que estaba sometida.

En la bibliografía de época son varias las citas que indican la presencia de fosas de inhumación para los muchos cadáveres que dejó la Campaña de Somorrostro; sin embargo, la hallada en Putxeta es la primera fosa encontrada excavada con técnicas forenses. De igual forma, se trata del primer enterramiento de este tipo localizado en el foco de insurrección carlista del Norte, destacando no solo su valor histórico, sino también patrimonial. 

El proceso de exhumación ha sido realizado por parte de la Sociedad de Ciencias de Aranzadi encabezados por Francisco Etxeberria, encontrándose los restos en proceso de estudio forense en los laboratorios de dicha Sociedad de Ciencias. Será allí donde se obtengan datos adicionales, como su edad, altura estimada, causa de su muerte y si es posible, se procederá a la extracción de ADN.

Paralelamente se trabajará en la identificación de los individuos inhumados en la fosa, existiendo para el Batallón de las Navas Nº14 un registro de defunciones en el Archivo Eclesiástico del Ejército. Indudablemente, hace varias generaciones que desaparecieron aquellos que pudieron haber llorado la pérdida de estos soldados de infantería, siendo la búsqueda de parientes actuales muy complicada. Sin embargo, la identificación de los ahora anónimos huesos, permitirá completar la historia vital de estos jóvenes quintos que terminaron sus días violentamente en los campos de Somorrostro.

República vs Carlos VII

En las cartas que Juan Nepomuceno de Orbe y Mariaca, Marques de Valdespina, oficial carlista al mando del Sitio en Bilbao, escribió a su mujer, María Casilda Gaytán de Ayala y Areizaga (en aquellos momentos refugiada en Francia), se encuentra el siguiente párrafo que resume lo ocurrido el 25 de marzo de 1874 en el frente de Somorrostro: “Seguimos aquí fiados en Dios y la Virgen. Serrano atacó ayer por la izquierda nuestra de Somorrostro, al principio tuvimos desventaja: el enemigo se apoderó de tres posiciones nuestras. El ataque parece que fue impetuoso (yo no estaba) pero achacan al 1º de Guipúzcoa no haber cumplido bien, ni medio bien. No sé lo que sucederá pues conozco el batallón que lo he tenido a mis órdenes y es bueno, buenísimo. Sea lo que fuere perdió la posición y fue causa de la perdida de otras dos; esto fue a primera hora de la mañana y a las diez estaban ya recuperadas dos, pero la tercera, se quedaron con ella […]. Por otra parte, tuvimos ventajas como que se hicieron bastantes prisioneros. Resumen de la acción: quedo en tablas. […]. Si Serrano no pasa, sin remedio tiene que entregarse (Bilbao); son días de crisis terrible; vuelvo a decir: Dios y su Santa Madre nos asistan”.

Francisco Serrano Dominguez.
Modificado de la Biblioteca Nacional
En aquellos momentos, las pretensiones carlistas de tomar Bilbao se estaban dirimiendo en los campos de Somorrostro. Había dado comienzo la que se conocería como “Batalla de San Pedro de Abanto”, la segunda y más importante confrontación dentro de la larga Campaña de Somorrostro.

Desde el 5 de marzo, el alto mando carlista ya era conocedor que el derrotado general liberal Domingo Moriones iba a ser sustituido al frente de las tropas del Norte por el mismísimo Presidente del Poder Ejecutivo de la efímera I República, el general Francisco Serrano y Domínguez, Duque de la Torre. Ese día, Serrano había embarcado con todo su estado mayor en Santander, llegando seguidamente a la población de Castró Urdiales, convertida en el centro neurálgico de la retaguardia del ejército  liberal. 

Serrano, como "jefe de estado", se trasladaba al Norte con refuerzos y numerosa artillería, en un ambiente crispado donde la opinión pública clamaba por una victoria contundente en Somorrostro y el levantamiento del Sitio al que los carlistas estaban sometiendo a Bilbao. La prensa liberal todavía desdeñaba la evolución del ejército carlista, tratándoles como si de una pandilla de sacristanes, mal armados, peor vestidos y deficientemente mandados, se tratará. Sin embargo, la derrota que había sufrido Moriones a finales de febrero en los campos de Somorrostro, había llenado el lugar de corresponsales nacionales y extranjeros, así como de militares de otras potencias europeas que, además de cubrir la evolución del frente, observaban cómo el nuevo armamento desplegado  modificaba las lecciones de estrategia militar. Serrano no podía permitirse fallo alguno que hiciera peligrar, no sólo su reputación, sino la del gobierno que encabezaba.

Tras visitar “a los jefes y oficiales heridos en los combates de los días 24 y 25 de febrero” alojados en Castro Urdiales, Serrano pasó a Somorrostro para conferenciar con Moriones, emitiendo el 7 de marzo una orden general para que fuera leída a las tropas: “Al manifestar la satisfacción que experimento encontrándome a vuestro frente, cúmpleme ante todo daros gracias en nombre de la Patria, por vuestros sacrificios, para salvar los caros intereses que están encomendados a vuestro valor y a vuestra disciplina, relevantes virtudes que os llevarán siempre a la victoria. Si un momento la suerte no os fue completamente favorable, no por eso ha decaído vuestro espíritu, y la Nación entera, que orgullosa os contempla, se ha sentido movida por su entusiasmo en vuestro favor, que exige de vosotros nuevos y más grandes sacrificios […]”. 

El día 8, se hizo oficialmente cargo del ejército, procediendo a revistar sus unidades y recorrer las posiciones que éstas ocupaban, a la espera de la llegada del todo el contingente de fuerzas de infantería, artillería, así como municiones y pertrechos que se consideraban precisos para tomar el campo atrincherado en el que los carlistas seguían trabajando.

Desembarco de víveres y munición en Castro Urdiales.
Modificado de Álbum Siglo XIX
En un alarde de movilidad sustentado en el ferrocarril, hombres y material fueron desplazados con inusitada rapidez al frente del Norte. Rafael Palacio, en su libro la 3º Guerra Carlista en Cantabria presenta una meticulosa descripción del traslado de estas fuerzas: “Desde finales de febrero comenzaron a afluir a Santander para su paso a Somorrostro gran número de tropas junto a varias baterías Krupp y Plasencia. El mejoramiento general de la mar permitió que su llegada se acelerara a primeros de marzo: sendos batallones de los regimientos de Infantería Guadalajara y Sevilla, los de Cazadores de las Navas, Ramales y Estella, los regimientos de Infantería Zamora y Saboya completos y un batallón del León, varias compañías del 4º Regimiento de Artillería a pie, el 2º batallón del 1º regimiento de Infantería de Marina…”.  No contento con estas fuerzas de refuerzo, “Serrano dispuso que la división del general Loma (8.000 hombres y 14 piezas) abandonara sus operaciones en Guipúzcoa y se embarcara hacia Santoña, donde llegó el 14 de marzo, desplegándose entre esa villa y Castro”.

Hasta el día 19 de marzo continuaron los trabajos de organización, municionamiento e intendencia de las tropas liberales en Somorrostro; tomando posiciones para comenzar de nuevo las operaciones, pues ya se habían reunido todas las fuerzas posibles que sumaban: 42 (41) batallones, 7 compañías de ingenieros, 140 guardias civiles, 50 miqueletes guipuzcoanos y diferentes escoltas de caballería. El periodista y corresponsal de guerra Saturnino Giménez Enrich establecerá un número de 30.000 efectivos, contando con una artillería de 50 piezas que según la describe la Narración Militar de la Guerra Carlista se dividían en:
  • 2 piezas de calibre 16 cm
  • 4 piezas de calibre 12 cm de posición
  • 12 piezas de calibre 10 cm de reserva
  • 18 piezas de 8 cm Krupp, montadas
  • 12 piezas de 8 cm de montaña, sistema Plasencia
  • 2 de a 8 cm de montaña, sistema antiguo. 
Serrano reorganizó las fuerzas en dos grandes cuerpos de ejército, cada uno contando con una brigada de vanguardia y dos divisiones:

1. PRIMER CUERPO. Comandante general: Teniente general, D. Antonio López de Letona.
     a. Brigada de Vanguardia. Jefe: Brigadier, D. Jose Loma Arguelles.
            1. Batallón de cazadores de Ciudad-Rodrigo, núm. 9
            2. Batallón de cazadores de Alcolea, núm. 22.
            3. Batallón de cazadores de Barbastro, núm. 4.
4. Batallón de cazadores de Puerto-Rico, núm. 27.
     b. Primera División. Jefe: Mariscal de campo, D. Manuel Andia.
         i. Primera Brigada. Jefe interino: El coronel más antiguo.
           1. Regimiento infantería de Sevilla, núm. 33.
           2. Regimiento infantería de Cantabria, núm. 9.
         ii. Segunda Brigada. Jefe: Brigadier, D. Ángel S. Mateo y Sagasta.
           1. Regimiento infantería de Tetuán, núm. 4.
           2. Regimiento infantería de la Constitución, núm. 29.
    c. Segunda División. Jefe: Mariscal de campo, D. Melitón Catalán.
         i. Primera Brigada. Jefe: Sr. coronel, D. Antonio Moltó.
           1. Regimiento infantería de Ramales, núm. 5.
           2. Regimiento infantería de Castilla, núm. 16.
         ii. Segunda Brigada. Jefe: Coronel, D. Juan Galindo.
           1. Un batallón del regimiento de Zaragoza, número 17.
           2. Un batallón del regimiento de Cuenca, núm. 27·
           3. Un batallón del regimiento de Valencia, núm. 23.
           4. Un batallón del regimiento de León, núm. 38.
2. SEGUNDO CUERPO. Comandante general: Mariscal de campo, don Fernando Primo de Rivera.
    a. Brigada de vanguardia. Jefe: Brigadier, D. José Chinchilla.
           1. Batallón Cazadores de las Navas núm. 14.
           2. Batallón Cazadores de Estella, núm. 21.
           3. Batallón de infantería de Marina. 
           4. Batallón de Cazadores de Castrejana, núm 2. 
    b. Primera División. Jefe: Mariscal de campo, D. Rafael Serrano Acebrón.
      i. Primera Brigada. Jefe interino: Coronel D. Luis Fajardo.
           1. Regimiento infantería de Saboya, núm. 6.
           2. Regimiento infantería de Zamora, núm. 8.
     ii. Segunda Brigada. Jefe: Brigadier, D. Alfonso Cortijo.
           1. Regimiento infantería de Gerona, núm. 22. 
           2. Regimiento de infantería de Ontoria, núm. 3.
    c. Segunda División. Jefe: D. Alfonso Morales de los Ríos.
      i. Primera Brigada. Jefe interino: D. Enrique Bargés.
          1. Regimiento infantería de Asturias, núm. 31.
          2. Un Batallón del de Albuera, núm. 26.
          3. Un Batallón de África, núm. 7.
     ii. Segunda Brigada. Jefe: D. Juan Tello.
          1. Regimiento infantería de Galicia, núm. 19·
          2. Regimiento infantería de San Quintín, num. 32.

Junto con todo el sistema de pertrechos, municiones y provisiones se requirió vestimenta para el invierno dado que “gran número de individuos de tropa lleven capotes completamente inservibles, y otros ni siquiera esta necesaria prenda”. Mención importante fue la petición de tabaco, que se consideraba como “una necesidad para las tropas”.

Según describe Rafael Palacio: “Con tan formidables medios, la opinión pública liberal se mostró optimista, creyendo “inevitable la derrota de los carlistas una vez reunidos en Castro los poderosos elementos que se han enviado para dar la batalla bajo la dirección del duque de la Torre”. 

Generales carlistas planificando la defensa.
Modificado de Le Monde Illustré
Por su parte, el ejército carlista no se había quedado de brazos cruzados mientras contemplaba como se concentraba este gran contingente de tropas. Gracias a sus ingenieros, habían mejorado notablemente sus defensas con la construcción de profundas trincheras que anulaban, al menos parcialmente, la abrumadora superioridad artillera del ejercito liberal. Según indica Saturnino Gimenez habían desplazado al frente otros “3.000 hombres segregados de los 6.000 que con Dorregaray y Valdespina ejercían el bloqueo de la plaza, quedando, pues, 15000 hombres” y una exigua artillería de unos pocos viejos cañones montaña en “frente del ejercito del general Serrano”. Ante la evidente desproporción de fuerzas, el Marques del Valdespina comentará a su mujer: “[…] también están aquí Serrano y Topete con todos los refuerzos que pueden recoger de toda España, de suerte que estamos en vísperas de otra gran batalla de la que pende la suerte de Bilbao. Si Serrano con todos los medios de que dispone no rompe la línea, Bilbao caerá indudablemente, si logra socorrerla le costará un río de sangre. […]”.

El comienzo de las hostilidades era algo esperado por todos, ya que la gran concentración de tropas estaba provocando la propagación de epidemias entre los soldados. Rafael Palacio recoge una noticia publicada en el diario de propaganda carlista el Cuarte Real: “Son infinitas las bajas que causan en el ejército de Serrano las dos enfermedades que en él se han desarrollado con gran intensidad: la viruela y la disentería. Ni en Castro, ni en Santander hay locales bastante a contener el gran número de enfermos que llegan cada día y han empezado a repartirse entre todos los pueblos de la provincia”.

Días atrás, Serrano y su Estado Mayor, confiados en su superioridad numérica y armamentística, y con la intención de no estirar en exceso su línea de frente, habían desdeñado un plan de flanqueo de la línea carlista por Sopuerta. Este movimiento táctico, que evitaba una confrontación directa con el campo atrincherado de Somorrostro, procedía del mariscal de campo Juan José Villegas, gobernador militar de la provincia de Cantabria, un gran conocedor de la zona y de la capacidad de lucha del ejército carlista.

Tras haber tenido que abortar un desembarco anfibio de 9.500 hombres, trasportados en “25 buques mayores y 50 embarcaciones menores”, por el mal tiempo en la margen derecha de la ría del Nervión, el alto mando liberal estaba decidido a atravesar la línea carlista por su extremo izquierdo, ascendiendo por los montes de Triano. Según se describe en el Estudio Crítico sobre la última Guerra Civil, el plan fue propuesto por el general Fernando Primo de Rivera, “con noticias que le habían facilitado en Somorrostro, la conveniencia de envolver la izquierda enemiga por los montes de Triano que tenía desprevenidos el enemigo. Este plan proporcionaría la inmensa ventaja de estrechar al enemigo contra las aguas, envolviéndolo sobre su propio terreno”. Confiados en exceso en sus informantes, el Estado Mayor aceptó el proyecto, cayendo sobre Primo de Rivera la responsabilidad de llevarlo a buen término.

El 24 de marzo, Serrano envió a Madrid el siguiente telegrama: “Dispuestas todas las fuerzas, y dadas las órdenes oportunas, al amanecer de mañana romperé el ataque a la línea enemiga, apoyada la izquierda por el mar con la escuadra. El ministro de marina me acompaña en este cuartel general. Solo suspenderé el ataque si un imprevisto temporal de aguas se opusiese. Espero que este ejército cumplirá con su deber”.

25 de marzo de 1874: Planes Frustrados

De lo acaecido el 25 de marzo, se encuentra en este blog una pormenorizada reconstrucción de los hechos titulada 25 de marzo de 1874: Crónica de un día de lucha en las Batallas de Somorrostro”, que toma como referencia los relatos de veteranos recogidos a principios del siglo XX por el jesuita e historiador Francisco Apalategui.

La extensa línea de defensa carlista en Somorrostro que iba desde el pico Montaño, hasta los montes de Triano, obligó a Serrano a redistribuir sus fuerzas para conformar un tridente que atacase de forma simultanea tanto los extremos como el centro de esta línea. El peso de la acción recaía sobre Fernando Primo de Rivera Sobremonte, al mando de: brigada de vanguardia del 2º Cuerpo, 1º Brigada de la 1º División del 2º Cuerpo, 1º Brigada de la 2º División del 2º Cuerpo y 2º Brigada de la 2º División del 2º Cuerpo; que componían un total de “16 batallones, 2 compañías de ingenieros y 6 piezas de artillería de montaña”.

Atacando el extremo izquierda carlista y bajo la cobertura de las piezas de artillería colocadas estratégicamente en los altos de Arenillas, Primo consiguió un pequeño éxito inicial al tomar el barrio de las Cortes y una trinchera defendida por el 1º de Guipúzcoa. Sin embargo, la complica orografía de la zona, con una sucesión de zonas elevadas y depresiones, le imposibilitó avanzar con la premura necesaria. Los carlistas tuvieron tiempo suficiente para movilizar sus fuerzas y reforzar sus posiciones en su extremo izquierda, frenando la acometida inicial e imposibilitando cualquier nuevo avance.

El general Primo de Rivera envió un mensaje al presidente/general Serrano que se encontraba en la casa Otamendi junto al castillo de Muñatones, dirigiendo las operaciones: “Fracasó el objetivo de la operación. Disponga VE de estas tropas como tenga por conveniente”. Serrano, notablemente contrariado con la noticia, le incitó a mantener la presión, prometiéndole más tropas y cañones; pero fueron tantas las objeciones de Primo de Rivera, que finalmente le autorizó para que el grueso de sus tropas pasase al centro. A pesar de la importancia que la prensa afín confirió a los avances que Primo había realizado, estos carecían de cualquier valor estratégico, estando rodeados y sometidos al fuego carlista.

A las 6 de tarde, el fuego de fusilería se fue apagando, poniéndose fin a la batalla del 25 de marzo. En el flanco izquierdo carlista, Primo se mantenía en las alturas del llamado Portillo de las Cortes y se ocupaba, en precario, la barriada de Las Cortes. El general Jose María Loma Arguelles, encargado de atacar el centro carlista con la Brigada de Vanguardia del 1º Cuerpo y la 2º Brigada de la 1º División del 2º Cuerpo, había llegado a las casas de Las Carreras; mientras que Antonio Lopez Letona amagaba la zona del Montaño, atrincherándose en la barriada de San Martín. 

Por su parte, los carlistas conservaban posiciones dominantes sobre todo el terreno que habían perdido, durmiendo en el suelo de sus defensas.

26 de marzo de 1874: Convergencia de fuerzas

Fracasado el intento de tomar el extremo izquierdo carlista, el general Serrano optó por mantener la presión sobre el campo atrincherado haciendo converger todas sus fuerzas en San Pedro de Abanto. El general Jose Lopez Dominguez, en aquel entonces Jefe del Estado Mayor General explicará posteriormente la necesidad de aquella concentración de fuerzas: “[…] nos era indispensable asegurar la posesión de las Carreras, aún en el caso de que el ataque fuera infructuoso, y además castigar más duramente al enemigo, sin lo cual, seguramente habría a su vez atacado nuestra línea, débil entonces y dominada por el frente y ambos flancos, pues allí venía a formar una verdadera cuña introducida en el campo atrincherado enemigo. Era pues preciso, indispensable, atacar para apoderarse, a ser posible, de los reductos de San Pedro y Santa Juliana, […]”.

Para ello se dispuso que la mayor parte sus fuerzas se “agruparan entorno al general Loma”, detenido en esos momentos en las primeras casas de Las Carreras. Esta orden obligaba a Primo de Rivera a inclinarse sobre su flanco izquierdo y maniobrar por un terreno complicado y bien defendido, para seguidamente, volver a cruzar la línea del ferrocarril de Galdames y descender hasta el pequeño valle en cuyo fondo se localizan las casas de la barriada de Pucheta.

El comienzo de las hostilidades fue preludiada por un duelo de bandas musicales. Según relata el oficial carlista Joaquín Llorens Fernandez de Cordoba: “Antes del amanecer del 26, una charanga carlista, colocada en el viaducto del ferrocarril minero, anunció el nuevo combate con alegres dianas. No se hicieron esperar mucho las del enemigo, y por bastante tiempo unos y otros tocaron varias, a cuál más bonitas, concluyendo el concierto con una granada liberal que vino a estrellarse bajo el viaducto, y a la que siguió una carlista que fue a buscar los instrumentos de música liberales. El fuego de cañón, empezado así, se fue avivando por momentos […]”.

En el sitiado Bilbao se sentía la lucha “[…] con tanta o más violencia que ayer. A medio día el estruendo y la humareda eran verdaderamente infernales […]”, tal y como dejó registrado en su diario el aristócrata bilbaíno Francisco Pedro MacMahon Jane.

Acatando la orden de concentración de fuerzas, Primo de Rivera procedió a dejar sus “conquistas” del día anterior suficientemente defendidas. Las casas de las Cortes quedaron sostenidas por dos batallones, mientras que en la trinchera y la altura de la zona del Portillo de las Cortes se mantuvieron “4 batallones con el brigadier Morales de los Ríos” a la cabeza. 

Toma de Pucheta

El movimiento de tropas desde el externo derecha del frente liberal al centro, no iba a resultar sencillo. La edición del diario El Constitucional del 1 de abril lo describirá de la siguiente forma: “Primo de Rivera, comenzó un movimiento de avance oblicuando hacia el centro, tomando la dirección de Pucheta por la ladera de montaña que recorre el ferrocarril. […] El general Primo tenía que recorrer una serie de colinas cuajadas de trincheras, atravesar un profundo barranco, conquistar las asperezas llamadas de los Dos Cuernos, frente al ferrocarril, y atravesando el bosque de Pucheta, caer sobre este pueblo, situados a la derecha de Las Carreras en dirección a Santa Juliana”.

El pueblecito de Pucheta, localizado en el fondo del valle que forma la confluencia de dos arroyos tributarios del Picón, era definido por los diarios de época como “un barrio de poco más de 30 casas, a unos 500 metros de San Pedro de Abanto y 800 de Santa Juliana, interponiéndose entre estos poblados el arroyo de la Bárcena, que nace en el Montaño y pasa junto a San Pedro de Abanto, y otro arroyo que tiene su origen en el Serantes y el barrio de San Vicente y pasa más cerca de Santa Juliana” (Crónica de Cataluña del 30 de marzo). La Discusión en su edición del 28 de marzo describía: “Este barrio, compuesto de una docena de casas poco sólidas, está en un declive que termina en un arroyo que baja de hacia San Pedro y Santa Juliana. Al otro lado del arroyo empiezan inmediatamente los estribos del monte Triano, que dominan el barrio casi a tiro de perdigón”.

Efectivamente, Pucheta constituía un enclave de nula utilidad estratégica dado que se encontraba en el fondo de valle rodeado por alturas. El corresponsal Mariano Araus referirá su localización en una carta fechada el 26 de marzo donde se daba cuenta de los tres importantes reductos con el que los carlistas defendían la zona: “[…] para dar a conocer más fácilmente estas posiciones, diré que el terreno parece una cazuela en el fondo de la cual se halla Pucheta y en cuyos bordes han construido tres reductos; uno al Oeste, otro al Este y otro al Noroeste".

Construcción de una batería de piezas Plasencia en Las Carreras.
Modificado de Le Monde Illustre
El 3º Batallón de Guipúzcoa llevaba desde febrero al cargo de la defensa de la zona de Pucheta. Este batallón se había formado en Vera de Bidasoa (Navarra) con “chicos de la zona entre Tolosa y Zumarraga” siendo su teniente coronel Francisco Lasa. Con la movilización de batallones carlistas para detener a las tropas de Moriones, a principios de 1874 pasaron a Vizcaya, llegando a Somorrostro donde se acantonaronn inicialmente en Las Carreras. Un veterano de éste batallón contará al padre Apalategui que “había allí un hermoso palacio; en esa casa me tocó. Encontramos buenas camas y demás”. Ya en los combates del 25 de febrero, “al acercarse Moriones, le hicimos una descarga; pero nos ordenaron que nos retiráramos y nos trasladamos a Pucheta. Desde entonces permanecimos siempre allí, incluso en los días más duros de Marzo”. A decir del veterano Jose Manuel Eguidazabal, del 4º de Guipúzcoa, sus compañeros del 3º utilizaban “las galerías de las minas de Pucheta” para sobrellevar los rigores climatológicos, lo cual era un elemento que confería una cierta comodidad.

Para las tropas de Primo de Rivera, internarse en un estrecho valle parecía, sin duda, una temeridad. Por suerte, su flanco izquierdo había quedado cubierto gracias a que el general Loma se había posicionado en Las Carreras, permitiendo el avance de varias piezas de artillería. El corresponsal Mariano Araus describirá: “A la izquierda de las casas llamadas las Carreras, y un poco a vanguardia, se encuentra una pequeña eminencia coronada por una planicie. En el extremo Este tenían los carlistas un reducto, desde el cual defendían el pueblecillo de Pucheta, situado en un estrecho valle y bajo unas peñas, al otro lado del barranco”. Este primer reducto fue “tomado por los cazadores de Barbastro, y desde él se ha batido durante todo el día a las trincheras o reductos de frente, no solo con fuego de fusilería, sino también con dos piezas Plasencia colocadas durante la noche”. Este hecho fue confirmado por Pacifico Prado, un habitante de Somorrostro que al Padre Apalategui entrevistó en una de sus visitas al campo de batalla: “A un lado de Carreras, en terreno algo levantado sobre el pueblo, se situaron con cestones las baterías que diezmaban a los de Pucheta (3º de G.)”.
Lámina de la izquierda carlista tomada desde la batería de San Lorenzo
en Las Carreras. Modificada de Ilustrated London News

Aun así, no fueron pocas las dificultades que los hombres de Primo de Rivera tuvieron que sortear para cumplir con el objetivo de posicionarse junto al Cuerpo de Loma. Según narración de Araus: “Tras un fuego infernal llegaba el general a la trinchera que está a la salida del valle y la conquista con dos campañas a la bayoneta teniendo la suerte de no perder un hombre. No descansó un momento y atacó los Dos Cuernos flanqueados por el batallón de marina, penetrando al fin en el bosque. Puede decirse que este fue el momento más difícil de toda la serie de operaciones felizmente llevadas a cabo por el general Primo de Rivera. En frente de este bosque y dominándole en el mismo ferrocarril, habían construido los carlistas una formidable trinchera, cuyos fuegos abrasaban a nuestras tropas. No vacilaron estos un momento, y continuaron su camino a pesar del sin número de bajas que el terrible fuego de las facciones les hacía. Aquí quedó herido el ayudante del brigadier Terreros, comandante de caballero Sr. Selgas, que recibió un balazo en el hombro, con tanta fortuna, que esta misma tarde ha podido marchar a Castro. Nuestras tropas atravesaron al fin el bosque y se lanzaron a la bayoneta sobre Pucheta".

El valor estratégico de Pucheta era más que dudoso, pero en aquellos momentos la prensa lo definirá como “llave para entrar en un estrecho valle, por el cual pueden avanzar nuestras tropas, al abrigo de las trincheras enemigas, hasta muy cerca de Santa Juliana”. El peso del asalto recayó sobre el Batallón de Cazadores de la Navas nº 14, cuya lucha por apoderarse de las casas se tornó épica a ojos de los observadores, tanto liberales como carlistas. El oficial carlista Llorenz escribirá: “Ruda y heroica fue la acometida que se dio bajo un terrible fuego de frente que les hacía el 3º de Guipúzcoa y por el flanco derecho el 4º de Álava. Dos terribles cargas a la bayoneta dieron, pero las dos veces fueron rechazados, dejando las calles de Pucheta sembradas de valientes oficiales y soldados; diose orden para cargar por tercera vez, saltando sobre los cuerpos de sus compañeros ocuparon por fin el pueblo tan combatido”. 

Batallón de Cazadores de Las Navas asaltando el pueblo de Putcheta (sic).
Modificado de Le Monde Ilustre
El diario La Guerra en su edición del 4 de abril también recogió una correspondencia carlista de lo ocurrido: “A las 3 de la tarde me encontré yo en un parapeto por donde pasaban muchas balas u bien próximas reventaban algunas granadas; desde allí veía perfectamente la acción; a poco de estar allí, una masa enemiga avanzó por la parte Pucheta, con el objeto de posesionar de una casitas situadas en el barranco, lográndolo, pero no sin dejar el camino sembrado de cadáveres. Los nuestros le hacían un fuego horroroso”.

Por su parte la prensa liberal reproducirá los comentarios del corresponsal Araus: “Fueron unos momentos terribles aquellos en los que nuestros bizarros soldados tuvieron que sufrir una verdadera lluvia de plomo de los facciosos que ocupaban el pueblo. El valiente batallón de las Navas, que tanta gloria alcanzó en la jornada de ayer, tuvo un sin número de bajas, el enemigo no pudo resistir aquella avalancha y a las cuatro de la tarde quedaba Pucheta en nuestro poder y realizada la unión de las divisiones de Loma y Primo de Rivera”. 

También la prensa extranjera se hizo eco de los hechos, apareciendo en el diario Le Monde Illustre del 18 de abril, una crónica del corresponsal Dick  de Lonlay (pseudónimo de Georges Hardouin) que incluía varias láminas descriptivas: “A poca distancia del pueblo formó el batallón de cazadores de las Navas, ordenaron el ataque y se lanzaron hacia adelante. Los cazadores cargaron sobre las casas a la bayoneta perdiendo muchos hombres”. 

Algunas publicaciones de época como Anales de la Guerra Civil (1876) recogerán algunos detalles adicionales: "[…] los republicanos se portaron bravamente, siendo mortalmente heridos gran número de sus oficiales. Cerca de Pucheta encontróse un coronel tendido, con el brazo levantado, como si todavía quisiese dar á sus soldados, después de muerto, la señal de ataque”.

Fragmentos de lo ocurrido en Pucheta quedarán también registrados en diarios personales de voluntarios carlistas, como el de Telesforo Saenz de Ugarte, en cuyas páginas se puede leer: “Al amanecer del 26 se rompió de nuevo el fuego, siendo el de artillería más lento que el día anterior, pero más vivo el de fusilería, pues el enemigo trató y consiguió apoderarse de algunas casas de Pucheta, pero costándole muy caro, pues dejó el campo cubierto de cadáveres”.

Evolución del frente en Somorristro. En azul frente en el amanecer del 25; en amarillo al finalizar el 25; en rojo
al finalizar el día 26. Modificado a partir de ilustración en Le Monde Illustre

Éxito y Critica

Primo, esta vez sí, había cumplido con sus órdenes, y Serrano había conseguido concentrar sus tropas para intentar romper la línea carlista por su zona central en San Pedro de Abanto. El general en jefe del ejército del Norte comunicó al Ministro de Guerra en Madrid sus logros e intenciones en parte registrado fechado a las 7 y 30 minutos de la noche de ese día 26: “Desde mi parte anterior ha continuado el combate y avanzado nuestra ala derecha hasta tomar el pueblo Pucheta a la bayoneta, ligando la derecha con el centro. El enemigo se ha defendido con una tenacidad comparable a la bravura de nuestras tropas, que se exceden a sí mismas; pero el ataque de tan fuerte campo atrincherado ha de ser costoso. Desistí de apoderarme hoy de San Pedro Abanto hasta completar el movimiento de la derecha, pues el enemigo acumuló grandes fuerzas en las trincheras del centro. He avanzado a la primera línea ocho piezas Krupp, dos Plasencia y cuatro de 10 centímetros, más cuatro de á 12 en la mitad del camino a las Carreras. Conservo todas las posiciones conquistadas, y al amanecer de mañana continuaré este laborioso y decidido ataque. […] Cuanto recomiende á V. E. este ejército, será poco para lo que se merece; la Patria y el Gobierno deben estar satisfechos de él”.

Sin duda se había logrado la convergencia de tropas; sin embargo, la idoneidad de tomar las casas de Pucheta y, permanecer en ellas, recibirá numerosas críticas. Indudablemente los carlistas minimizaron la victoria liberal argumentado en su diario oficial El Cuartel Real: “[…] pudieron al fin (los liberales) posesionarse del resto de las casas del barrio de las Carreras, cuyo punto no teníamos interés en defender, ni tampoco se habían hecho los preparativos necesarios para ello; pero este hecho y el de intentar después adelantar sobre los parapetos de Pucheta les ha costado grandes pérdidas, teniendo que desistir al fin de su empeño y estacionados en el punto ocupado se ha sostenido el fuego por su parte sin interrupción durante todo el día” De igual parecer se manifestará Llorens: “La adquisición de estas casas costó la vida a muchos oficiales y soldados, que con gran heroísmo y abnegación se sacrificaron, y tan inútilmente, que apenas conquistado tuvieron que abandonarlo por su mala situación y porque su ocupación no respondía a ningún fin que favoreciese al general en jefe”.

Pero las críticas más importantes llegarán desde el propio sector liberal. Varios años después de finalizada la guerra, en la Narración Militar de la Guerra Carlista se explicará que la acción de Primo de Rivera sobre Pucheta “aseguró espacio a nuestras tropas para el ataque del día siguiente; pero se amparó temeraria y sangrientamente del pueblecito de Pucheta, que no estaba situado militarmente, y que dominado por el enemigo en toda su extensión nada favorecía a nuestros movimientos de avance, cuando para poseerlo se redujo en una tercera parte la fuerza que gloriosamente lo conquistó”. De igual forma en Historia de la Interinidad y de la Guerra Civil de 1877 encontramos: “[…] el general Primo, [...] al deslizarse al pie de las trincheras del ferrocarril de Galdames, se apoderó del pequeño lugar de Pucheta, que está bajos sus fuegos, y que por cierto costó bastante más de lo que pudiera valer bien vendido por el enemigo, que tras sus blindajes impunemente le aguardaba”.

27 de marzo de 1874: Victoria de la "Trinchera Carlista"

Al día siguiente Serrano dirigió sus tropas directamente hacia San Pedro de Abanto. Los oficiales de alta graduación se unieron a sus hombres en primera línea de fuego, cayendo algunos heridos, como le sucedió a propio Primo de Rivera. La gran proporción de fuerzas y material empeñadas en la lucha llevará al carlista Marques de Valdespina a declarar: “La batalla que se da y sigue es relativamente la mayor que se ha dado este siglo, incluso las de Napoleón y Guerras Prusianas. ¡Nuestra infantería es la mejor del mundo!”.

Ataque sobre San Pedro de Abanto y Murrieta. el día 27 de Matrzi.
Modificado de Le Monde Illustre
No era para menos la euforia que mostraba el Marques, dado que a pesar de la superioridad numérica y el incesante fuego de artillería que se realizó sobre sus posiciones, contra todo pronóstico, la línea carlista aguantó la embestida. La segunda gran batalla de Somorrostro finalizó al anochecer de ese día con ambos ejércitos tremendamente vapuleados, pero con los carlistas aferrados a sus posiciones. Los volúmenes de estrategia militar rendirán pleitesía al sistema de defensa de los seguidores de Carlos VII y a su trabajada "trinchera carlista".

Al día siguiente llegó la noticia al sitiado Bilbao, donde un desconsolado MacMahon escribirá en su diario que “por conducto fidedigno” le hicieron saber que el ansiado ejército libertador no había roto el frente carlista: “El silencio guardado por la fusilería en aquella dirección durante el día de hoy, y el repique de campanas en las anteiglesias vecinas […] hacen suponer que (la noticia), desgraciadamente, puede ser cierta. De todos modos, es preciso disponerse a obrar como si lo fuera, tratando de mitigar el efecto moral que su publicidad ha de producir dentro de la plaza, y viendo de economizar todo lo posible las municiones de boca y guerra que nos quedan para prolongar la defensa hasta el último límite”.

Ese día se estableció una tregua para proceder a enterrar a los muertos y atender al ingente número de heridos.

Pucheta: Divisoria del Frente

A pesar de la falta de valor estratégico de Pucheta, las tropas liberales no abandonaron, por completo, su costosa conquista hasta la finalización de la campaña de Somorrostro. En el diario La Época del 13 de mayo, se publica un parte oficial de lo acaecido en los combates finales de la campaña, comentando que en los últimos embate los carlistas llegaron a “incendiar algunas (casas) del barrio de Pucheta próximas a las que ocupaban las fuerzas avanzadas del primer cuerpo”. Más específico se mostrará el corresponsal de guerra Araus que el diario Crómica de Cataluña (6/5/1874), asegurando que los carlistas hicieron un último esfuerzo en la línea: “durante toda la noche, hasta las cuatro de la madrugada, han hecho sin cesar nutridas descargas sobre nuestras avanzadas. A las tres  incendiaron unas casas en el fondo del barranco de Pucheta, que nosotros teníamos abandonadas desde el 28 de marzo". 

Pero no todo fue intercambio de fuego, también hubo algún detalle de cortesía entre bandos, como el recogido por el diario la Época el 21 de abril: “Nuestros soldados, dice el corresponsal, bajan al barranco de Pucheta a surtirse de agua de aquellas fuentes, muy rica, por cierto: cuando los carlistas recibieron orden de prepararse para romper el fuego, algunos de ellos se adelantaron, sin armas, hasta la cercanía de la fuente, y a voces dijeron a los nuestros;—«Bebed, y marchaos, qué vamos á tirar". El Imparcial también recogió la anécdota, asegurando que los carlistas avisaron “a los soldados que ocupan el pueblo de Pucheta que se apresuraran a subir agua del barranco, línea divisioria de ambos campos, pues iban a empezar el fuego”.

Luces y Sombras para una Identificación de los Restos de la Fosa

En el Archivo Eclesiástico Militar de Madrid se conserva el libro del “Batallón Cazadores de la Navas”, que cómo en su índice reza, se trata de un registro “de las partidas que contienen los libros de bautismos, matrimonio y defunciones, entregados en la subdelegación de Pamplona el año 1879 y que en la actualidad se hallan archivados en el Vicariato General Castrense de Madrid”. 

Este grueso volumen es el resultado del compendio de documentos vitales de los integrantes del batallón a lo largo de sus años de existencia, aportando información de su nacimiento, matrimonio y, por supuesto, defunción. Se trata, por tanto, de un elemento bibliográfico de carácter clave que puede facilitar una posible identificación de los restos mortales encontrados en la fosa de Putxeta.

Es necesario tener en cuenta una serie de consideraciones previas, ya que esta compilación, las más de las veces referentes a registros sacramentales, presenta algunas particularidades que afectan a las conclusiones que de su estudio puedan derivarse. Por un lado presenta un desfase temporal importante desde la fecha del registro original a su inclusión en este libro. Por otro lado los registros presentan distintas procedencias de sus datos: archivos parroquiales, partes oficiales de relación de bajas, juzgados municipales, certificados expedidos por la inspección de sanidad militar, etc.; siendo los capellanes o párrocos castrenses del batallón, los encargados de dar asiento a toda información suministrada.

En el intento de encontrar datos que posibilite una identificación de los individuos enterrados en la fosa de Putxeta, se procedió al estudio de los decesos registrados en el libro del “Batallón de Cazadares de las Navas” en el año de 1874. En este año se contabilizaron un total de 49 bajas, de las cuales un 96% parecen estar directamente relacionadas con las Batallas de Somorrostro, y de forma específica con la batalla de marzo (25-27 de marzo). Las muertes son de carácter violento, por “herida”, en la mayoría de los casos, registrándose: 5 fallecidos el día 25 de marzo, 1 el día 26 de marzo y 18 el 27 de marzo. En tres casos no queda constancia de la fecha del fallecimiento.

El resto de los decesos se registran durante el traslado de heridos o ya en los distintos hospitales militares en los días o incluso meses siguientes: “Muere en el hospital de Castro”, “hospital de San Francisco (Castro)”, “hospital militar de Miranda”, “hospital militar de Santoña” o “en uno de los hospitales de sangre en Burgos”. También la disentería hizo acto de presencia, contabilizándose dos fallecidos por esta eventualidad.

Atendiendo a la edad de los fallecidos, únicamente en siete de las actas de defunción se muestra este dato, contando con 21 años cuatro de ellos, uno de 22 años, otro de 25, y el de edad más avanzada, un alférez que contaba 34 años en el momento de su fallecimiento. En cualquier caso, se hace evidente que la mayoría eran jóvenes “quintos”, obligados a servir en el batallón.

Sus procedencias eran especialmente diversas, predominando los cacereños, seguidos de conquenses, jienenses y toledanos. Pocos, por no decir ninguno, habían nacido en grandes urbes procediendo la mayoría de pequeñas poblaciones; y si bien, apenas hay referencias a sus trabajos, las pocas veces que aparece el dato hace referencia a su condición de jornalero o labrador.

Procedencia de los fallecidos del Batallón de las Navas
en 1874
En el libro no de describe enterramientos en el campo de batalla y por lo que se observa, el registro de la fecha de fallecimiento parece no ser exacto, teniendo en cuenta la duración de la batalla a lo largo de 3 días consecutivos. De hecho, únicamente se registró una baja el día de la toma Putxeta (26 de marzo) relacionada con el soldado Gines Molina Ejea, para el que se desconoce edad, procedencia o cargo.

Sin embargo, son dos las actas de defunción que habiendo quedado registradas el 27 de marzo, hacen referencia a los hechos de armas de Putxeta: En el registro nº 149 encontramos el acta de defunción de Antonio Rubio, nacido en un pueblecito de Badajoz, soldado de la 6ª compañía, que según reza el escrito: “falleció al tomar las casas de Pucheta a la bayoneta”. El registro 278 pertenece a Rafael Saez Barreo, nacido en Trujillo (Cáceres), de profesión comerciante y soltero en aquel momento, que con el grado Cabo 1º de la 1º Compañía fue "herido de muerte al tomar las casas de Pucheta”. Por lo tanto, es muy posible que dos de los restos mortales localizados en la fosa pertenezcan a estos hombres.

Las evidencias nos llevan a hipotetizar que, muy posible, los cadáveres de la fosa fueran registrados días después y asignados al día 27 al desconocer el momento exacto de su muerte dentro del “caos” que supusieron los tres días de lucha ininterrumpida.

Por lo tanto, y en el ámbito de la incertidumbre, los registros que posibilitarían la identificación de los cuerpos se concentran en todas aquellas actas que correspondan a caídos en batalla que fueron señalados en el día 27 de marzo, que incluirían a los siguientes quintos:
  • Soldado de la 3ª Compañía, Tomas Sanchez Marín, de Salvacañecate (Cuenca)
  • Soldado de la 3ª Compañía, Francisco Carrasco Porro de Tocorgas?? (Caceres)
  • Soldado de la 3ª Compañía, Matias Parras Sanchez de Huercal Overa (Murcia)
  • Soldado de la 3ª Compañía, Cipriano Caballero Gil
  • Soldado de la 4ª Compañía, Timoteo Lucina (Encina) Rada de Valdemuncio (Cáceres)
  • Soldado de la 1ª Compañía, Manuel Cardoso de Jabugo (Huelva)
  • Soldado de la 1ª Compañía, Diego Alvar Garcia de Castrorío (Cordoba)
  • Soldado de la 1ª Compañía, Francisco Torrecilla Ruiz de Narral?? (Jaen)
  • Soldado de la 1ª Compañía, Rafael Jaen Barrena de Zanjillos?? (Cáceres)
  • Soldado de la 6ª Compañía, Miguel Holgado de Vadefuentes (Cáceres)
  • Soldado de la 7ª Compañía y corneta, Pedro Gomez Cerdeña de Ribera (Zamora)
  • Soldado de la 7ª Compañía, Esteban Lopez Parra de Fuentidueña (Segovia)
  • Soldado de la 7ª Compañía, Jaciento Santos Mazagon Muñoz de San Clemente (Cuenca)
  • Soldado de la 5ª Compañía, Tomas Solis Gimenez de Pantenezal? (Cáceres)
  • Soldado de la 4ª Compañía, Mariano Ramos de Buendía? (Cuenca)
  • Soldado de la 7ª Compañía, Francisco Perojo Muriano de Estepona (Sevilla)
A este grupo se puede sumar la única baja registrada el 26 de marzo, correspondiente al militar Gines Molina Egea, para el que no consta más información adicional.

A la vista de los resultados obtenidos, la identificación inequívoca de los cuerpos de la fosa de Putxeta se torna especialmente complicada, ya que, si bien se dispone de un grupo relativamente reducido de posibilidades, resultará tremendamente complicado para antropólogos o antropólogos forenses individualizar los restos en ausencia de datos morfométicos o genéticos adicionales.

Licencia Narrativa del Autor

“Manejaba el pico con mucho mejor tino que el fusil. Hasta hacia pocos meses la única profesión que había conocido era la de labrador y, las durezas de sus manos reflejaban las largas horas que había dedicado a cultivar las tierras del señorito. El mismo señorito que había pagado con sus buenos dineros el seguir viviendo en su latifundio ajeno a la guerra en el Norte. Detuvo un momento su labor para secarse el sudor que perlaba ya su frente, mientras se preguntaba cómo se las arreglaría su padre para sacar adelante la cosecha que estaba por venir. Un par de golpes de pico adicionales y salió de la zanja para dejar que Ramírez entrará con la pala para extraer la arcillosa tierra que él había soltado. Parecía que estaban emulando a los carlistas que no hacían otra cosa que cavar y cavar trincheras. 

Soldados liberales. Modificado del Archivo Foral
de Bizkaia
Ramírez era un tipo de cólera rápida que se había creado mala fama en el batallón. El tipo de personas con los que prefieres no jugarte los dineros, ni cruzártelo en la oscuridad de un callejón de Madrid. Ramírez estaba trabajando en camisa, que nadie hubiera dicho que una vez fue blanca. Sin despegar el grueso cigarro encendido de sus labios, se afanaba en terminar cuanto antes la ingrata tarea. En los tres días anteriores apenas había dormido y mucho menos lavado. Todos tenían grandes ojeras y el rostro tiznado del negro humo que producía la percusión de sus cartuchos Remington.

Trabajaban por turnos, de forma metódica: primero el pico, luego la pala. Tras tres días de estruendo y fogonazos, parecía algo irreal el relativo silencio que se había instalado en el frente. Únicamente el lamento de algún herido y las ordenes ladradas de algún oficial venían a enturbiar la extraña calma. El sargento que les había ordenado cavar en la huerta de aquel caserío, hacía tiempo que había desaparecido. Todas las casas de Pucheta habían sido abandonadas con precipitación por sus habitantes, dejando atrás los enseres que no pudieron arrastrar consigo. Ramírez, apoyado en su pala, daba una profunda calada, pensando que a buen seguro el barbudo del sargento estaría buscando algo de valor para llenar su bolsillo. Ramírez odiaba a aquel oficial engreído tanto o más que a los jodidos “carcas”. Tampoco le gustaba su compañero de trabajo, ya fuera por su marcado acento del sur, por ser analfabeto o sencillamente, porque nunca hubiera aceptado jugar con él a los naipes.

Sin más indicaciones que la áspera orden de cavar en aquel sitio concreto, habían tomado prestado a una compañía de ingenieros el pico y la pala. No se precisaba de mucho más para excavar en una línea recta paralela al muro de la fachada norte de la casa, una zanja de unos 5 metros de largo por uno de ancho. Si bien la tregua pactada para enterrar los muertos permitía una cierta libertad de movimientos, habían observado que los carlistas situados sobre la trinchera del ferrocarril no perdían detalle de su actividad. Era precisamente la trasera de aquella casa de los pocos puntos que quedaban al resguardo de los fusiles carlistas.

Mientras picaban y cavaban, su vista apenas se detenía en los 10 alineados bultos de sus malogrados compañeros. Esos cuerpos inertes y la ingente masa de heridos era el resultado de la toma de aquella barriada de mal fario. Al menos los muertos habían dejado de sufrir. Ramirez no podía quitarse de la cabeza el sonido incesante y lamentaciones de un herido que estuvo toda la noche gritando. Le había crispado los nervios más que cuando tuvo que mojar la bayoneta con aquel jovencito "carca". Hasta hoy no habían tenido tiempo de retirarles y mucho menos atenderles. Ramirez pensaba que no iba a haber matasanos suficientes en todo el Norte como para curar lo que sus oficiales habían generado en dos día. Malditos todos. 

Reunidos en grandes grupos, los heridos que habían sobrevivido a la noche, esperaban resignados a que llegasen los carros de bueyes para llevárselos a Castro. Muchos macabros viajes les esperaba a los boyeros. Con un rictus de desdén, Ramirez no pudo evitar pensar en el tonto de Dominguez, un muchacho grande, corpulento y bonachón. Le había reventado los pulmones con dos balazos de gitatorio, esos rifles de poco chicha pero mucho calibre que tienen los guipuzcoanos. El hombre, mientras escupía sangre, no paraba de repetir la suerte que tenía, porque al tener las extremidades indemnes podía seguir trabajando la tierra y no iba a ser una carga para su familia. En fin, al menos no estaban en Cuba. Allí la cosa debía ser incluso peor. 

Enterramiento el día 28 de marzo de los caídos tras la batalla.
Modificado de Le Monde Illustre
Escupiendo al suelo Ramírez arrojó la pala a un lado y saliendo de la fosa se acercó a los cuerpos. Nadie les había despojado de sus tres cuartos de recio paño azul oscuro y él tampoco lo haría. Eso sí, cinturón y cartucheras les habían sido retirados. Ramirez los pensaba enterrar tal y como estaban, aunque antes comprobaría si guardaban algo de valor en los bolsillos. Al de la esquina izquierda lo conocía bien. Le había desplumado la última vez que se entretuvieron en aquella taberna de mala muerte en los muelles de Castro. Le recordaba como un tipo taciturno que guardaba una vaina de Remington en su bolsillo. Decía que le traía suerte... sí, la suerte de recibir un balazo en la cabeza y no sufrir, se sonrió Ramirez. Pero el resto era otro cantar. Con parsimonia y, mientras el labrador le observaba, vete a saber, ensimismado en que cábalas, registro los bolsillos de todos. El tabaco pronto cambió de faltriquera, pero navajas y liendreras carecían de interés para Ramírez.

Terminó su macabra exploración justo a tiempo para cuadrarse frente a un oficial. “Vamos. Metedles dentro. Ya pasará luego el capellán a rezarles”. El labriego se acercó a los cuerpos y tomando al primero de las axilas mientras Ramírez le cogía por los pies. Uno a uno, los fueron depositando en la zanja, y a falta de espacio suficiente, colocando de la mejor manera posible para que todos entrasen. Cuando estás muerto poco importa que te apilen. A la suciedad de la pólvora negra y la tierra arcillosa, se añadía ahora sangre coagulada. Ramírez ni se dignó a quedarse para cubrirles; en cuanto desapareció el oficial, recogió el fusil y tras gruñir al labrador, se ajustó su chaquetón de doble abotonadura para irse a buscar algo de comer.

El antes labrador, ahora soldado de Batallón de Cazadores de la Navas Nº 14, se quedó cubriendo la fosa que albergaba a sus compañeros. Mientras apilaba la tierra, seguía ensimismado en sus pensamientos: ¿cómo iba a hacer su padre para trabajar en soledad las tierras del señorito? Era muy probable, que un día de estos, él mismo, acabase en el interior una zanja”.

Reflexiones sobre Muertos, Fosas y Campos de Batalla

Existe una notable controversia respecto al número de bajas que se dio en la Campaña Somorrostro. La memoria colectiva ha cifrado el número de muertos en varios miles y, de hecho, si atendemos a la lectura que se realiza en muchas de las descripciones y noticias de época, parece que ambos ejércitos hicieron al contrario una auténtica sangría. Sin embargo, hay una frase lapidaria que dice “la verdad es la primera victima de la guerra”; y es cierto, que tanto carlistas como liberales, tendieron a minimizar sus pérdidas y maximizar las del contrario.

Alejándonos de las fuentes tradicionales, podemos encontrar algunos datos interesantes, como los recogidos en un anónimo artículo titulado “Recuerdos del mes de marzo” publicado en la revista Por esos Mundos en 1907. En su interior se recogen las bajas sufridas por el ejército liberal en los tres días que duró la batalla de San Pedro de Abanto: “El número (de muertos) ascendió a 215, el de heridos en los tres días de jornada es el siguiente: día 25, 450; día 26, 316; día 27, 1.387; total 2.153, de ellos 431 conceptuados graves y 1.722 como leves”. Las fuentes carlistas, más parcas y vagas, siempre reflejaron que sus bajas había sido menor, aunque la bibliografía asume que proporcionalemente fueron similares a la de los liberales. Como curiosidad, el único listado de bajas explicitó que hemos podido localizar hasta el momento en el campo carlista, se corresponde con una relación de heridos y muertos del batallón de Cazadores de Burgos (3º de Castilla) para el mismo periodo, contabilizando: 17 muertos, 30 heridos graves, 15 heridos leves y 15 contusos.

Detalle de la fosa de Putxeta. Foto del autor com
permiso de la Socidad de Ciencias Aranzadi
Los archivos parroquiales han aportado algún dato adicional de enterramientos carlistas, mostrando que en la vieja iglesia de "La Transfiguración" del Valle de Trapaga se realizaron hasta 44 enterramientos de soldados y oficiales carlistas retirados del frente, la mayoría de ellos navarros. Sinceramente, consideramos que se precisa de un estudio crítico y realista de la mortalidad de la Campaña de Somorrostro, faltando un trabajo en los archivos militares que revelé la auténtica dimensión de lo ocurrido. 

En cualquier caso, el número de muertos fue suficientemente elevado como para proceder a enterrar en el lugar que habían caído a muchos de estos hombres. Hasta el descubrimiento de la fosa de Putxeta no se contaba con más información que enumeraciones poco concretas en distinta bibliografía, así como la información que aportaba la “memoria colectiva” de los habitantes de la zona. Entre las referencias más claras localizadas en la bibliografía de época podemos citar al historiador Antonio Pirala Criado que recoge en el tomo 3 de su extensa obra Historia contemporánea, Segunda parte de la Guerra Civil, el siguiente párrafo:"[...] pero en ninguna parte se presentó espectáculo más horrible que en el prado entre las Carreras y San Pedro Abanto, al pie de la eminencia de éste, y en cuyo espacio había dos ó tres filas de cadáveres unos encima de otros. [...] "Estos cadáveres quedaron enterrados sobre el terreno en cinco grandes fosas, y en otros puntos, [...] en una de ellas estuvimos entre San Pedro y Murrieta y había cadáveres mezclados de unos y otros [...]".

También los corresponsales enviados a informar sobre la evolución del frente en Somorrostro harán mención a dichas fosas, incluyendo datos sobre el número de enterramientos. De esta forma, en la edición del 2 de abril de 1874 el periódico El Imparcial reproducía una carta del 28 de marzo, correspondiente al primer día de tregua tras la finalización de la Batalla de San Pedro de Abanto: “Hemos aprovechado la tregua para recoger cadáveres. Esta mañana se han enterrado cerca de las Carreras 62, entre ellos dos carlistas y aún quedaban unos 24 que estaban reunidos en un campo próximo. En Somorrostro se ha dado sepultura a 16”.

Al propio Padre Apalategui, en una de sus visitas al campo de batalla de Somorrostro en 1927 le contaron que "en el campo de fútbol de Las Carreras hay muchos enterrados". Incluso hoy en día, la memoria colectiva de la zona guarda recuerdo del alto número de muertos que causó la batalla y de enterramientos; si bien, la información aportada resulta confusa, mezclándose hechos de distintos periodos históricos. No es descartable que, en las labores agrícolas o trabajos de saneamiento, hayan aparecido más restos, cuyo descubrimiento, por distintos motivos, se ha preferido mantener silenciado. 

La sensibilización (o la falta de ella) respecto a estos enterramientos, ha sido tratado en artículos de blog como el titulado “Las fosas de Somorrostro”, donde se hace notar las importantes modificaciones del terreno que ha sufrido y está sufriendo el campo de Batalla de Somorrostro. En este sentido, poco o nada se puede comentar sobre las actuaciones llevadas a cabo hace más de 20 años, cuando la arqueología no se ocupaba de estos periodos históricos, ni estaba desarrollado el término “memoria histórica”. Sin embargo, son las últimas afecciones, como la relacionada con la construcción del futuro Parque Tecnológico de Ezkerraldea las que ahora centran la atención.

Movimientos de tierra en el futuro Parque Tecnológico.
Foto cortesía de Jose Angel Brena
En este sentido y gracias a los trabajos desarrollados en los últimos 10 años, se había logrado que dichos terrenos fueran calificados por Orden Foral de 25 de julio de 2018, como Zona de Presunción Arqueológica específicamente relacionada con la batalla de Somorrostro (1874). En esta Orden la “Dirección General de Cultura del Departamento de Euskera y Cultura de la Diputación Foral de Bizkaia confirma la existencia de la Zona de Presunción Arqueológica relacionada con la batalla de Somorrostro (1874) en el marco de la Tercera Guerra Carlista. Considerando imprescindible la realización de un estudio arqueológico previo con el fin de identificar las evidencias constructivas, los materiales o las fosas comunes originadas en la citada confrontación bélica”. Esta orden fue de aplicación en el 2018, previó al comienzo de los trabajos de ampliación de los viales de entrada al futuro polígono; sin embargo, se desconoce si los grandes movimientos de tierra que se han producido en los primeros meses de 2020 cuentan con el preceptivo Proyecto de Intervención Arqueológica.

En la medida de muestras posibilidades hemos trabajado para que las batallas de Somorrostro se conviertan en un referente de la arqueología de los campos de batalla, siendo el primer campo de batalla de la Guerra Carlista que fue estudiado con metodología arqueológica en la Comunidad Autónoma del País Vasco, combinado la exploración geofísica, los sistemas de posición global (GPS) e información geográfica (SIG). La aparición de la fosa de Putxeta, primera localizada de este periodo, representa un segundo hito  de especial relevancia en un campo de batalla que próximamente contará con un nuevo trabajo que desarrollará el arqueólogo Gorka Martin incluido en el área de conocimiento de la arqueología del conflicto carlista.

Por último, no podemos más que alabar el excelente trabajo que realizó Armando Cruz, publicado en su blog bajo el título “Paz en la Guerra: escenarios de la Batalla”; y agradecer a asociaciones, museos y particulares, los trabajos de divulgación y estudio desarrollados en los últimos años relacionados con las "Batallas de Somorrostro”.

Agradecimientos: A Rafael Palacio, Victor Sierra Sesúmaga, Francisco Etxeberria, David Gumiel y Alfredo Irusta.

De igual forma, un especial recuerdo para Mikel Unzueta, arqueólogo de la Diputación Foral de Bizkaia como soporte para la arqueología y estudios del conflicto carlista en este territorio histórico.


Actualización  07/08/20202: Se incorpora información adicional en relación a la permanencia de las tropas liberales en el barrio de Putxeta y se aportan datos sobre la identificación de los individuos enterrados en la fosa

sábado, 18 de enero de 2020

El “Cura de Lanchares”: Retazos de la Cantabria Carlista

Siendo “Dios” el primer axioma del lema carlista, era lógico encontrar una inquebrantable adhesión de gran parte del clero a sus tesis y pretensiones. Esta devoción, hunde sus raíces en la complicada relación que mantendrá “La Iglesia” con la corriente de pensamiento liberal a lo largo de todo el XIX. La reformas de los sucesivos gobiernos liberales, incluso aquellas que emanaban de regímenes de tinte moderado, solían chocar directamente con un estamento eclesiástico dispuesto a mantenerse firme en su carácter de inmutabilidad.

Caricatura de "Cura trabucaire". Modificado del diario satírico "La Flaca"
Ya desde el comienzo del conflicto carlista en 1836, los púlpitos de las pequeñas y medianas congregaciones se convirtieron en altavoces desde donde el clero más cercano al pueblo llano, no disimulaba su adhesión al carlismo, manifestándose abiertamente en contra del carácter revolucionario y anteclerical del liberalismo en el poder. Considerados agitadores de masas, no fueron pocos los párrocos que dieron, momentáneamente, con sus huesos en las cárceles. Entre los ejemplos y, por centrarnos en el ámbito geográfico de Campoo en Cantabria, nos cita Agustin Fernandez a “los párrocos de San Andrés, D. Antonio Mantilla, y de Barruelo, D. Gregorio Rodríguez Navamuel” cuya “inclinación política les trajo la prisión, en 1836, en la cárcel de Reinosa”. Y según nos indica Luis Angel Moreno, otro eclesiástico beligerante salido de las tierras de Campoo fue Tiburcio Rodirguez Macho, cuyas actividades procarlistas abarcaron ambas guerras civiles.

No es de extrañar que estos religiosos, convertidos en un engranaje indispensable para la difusión del sentir carlista y sus pretensiones en las zonas más recónditas del territorio, al llegar la llamada al alzamiento a favor de sus reyes carlistas, optaran por formar parte de partidas y batallones. La prensa liberal encontró en este estamento social un elemento sobre el caricaturizar y cargar tintas, ante su doble condición de “rebelde carlista y servidor de Dios”. Así, los “curas trabucaires” llenarán las páginas de sucesos y crónicas, las más de las veces para dar difusión a leyendas negras sobre personajes que eran conocidos por su condición eclesiástica.

Eclipsados por la carismática figura del “cura Santa Cruz”, otros personajes de la última Guerra Carlista fueron noticia por sus acciones y filiación, como “el vicario de Orio”, el “cura de Sestao”, el “cura de Mena” o el mismísimo “obispo de Urgell”, por citar unos pocos. Al largo listado de topónimos y cargos se sumará un olvidado cántabro: el “cura de Lanchares”.

La Cantabria Carlista

Cantabria, la Santander del siglo XIX, no fue ajena a la última contienda carlista. Sus habitantes tomaron partido por uno u otro bando, y si bien, las grandes operaciones militares del frente Norte en su suelo fueron limitadas (aunque de notable importancia), la provincia nutrió de hombres y material al ejército carlista, mientras que el ferrocarril y el puerto de su capital, permitía el flujo de batallones y pertrechos para el sostenimiento del ejército liberal.

Provincia de Santander Siglo XIX. Modificado de IGN
Hasta fechas bien recientes, el desarrollo de la última Guerra Carlista en Cantabria carecía de un trabajo actualizado que se acercará a este periodo histórico. Gracias a la labor de Rafael Palacio como autor y Ramón Villegas como editor, hoy disponemos en las estanterías de la obra “La Tercera Guerra Carlista en Cantabria”, cuyo objetivo principal “es ofrecer una visión, […], de lo sucedido en la actual Comunidad de Cantabria a lo largo de esos cuatro años, tratando de resaltar el impacto que la guerra tuvo en los habitantes de la provincia y el papel que la misma tuvo en las operaciones militares de ambos bandos”. El libro de Palacio constituye una lectura obligada para comprender la última de nuestras guerras civiles del siglo XIX en el ámbito geográfico de Cantabria.

Según describe el autor, no será hasta la reactivación de la guerra en el Norte, tras el fracaso del levantamiento en 1872, cuando Cantabria entre en el conflicto formalizando sus instituciones carlistas. A lo largo de 1873 será la "Real Junta a Guerra de Cantabria” presidia por el burgalés Fernando Fernández de Velasco, la “responsable de avivar la llama de la rebelión, realizar alistamientos y procurar su vestuario y armamento”. Con menos medios que sus vecinas provincias forales y, una compleja situación para mantenerse en armas en su propia tierra, las partidas carlistas se hicieron especialmente activas en el oriente de la provincia. 

El clima de inseguridad y falta de control estatal se extendió también hacia el centro de la provincia y especialmente a Campoo; donde su tradicional aislamiento y complicada orografía permitía, no solo la presencia de partidas carlistas autóctonas, sino las correrías de facciones castellanas. Reinosa, capital campurriana, permanecía fiel al gobierno liberal, si bien es probable que la mayoría social estuviera más cercana al tradicionalismo, como lo demuestra la existencia de distintas Juntas locales de corte católico-monárquico en muchos de sus municipios. El mantenimiento del estado liberal en la capital quedaba, sin duda, supeditado al control que las fuerzas del orden ejercían intramuros, con una guarnición militar que había fortaleciendo sus exiguas defensas y consiguiendo, no sin dificultades, mantener abierto el importantísimo eje ferroviario que cruzaba la comarca.

Caminos de Hierro

El ferrocarril Alar de Rey-Santander, que atravesaba Cantabria de norte a sur, había sido una obra de ingeniera costosa y complicada. Inicializado como un enlace para acercar el Canal de Castilla a la costa cantábrica, el camino de hierro había llegado, no sin algunas dificultades, hasta Reinosa, para seguidamente descender a Bárcena de Pie de Concha y de allí, proseguir hasta Santander. En 1866, el trazado entre Madrid y Santander estaba finalizado y con ello, se abría el tráfico de personas y mercancías entre la meseta y la costa cantábrica. Bien es verdad, que el duro clima invernal de Campoo, no se lo pondrá nada fácil, no siendo pocas las veces que la nieve interrumpirá el servicio, especialmente a su paso por el alto de Pozazal.

Tren detenido por la nieve en Pozazal. Modificado de la "Ilustración
Española y Americana"
Las líneas férreas estaban llamadas a constituirse un elemento estratégico de primer orden tanto para carlistas como para liberales. Carlos VII no deseaba destruir esos ejes vertebradores del progreso y  verse privado de los grandes capitales e influencias que habían sufragado sus trazados y explotación. De hecho, el propio Pretendiente había dado orden de cesar los incipientes sabotajes que, ya desde el comienzo de 1873, las partidas carlistas estaban realizando. En una carta fechada en Zugarramurdi (Navarra) el 20 de marzo de 1873, firmada por el Diputado General Carlista de Guipúzcoa, D. Miguel Dorronsoro y dirigida al Comandante de las fuerzas carlista en esa provincia, se leía: “[…] envío a Usted en copia, la orden del Estado Mayor General sobre que se suspenda todo trabajo dirigido a cortar o inutilizar el ferrocarril del Norte a consecuencia de las negociaciones pendientes con sus directores. […]”. Por supuesto, las negociones fueron completamente infructuosas para los intereses carlistas y los sabotajes se fueron sucediendo.

Desde el punto de vista militar y estratégico, la imposibilidad de controlar o de cortar la línea de Madrid-Santander, constituirá un error con innegables repercusiones para el devenir de la guerra en el Norte. Tal y como cita Palacio, el diario oficial carlista llegó a publicar: “los ferrocarriles multiplican de una manera considerable las fuerzas del enemigo. Por los ferrocarriles puede el jefe de las hordas republicanas mover con rapidez increíble sus batallones y sus baterías de Tudela a Miranda, de Madrid a Logroño, de Burgos a Santander, y, por medio de los vapores marítimos, de Santander a Bilbao y San Sebastián (…) sin los ferrocarriles, Santander sería nuestro”.

El Viaducto

El todavía existente viaducto de Celada Marlantes, en las cercanías del puerto de Pozazal, ha sido definido por Manuel Lopez “como la obra más emblemática del ferrocarril de Alar del Rey-Santander a su paso por Campoo”, siendo “el primer viaducto de esas dimensiones construido en España”. Con sus 25 metros de altura, 10 arcos de medio punto y una longitud de 125 metros de sillería, constituía un elemento notablemente llamativo, cuya inutilización por parte de partidarios carlistas, hubiera supuesto un notable golpe de efecto.

Viaducto Celada Marlantes. Modificado del Diario Montañes
Rafael Palacio recoge lo acaecido en su obra: “En la madrugada del 13 de junio de 1873, carlistas capitaneados por el cura de Lanchares y procedentes de las Encartaciones se presentaron en Celada Marlantes (perteneciente al partido judicial de Reinosa) con el objetivo de destruir el viaducto del ferrocarril”. Para ello no dudaron en coaccionar a un par de vecinos del pueblo, amenazándoles de muerte para obtener de ellos su colaboración.

Sin embargo, los planes carlistas se vieron frustrados al “ser sorprendidos por la guardia que había en aquel punto”. Curiosamente la peor parte del fallido acto de sabotaje se la llevaron los dos vecinos de Celada, Manuel Seco Cañas y Victor Seco Bravo, que, tras ser apresados fueron condenados en Consejo de Guerra a pasar 12 años en la cárcel por colaborar con los carlistas. Tras la guerra, en la suplicatoria de indulto de sus familiares expusieron que ambos habían recibido una carta “de un cabecilla carlista denominado “el Cura de Lanchares”, conminándoles bajo las más bárbaras y atroces amenazas de fusilarles a ellos y sus familias e incendiar sus casas y haciendas si no les informaban del número de soldados que guarnecían el puente y de las viviendas en que se acantonaban”.

El “Cura de Lanchares”

El acusado de ser cabecilla de aquella partida, se llamaba Pedro Valentín Argüeso Gonzalez, tenía en aquel entonces 31 años y efectivamente, era cura de Lanchares, un pequeño pueblo localizado a escasos 20 kilómetros de la ciudad de Reinosa. Entre los muros de la iglesia de San Cornelio y San Cipriano, Pedro Argüeso realizaba sus labores de pastor de almas actuando como párroco ecónomo desde 1871.

Al igual que ocurría en otras tantas poblaciones de Campoo, la mayoría de sus feligreses subsistían manteniendo cabañas ganaderas y pequeñas parcelas agrícolas en la fértil, pero dura, Rasa de Campoo. En aquel ambiente se repetía la polarización que se había instalado en la sociedad del momento: mientras los núcleos de población más importantes permanecían afines al régimen liberal imperante, el ámbito rural apostaba por el carlismo. En el arraigo del sentimiento tradicionalista en el entorno montañés cántabro, ajenos y, en algunas ocasiones, sufridores del componente foral de sus vecinos vizcaínos, sin duda confluían una amalgama de elementos donde se entrelazaba la tradición familiar, la omnipresente religión y los ecos de un Rey, del que bastaba saber que respondía al nombre de Carlos.
 Perdro Argüeso "el cura de Lanchares".Cortesía de 
Jose Ramón Diez

Pedro había nacido en la población de Arroyo el 4 de febrero de 1842, siendo el único hijo varón del matrimonio de Jose Argüeso Gutierrez y Juana Gonzalez Lopez, conformado una extensa familia de siete hijos.: Juliana, Pedro Valentín, Tomasa, Agustina, Petra, Antonina y Teresa.

Pedro, como único hijo varón, estaba llamado a convertirse en sucesor de una larga tradición familiar cuya máxima era la de "tener un cura en la familia"; norma que los archivos familiares "tienen documentado hasta el XVI. Muchos de nombre Pedro". De hecho, en el entorno familiar se comenta que, incluso hoy en día, "un descendiente tiene pagada la carrera de cura en Burgos".

Pedro Valentín, como no podía ser de otro modo, encaminó su vida al mundo eclesiástico tomando los hábitos. Gracias a ello hemos podido localizar algunos datos adicionales sobre su biografía en los archivos parroquiales. En ellos consta que, en 1871, cuando tenía 29 años, llegó a pueblecito de Lanchares actuando como ayudante del viejo párroco, D. Domingo Lucio Villegas, en las labores del cuidado de las almas de su feligresía.

En abril de ese año, tras el fallecimiento de D. Domingo, pasó a hacerse definitivamente cargo de actas y libros parroquiales, firmando sus registros como “cura ecónomo”. Con esmerada caligrafía, no exenta de faltas de ortografía, Pedro registrará el nacimiento, matrimonio y muerte de los habitantes de Lanchares en los siguientes dos años.

Resulta curioso comprobar cómo, en 1873, cuando se reactivaba la guerra en Cantabria; las actas de los libros parroquiales de Lanchares eran firmadas en algunas ocasiones por Pedro y en otras por “el cura propio de la parroquia de San Andrés Apóstol de la Población de Yuso”, dejando constancia de algunas ausencias de Pedro, muy posiblemente, entretenido en otros quehaceres más mundanos y de carácter subversivo contra el gobierno liberal.

Indudablemente, en este tiempo tuvo que relacionarse con los integrantes de las Juntas Locales Católico Monárquicas de la zona, que vertebraron con notable éxito el sentir carlista tras la revolución de 1868. Luis Angel Moreno nos indica que en 1870 era presidente electo de la Junta Local de Campoo de Yuso, partido judicial en el que se inscribe Lanchares,  D. Lucio Moreno Sainz; y que llegado el momento, su dos dos hijos, Pío y Antonio, engrosarán los batallones carlistas. 

La Huida

No será hasta finales del año 1873, cuando Pedro pase a engrosar las filas carlistas de forma oficial y definitiva, abandonando completamente sus labores eclesiásticas en Lanchares. La tradición familiar recoge que el último oficio de Pedro fue el bautismo de una niña nombrada Nieves: “El nombre, según tengo entendido, fue por la nevada que había caído”. Para entonces Pedro ya se sabía perseguido por las fuerzas del orden, pero no deseó faltar a su condición eclesiástica: “la bautizó a pesar de que le avisaron de que venían por él, pero quiso cumplir” y “dado su carácter temerario le forzó a desconsiderar el riesgo”, aseverando “que la niña no se quedaba sin bautizar por nada”. Con las fuerzas del orden a las puertas de la casa, fue apremiado a abandonar sin dilación el hogar de la pequeña y accediendo al pajar, saltó por el bocarón a la calle donde “le esperaba su caballo”.

No hemos podido localizar en los archivos parroquiales de Lanchares el registro de Nieves, pero en cualquier caso, la última firma de Pedro la encontramos en una partida bautismal el 30 de diciembre de 1873.

De las complicaciones en su huida, en el siempre duro invierno de la montaña cántabra, nos da cuenta una carta dirigida a su padre y, que ha sido conservada en el ámbito familiar desde hace más de un siglo: “Valmaseda y 2 de Enero de 1874. Querido Padre: tomo la pluma para decir a Usted en primer lugar, que llegue a ésta un poco mal, por causa de una caída que me dio la yegua en un hielo, pero ya estoy casi bien del todo a Dios Gracias, aunque la caída fue de consideración, porque me dislocó el hombro izquierdo, y me resintió el tobillo, pero en cuanto llegué a ésta, me fui con Cirilo al hospital y me arreglaron todo poniéndome en el hombro un venda de diez varas de larga, pero ya me la quitaron y me han puesto dos confortantes y ya estoy como ya he dicho casi bueno, por lo que no deben Vuestra Señoría tener cuidado alguno”.

La Valmaseda Carlista

Tras el accidentado viaje, Pedro se encontraba recuperándose en el hospital de sangre que los carlistas habían abierto en la villa del Señorío, dando cabida tanto a los heridos en combate, como a los enfermos de viruela, tifus, disentería… y un largo número de enfermedades infecciosas que sufrían tanto los soldados como la población civil.

El 22 de julio de 1873, Valmaseda había sido evacuada de tropas liberales convirtiéndose en un importante centro neurálgico del incipiente estado carlista que se extenderá por todo el territorio vasco navarro. Estratégicamente localizada en una de las vías de acceso principales al Señorío que conectaba el territorio foral con las provincias vecinas de Burgos y Cantabria, la villa encartada servirá como centro de operaciones de los Batallones Cántabros del Ejército Carlista del Norte. Allí se constituirá la Real Junta Carlista de Cantabria, análoga en su funcionamiento a las Diputaciones Vascas, aunque con un territorio efectivo muy reducido.
Mercado en Valmaseda. Modificado de "Ayuntamiento de
Balmaseda"

Como indica Palacio, de la Real Junta de Cantabria, y como era norma en el Ejército Real del Norte, "dependían los servicios de apoyo logístico y administración como los de Comisaría de guerra, veterinaria, administración militar, albéitar de la Caballería, guarda almacenes … y al menos, en el último tramo de la guerra parece que también los aduaneros, un “cuerpo de inspección y vigilancia”. Al igual que sucedió a las tropas castellanas que luchaban a favor de Don Carlos, “la Real Junta de Cantabria nunca tuvo las atribuciones y la libertad de acción de las creadas en Vascongadas o Navarra; ni dispuso de un territorio sobre el que ejercer su autoridad […] y los recursos que podía proporcionar a sus hombres siempre quedaron limitados a los que pudieran conseguir sus partidas y aduanas, con la dificultad añadida de hacerlos llegar, por ejemplo, a Navarra o Guipúzcoa”. Era, por tanto, crucial para el mantenimiento de la Junta cántabra y de los hombres a su cargo, las incursiones de partidas volantes y el establecimiento de aduanas semipermanentes en su tierra para conseguir los recursos necesarios.

Regia Visita

En una sociedad eminentemente rural, como pudiera ser la de la provincia de Santander de finales del XIX, resulta lógico pensar que, alrededor de determinadas figuras se tejiese un halo de mito o leyenda; y en especial sobre un pretendiente al trono de nombre Carlos que venía a continuar una lucha comenzada 30 años antes.

Para muchos voluntarios carlistas que habían abandonado familia, hogar y sustento para incorporarse a un embrión de ejército, encontrarse con la persona que encarnaba los ideales por los que, en definitiva, iban a luchar, sin duda resultaba ser un momento notablemente especial. Casualmente, durante la convalecencia de Pedro en Valmaseda, tuvo la oportunidad de conocer a Carlos VII en persona.

Con el comienzo de las hostilidades sobre Bilbao a finales de 1873, Carlos VII se había dirigido con todo su estado mayor a observar el desarrollo de las operaciones, no dudando en visitar sus principales plazas. A primeros de enero, el Rey y su corte itinerante entró en Valmaseda, recibiendo la pleitesía de los allí congregados, premiando el gesto con la siguiente alocución: “Agradezco, a los que a la inmediación de mi Persona comparten conmigo las penalidades y peligros de la presente campaña, su sincera felicitación, persuadido de que, con la ayuda de Dios y los esfuerzos de todos, recompensaré el año que viene en Madrid tanta abnegación y tanta lealtad, y liaré por mi amada España lo que fue y es el deseo constante de mi vida”.

Los fastos fueron relatados pormenorizadamente por el diario “El Cuartel Real”, incluyendo una solemne misa en la iglesia de San Severino Abad, para seguidamente “recibir a la Diputación de Santander presentada por su Presidente D. Fernando Fernández de Velasco; luego al Clero, al Comandante de Armas y al Ayuntamiento de Valmaseda, manifestando unos y otros a S. M. su deseo unánime de verle pronto en el Trono de San Fernando para proporcionar a España su antiguo renombre, devolviéndole al propio tiempo su antigua caballerosidad é hidalguía”.
Carlos VII. Modificado de Augusto Ferrer Dalmau

Pedro puso finalmente rostro al pretendiente sobre el que algunos de sus familiares, habían llegado a dudar de su existencia, relatándoselo así a su padre: “He tenido el grandísimo gusto de ver a nuestro muy querido Rey porque se ha dignado venir a vernos esta tarde a las 4. Es muy gran mozo, tanto que yo no le llego más que a los hombrales, y así de fuerte, estoy muy contento por haberle visto, porque el que le vea una sola vez, y no muera cien veces por él si es necesario, tiene corazón de perro. Dígale a Tío José que, si él hubiera estado esta tarde en Valmaseda, no diría nunca que no existe el tal D. Carlos VII”. El pretendiente permanecerá hasta el día 13 en la villa, en un clima de notable exaltación, cuando partirá en dirección a Artzeniega para rezar ante la imagen de la Virgen de la Encina, antes de continuar su camino a Durango, sede de su Corte en Bizkaia, a la espera del desenlace del Sitio de Bilbao.

Pedro se dejará llevar por entusiasmo que reina en el campo carlista, vaticinado que Campoo pronto pasará a estar bajo su control, incluida la “canalla” Reinosa, haciendo participé a su padre de sus vaticinios: “Portugalete esta tomado, y Bilbao tiene bandera blanca, pronto saludaremos a la canalla de Reinosa, los muchachos de esos pueblos están bien todos”. Pedro terminará su misiva tranquilizando a su familia: “Sin otra cosa por hoy, de Usted mis tiernos a mi Madre, hermana y cuñados y beso a la Antonia y demás personas que se interesen por mí, así como los curas y otros. Usted recibe el corazón de su hijo”.

Capellán y Aduanero

Al contrario que muchos de sus compatriotas cántabros que, de alguna u otra manera habían llegado a la fronteriza Valmaseda para enrolarse en las tropas regulares carlistas, Pedro no participará de los formalismos castrenses de los embriones de batallones de Cantabria. El conocimiento del terreno, unido a la amplia red de contactos que, como eclesiástico rural, a buen seguro poseía, lo hacía notablemente útil para formar parte de los necesarios servicios de aduanas y de reclutamiento que nutría a su Junta.

El propio Pedro se lo trasmitirá a su padre en su carta, avisando de su pronto regreso a las cercanías del hogar familiar: “Me han dicho que estoy nombrado Capellán de la partida volante de reclutas y de recaudación, por lo que, sino nieva, espero que pronto les haré una visita”. Resulta especialmente llamativo que Pedro relatase a su padre que iba a ser integrado en las itinerantes guerrillas en calidad de capellán, y no como jefe de partida.

Mientras las bombas caían sobre Bilbao y, en los campos de Somorrostro, se gestaba un punto de inflexión en la guerra, en el deseo de ver la bandera carlista ondeando en Reinosa, en Campoo y en toda Cantabria, Pedro se integró en las partidas volantes cántabras. Reconvertido en aduanero-guerrillero, el cura de Lanchares retornará a su tierra para cumplir con la difícil misión de obtener recursos para el sostenimiento de sus batallones.
Aduana carlista. Modificado de Albúm Siglo XIX

A decir de Rafael Palacio, “la instalación de puestos aduaneros en lugares de paso obligado de personas y mercancías respondió a una estrategia totalmente planificada para allegar fondos con que mantener y armar a los batallones carlistas cántabros. […] La aduana más antigua fue la de Soncillo, montada seguramente en octubre de 1873, a la que siguió poco tiempo después la del puerto de Pozazal. […] Al mes siguiente, ya eran cuatro las aduanas establecidas, pues se habían sumado las del “pueblo de Cañedo por la parta del valle de Soba, y la otra en la misma venta de Alisas, carretera de tercer orden de Asturias a Bilbao […]. A las pocas semanas ya se habían establecido otras en puntos muy sensibles para el comercio: los puertos de El Escudo (concretamente en Cabañas de Virtus) y de los Tornos”.

Pedro, junto a otros guerrilleros de lustre, controlará el importante paso del Escudo; la principal vía de tránsito entre la costa y la Meseta atravesando la cordillera Cantábrica. Se trata de un territorio agreste, donde el cura se mueve con notable soltura, ya que entre Lanchares y el alto del puerto median unos escasos 14 Km, y donde, sin duda, goza de una tupida red de confidentes y posibles refugios que facilitan sus labores.

Un Primer Encontronazo

Para finales de abril de 1874, la aduana carlista estaba funcionando y el gobierno liberal en Cantabria, conocedor de las actividades de Pedro, procedió a desplazar algunas fuerzas para desmontar el ilícito cobro de impuestos.

En ausencia de un número suficiente de tropas regulares, las autoridades liberales habían creado el “Batallón de Voluntarios Montañeses”, formado por voluntarios “naturales de la provincia, de entre 20 y 40 años, y preferiblemente haber servido en el Ejército o cualquiera de sus institutos con buenas notas”. Palacio indica que “a pesar de las magníficas retribuciones ofrecidas, no parece que los habitantes de la provincia se entusiasmaran por alistarse. Además, parece que hubo derrotistas (o filocarlistas) que intentaban disuadir a los posibles interesados”. Agrupados en pequeñas fuerzas, estos voluntarios liberales, fueron utilizados como fuerzas de disuasión, más que de choque, ya que carecían de los medios, preparación y disciplina necesaria.

El 26 de abril, en una de sus primeras misiones, 30 hombres pertenecientes al batallón de Reserva de Santander a cuya cabeza se encontraba el teniente José López, se aproximó al Escudo con el objetivo de desmontar la aduana carlista. El oficial liberal dio cuenta pormenorizada de lo ocurrido a la Diputación Provincial en Santander: “Habiendo llegado a las 9 de la noche de día de ayer a Bárcena de Pie de Concha con 30 individuos a mis ordenes, emprendí la marcha a las 11 en dirección a la venta del Escudo, con intención de sorprender a los aduaneros que hace tiempo viene cobrando Aduana”.

Pero incluso para “habitantes de la provincia”, sorprender a unos guerrilleros en su ambiente, parecía un acto poco menos que imposible, y así lo expuso el oficial, comentando que la fuerza carlista ya estaba sobre aviso gracias a “los plantones que tenían”. A pesar de todo, el teniente de los voluntarios continuaba su narración explicando que siguieron marchando hacia las pequeñas poblaciones que rodean el puerto de montaña: “me dirigí […] con dirección a Resconorio y San Pedro el Romeral, y a la que llegué al camino Real se avistaron algunos caballos sin saber el número fijo que venían en dirección a nosotros por la casa del caminero”.
Tropas liberales. Modificado de Diario de Navarra

El primer cruce de disparos se producirá con una pequeña carga de caballería carlista y 30 milicianos liberales desplegados por el terreno haciendo fuego rodilla en tierra. A decir del teniente, las fuerzas carlistas no mostraron demasiado empeño en prolongar la lucha: “A los primeros disparos retrocedieron dejando en su fuga un caballo” y abandonando el material requisado en su aduana, que según Palacio comprendía: “numeroso papel sellado, 186 sellos de correos de 50 céntimos, 34 cigarros, 92 mazos de pitillos y 3 arrobas de hilas”. Pero fue el equino el que tuvo una especial repercusión, porque según transcripción del parte oficial, “era el que montaba el cura de Lanchares, Jefe de estos aduaneros”, añadiendo el oficial su pretensión de ponerlo “a la disposición de esa Excelentísima Junta provincial, tan pronto como regrese a la capital”.

El propio Lopez definirá la acción como un hecho sin importancia, elogiando a su fuerza de milicianos ante “el arrojo y orden con que se prepararon para defenderse los soldados y clases de este Batallón, que lo hicieron como si fueran soldados del Ejército”. Pero la cómoda victoria, resumida en un pequeño cruce de disparos y ausencia de sangre, no iba a terminar con el problema de la aduana del Escudo y mucho menos, con el “cura de Lanchares”, independientemente de que su yegua hubiera quedado en manos liberales.

Irreductibles Guerrilleros Montañeses

Al día siguiente de concluir la escaramuza en el puerto del Escudo, había dado comienzo la 3º de las grandes batallas de la Campaña de Somorrostro y, el 2 de mayo se ponía fin al Sitio de Bilbao. La imposibilidad de tomar la capital del Señorío vizcaíno supuso un duro golpe para la moral carlista, si bien dejo prácticamente intacto su carácter combativo. Como señala Palacio: “En las semanas inmediatamente posteriores al abandono del sitio de Bilbao, parece que la desmoralización cundió entre las fuerzas carlistas y se produjeron numerosas deserciones. A ello ayudaron una mayor actividad de las columnas gubernamentales en persecución de las partidas, combinada con las promesas de indulto a quienes se entregaran”.

Ante el nuevo cariz, con un ejército liberal que parecía haber tomado la iniciativa, la prensa liberal se llenó de noticias que rebajaban notablemente las actividades de las partidas volantes en Cantabria, aseverando un 24 de mayo que “la unida partida carlista que queda en la provincia de Santander es la del cura de Lanchares, la cual consta de unos 30 hombres y vaga por el Escudo, en los confines de Santander y Burgos”.
Área de actividad de la partida de Pedro Argüeso. Modificado de la mapa
de IGN

Sin embargo, trascurridos los primeros momentos de incertidumbre, la irrupción del general Concha en territorio carlista, supuso el desplazamiento de las grandes operaciones militares hacia Navarra, con un Marqués del Duero decidido a tomar la capital carlista de Estella. Mientras los dos grandes ejércitos antagonistas convergían en tierras navarras, se reducía el número de tropas liberales que trataban de frenar la expansión territorial carlista en el oriente de Cantabria y, en un error táctico que Palacio refleja en su libro, se retrasaba la línea de contención, “abandonando la zona oriental de Cantabria” a las partidas carlistas.

A decir del historiador Pirala, este hecho favorecerá las actividades de Pedro y sus hombres, que lejos de apaciguarse y, mucho menos rendirse, reabrieron la aduana del Escudo: “Cuando los carlistas vizcaínos y cántabros vieron que el ejército liberal se dirigía a Navarra, procuraron extenderse por Castilla para aumentar sus recursos y su contingente; […] llamaron la atención en la provincia de Burgos el cura de Lanchares sobre las Cabañas de Virtus […]”.

La Venta de Cabañas de Virtus

Apenas trascurrido un mes desde la acción que, a decir del parte oficial liberal había desmontado el sistema de recaudación de dinero y material carlista en el Escudo, que “según datos de personas conocedoras de la misma, no baja de unos l0,000 duros mensuales”, de nuevo era necesario desplazar tropas a la zona, donde Pedro Argüeso, con montura o sin ella, seguía cobrando peaje a las mercancías que lo cruzaban.

En ausencia de un número suficiente de tropas regulares en Cantabria, fueron de nuevo los milicianos del Batallón de Voluntarios Montañeses los encargados de terminar la farragosa tarea que habían comenzado un mes antes. Esta vez con un mayor de tropas, hasta 150 hombres según las fuentes carlista carlistas y un centenar si atendemos a los partes oficiales liberales, el teniente José López salió de Santander el 20 de mayo, “con objeto de sorprender la partida de aduaneros que al mando del cura de Lanchares viene haciendo la recaudación en dicho punto”.

Sin embargo, esta vez no le iba a resultar tan fácil al teniente López poner en fuga al cura. Según describe Palacio, apercibidos los carlistas de los movimientos de los milicianos, acudieron en ayuda de los hombres de Pedro Argüeso, tropas de caballería de la División Castellana que al mando de Juan Gutiérrez se hallaban apostadas en el pueblo de Soncillo.

A las 8 de la mañana del 21, la fuerza liberal se aproximaba por la carretera en dirección a las Cabañas de Virtus: “Aun no habían dejado los voluntarios la carretera cuando vieron por retaguardia, que a la carrera se dirijan a ellos unos 20 caballos; inmediatamente el jefe, teniente señor López, con la mayor serenidad desplegó las fuerzas en guerrilla" y ordenó “tomar una altura para evitar que la caballería pudiera atacarles”. Mientras el grueso de fuerzas se dirigía a la elevación, dispuso que la primera sección se adelantará para “tomar una posición que dominaba la venta” y le hubiera permitido añadir una mayor ventaja estratégica.

Sin embargo, los milicianos encontraron que en su misma dirección “marchaban otros 30 caballos y algunos infantes con el propósito de envolverlos”. Los carlistas habían tomado la iniciativa al llegar esa misma mañana la fuerza de caballería castellana al mando de Juan Gutierrez, que “acompañado del alférez D. Domingo Fernández, del cura de Lanchares y una sección de Infantería mandada por D. Domingo Villate” se dirigieron hacia las Cabañas de Virtus a sorprender a la fuerza de milicianos que avanzaban en exceso confiados.

Los diarios de época describieron que López dio contraorden a sus tropas avanzadas instándolas a regresar, pero muy probablemente los milicianos apenas tuvieron más tiempo que el de realizar una apresurada descarga, antes de verse rodeados de la caballería carlista. Cuatro hombres quedaron en manos de las tropas carlistas, mientas que el “cabo González” caía mortalmente herido.

El resto de la fuerza liberal se vio en la necesidad de fortificarse en la vieja venta: “Al verse rodeado de fuerzas más numerosas que las que el señor López llevaba y con posiciones más ventajosas, dispuso tomar la venta para hacerse fuerte en la misma, lo cual consiguió sin pérdida alguna, preparándose en el acto a la resistencia”.

Encerrados dentro los muros de la posada y rodeados de fuerzas carlistas, el teniente López se avino a una conferencia con el enemigo: “Al poco rato se presentó el cabecilla Gutiérrez, […], el cura de Lanchares y un alférez, hijo del dueño de la venta. El objeto del parlamento fue proponer qué, si en el acto entregaban los voluntarios las armas, los dejarían en libertad, pero si se negaban, no habría cuartel, incendiando el edificio con petróleo”. En la solicitud trascendía, no solamente la rendición de las tropas, sino la necesidad de armamento y munición del ejército carlista y de los batallones cántabros y castellanos en particular. Ya fueran flamantes Remington o veteranos Berdan, los rifles que portaban los voluntarios liberales, iban a ser bien recibidos en el arsenal carlista.

Las crónicas liberales afirmarán que “escusado es decir que el valiente López rechazó con indignación la propuesta asegurando que prefería morir antes de entregar un solo fusil” y que únicamente había “admitido el parlamento fue con objeto de pedir la devolución de los cuatro prisioneros”. Ante la negativa de los milicianos, los carlistas comenzaron a disparar sobre la venta, respondiendo los milicianos desde el interior, abriendo troneras en sus muros para facilitar su defensa. Siguiendo la noticia que se difundió en la prensa, los sitiadores intentaron cumplir su promesa de hacer arder la venta, arrojando para ello botellas de petróleo contra una esquina de la edificación; si bien, este punto es discutible si tenemos en cuenta que era el medio de vida de la familia de un alférez carlista.

El asedio duró “hasta las dos de la mañana”, permaneciendo los milicianos en el interior de su improvisado fuerte, a buen seguro pensando en lo mucho que se asemejaba su situación con la de los malogrados carabineros del puente de Endarlaza. No fue hasta el día siguiente, cuando se presentó un aldeano ante la venta, “quien aseguro que los carlistas habían marchado, y reconocido el terreno resultó ser cierto, saliendo los voluntarios con las precauciones debidas en dirección a Ontaneda”.

Si bien algunos rotativos liberales elogiaron la actuación de la fuerza de milicianos, aseverando que “el hecho de armas había sido favorable a los voluntarios” causado al enemigo “5 muertos, seis heridos y dos caballos muertos”; otros, por el contrario, no pudieron más que recelar de su proceder, encontrando poca gloria “en batirse en retirada” por muy ordenada que ésta fuera, y desde luego, no se había conseguido el objetivo de eliminar, de una vez por todas, a los aduaneros carlistas ni al ya famoso “cura de Lanchares”.

Lo cierto es que la actividad del Batallón de Montañeses acabó languideciendo a lo largo del conflicto, a medida que mostraba sus carencias resumidas así por el historiador Palacio: “ni siquiera la mitad de sus efectivos eran soldados licenciados siendo mayoría los paisanos sin experiencia militar, su mantenimiento resultaba gravoso para la Diputación, y su valor táctico era cuestionable”.

Prosigue la Persecución

Fracasado el uso de tropas de milicianos, se unió en la persecución de la recalcitrante partida de Pedro Argüeso tropas regulares al mando de un capitán de la guardia civil, de nombre Eulogio Amor. El oficial Amor ya había dado muestras de su buen hacer en la tarea de acabar con las móviles partidas en tierras de Castilla, y llegaba a Campoo para hacerse cargo del territorio comprendido entre Reinosa y Soncillo.

Aduaneros carlistas. Modificado de Álbum Siglo XIX
Este hombre resultará para Pedro mucho más peligroso que los voluntarios de López. De hecho, Amor consiguió desarticular, al menos temporalmente, al poner en funcionamiento una trampa fríamente calculada. Pirala, en su extensa obra sobre la última guerra carlista, cita la operación, sin establecer una fecha concreta: “Como los carlistas no entraban en las ventas de Virtus sin asegurarse antes de que no había un enemigo para lo que tomaban exquisitas precauciones, Amor penetró a media noche en ellas por sorpresa; encerró a los habitantes en un cuarto sin comunicación; colocó su fuerza en las dos casas; al despuntar el día abrió la venta; bajaron los guías que tenían los carlistas; les detuvo cuando entraron a tomar el aguardiente; les obligó a decir la misión que cada uno tenía; vistió con !a ropa a unos guardias civiles, que fueron a desempeñar el papel de guías, y al verlos los carlistas se acercaron confiados y entraron en la taberna, donde les cogían, y únicamente porque se escapó un tiro hubo un poco de recelo con los que aún no habían entrado, pero ya no pudieron escaparse”. Aquel día la suerte estuvo del lado del Pedro, y el cura de Lanchares no estaba entre los guerrilleros que entraron aquel amanecer a calentarse en la venta.

Mientras, la guerra “oficial” trasladaba el teatro de operaciones de Navarra. El Marqués del Duero, tras reducir la asfixia al que sometía el ejército carlista a la villa de Bilbao, quiso dejar pacificadas de forma definitiva Las Encartaciones como paso previo a dominar el Señorío de Vizcaya y la provincia de Álava. Recorrió el Valle de Mena bajando hasta Orduña, donde penetró sin grandes esfuerzos el 17 mayo. Siguió su avance por tierras alavesas, llegando hasta Vitoria, restableciendo momentáneamente la comunicación entre la capital alavesa y Miranda de Ebro. Dispuesto a tomar Estella, corazón de la Corte Carlista, su muerte en la batalla de Abarzuza el 27 de junio de 1874 precipitará los acontecimientos, retornando la situación a un estado previo al paso del insigne general. Los triunfos liberales habían sido estériles; a medida que el ejército liberal había ido avanzando, el territorio que quedaba a sus espaldas retornaba a manos carlistas.

Cantabria “Señorío del Guerrillero"

Después del gran revés que supuso la muerte de Concha y, a pesar de la labor de contención que ejercía el general Juan Villegas con las pocas tropas de las que disponía, “la presión carlista sobre buena parte del territorio oriental había alcanzado cotas nunca vistas”. Así de contundente se manifiesta Palacio trascribiendo un acta de sesión de la Diputación Provincial en Santander fechada el 20 de julio, donde se expone cómo “desde mediados del último junio, muchos de los pueblos de esta provincia han vuelto a ser objeto de continuas invasiones carlistas, y víctimas sus concejales mayores contribuyentes, de secuestro y malos tratamientos, obligándolos al pago de enormes contribuciones, y a continuos compromisos para irlos satisfaciendo en lo sucesivo”. Recoge Palacio que la “exposición detallaba pormenorizadamente las exacciones cometidas por “partidas de ocho, once y diez y seis individuos la que más”, que “se han enseñoreado de la mayor parte de los pueblos de la provincia por espacio de más de 20 días, recorriéndolos noche y día, con la mayor osadía y confianza”, sin que las numerosas tropas acantonadas en esas mismas comarcas movieran un dedo por intentar detenerlas”.

En agosto de 1874, Pedro Argüeso incrementaba su lista de causas pendientes con la justicia liberal. El 19 de eses mes, el Juzgado de Primera Instancia de Reinosa emitía un bando instando “a Domingo Fernández, natural de Corconte y al cura del pueblo de Lanchares, D. Pedro de Argüeso para que en el improrrogable termino de quince días comparezcan en la cárcel de este Juzgado a fin de recibirles declaración indagatoria en la causa que contra ellos instruyo sobre el robo de una yegua de la pertenencia de D. Felipe Álvarez y Sainz, bajo apercibimiento que de no verificarlo dentro de dicho termino serán declarados rebeldes y les deparará el perjuicio que haya lugar”. El bando terminaba exhortando a las fuerzas del orden “a su detención y remisión a este Juzgado”.

Pero el “cura de Lanchares”, que ya se había labrado su propia leyenda de guerrillero, todavía permanecerá un año más cumpliendo con su cometido de nutrir a los batallones cántabros.

La “línea de Valmaseda”

En septiembre de 1874 el “estado carlista del Norte” llegaba a su máxima extensión territorial, constreñido prácticamente a las provincias Vasco-Navarras, ante la manifiesta incapacidad de su ejército para controlar otros territorios de forma efectiva. Los batallones cántabros no se internarán más en el corazón de Cantabria, ya que deberán contribuir a la defensa de la “línea de Valmaseda”: el extremo izquierdo del “estado carlista”, una frontera con un fuerte carácter psicológico que separa las dos concepciones de entender un estado. Junto a los cántabros, tropas de asturianos, castellanos, encartados y otras bizkainas, llegando a concentrar hasta nueve batallones, serán las encargadas de su defensa.

A partir de este límite y, con los frentes cada día más consolidados, se extiende una “tierra de nadie” que se encontrará en continuo conflicto, donde guerrillas y batallones marchan y contramarchan, aprovechando los momentos de debilidad del contrario. Las acciones y luchas se sucederán a lo largo de 1875, pudiéndose decir que fue raro el día que no hubo algún cruce de fuego. No serán pocos los cántabros que no regresen nunca a su tierra, enquistados en la intangible “línea de Valmaseda”, ya fuera por enfermedad o por el plomo de los proyectiles liberales. En el cementerio de Valmaseda reposarán definitivamente varios campurrianos, como Francisco Andres Marina nacido en Los Carabeos, o Venancio Lantaron Gutierrez de Arroyo.

Linea de Valmaseda y zona de dominio carlista en septiembre de 1874.
Modificado de "Historia de la fotografía de la última guerra carlista"
Al otro lado de la permeable cortina que suponía la “línea de Valmaseda”, seguían luchando hombres que todavía deseaban ver entrar a los batallones cántabros en Santander o Reinosa. Así, Pedro Argüeso encaraba su segundo año de guerrillero en las tierras fronterizas de Cantabria y Burgos, fiel a sus principios y a la misión de conseguir recursos para aquellos que ya únicamente permanecerán en actitud defensiva en los límites de las provincias forales.

Infatigable en el desempeño de su labor, el “cura de Lanchares” mantendrá junto a Domingo Fernandez, “Domingón”, una obstinada partida que indudablemente basaba su éxito en el conocimiento del terreno del cual eran originarios y a una importante red de colaboradores para conseguir refugio, alimento y noticias sobre los movimientos de las fuerzas liberales. De hecho, la tradición familiar cuenta que una de las hermanas de Pedro, Antonia, "llevaba la comida (supongo que la muda también) a Pedro en una yegua blanca".

Pocas serán las noticias que trascenderán de sus actividades ese año, donde una escueta reseña, reproducida en diferentes diarios, comentaba que en junio de 1875 la partida “se halla en la jurisdicción de la Vega de Pas”, tras haber sido “localizada en la Venta Nueva”.

El Final

A finales de 1875 se comienza a gestar la gran ofensiva liberal que iba poner el punto y final a la última guerra carlista. El 27 de enero de 1876, el también cántabro Juan Villegas rompía la “línea de Valmaseda” al mando de 2 divisiones. Los batallones cántabros, que habían sido destinados a cubrir los pasos en Galdames, quedaron rezagados y aislados del resto de fuerzas, teniendo que abrirse paso a golpe de bayoneta para volver a unirse a los restos de tropas carlistas ya en retirada. Comenzaba "la deshecha" de un ejército acosado, vencido por la enorme desigualdad de fuerzas.

Reinosa, capital de Campoo
Antes de cruzar Carlos VII la frontera francesa, batallones cántabros, asturianos y castellanos formarán marcialmente por última vez ante su persona, escuchando la incumplida promesa de “Volveré”. La Junta de Cantabria, aquella que se había nutrido de la labor de Pedro de Argüeso, seguirá idéntico camino, acompañando a su rey al exilio.

Sin Rey, sin batallones, sin Junta a la que rendir cuentas, Pedro Argüeso, el “cura de Lanchares”, el personaje que había tejido su propia leyenda como guerrillero montaraz en dos largos años de actividad, será finalmente hecho preso.

La tradición familiar mantiene que fue conducido a Reinosa y estando “en capilla”, se “fugó neutralizando a los guardias”. Pero poco durará esta huida, ya que a finales de mayo los rotativos de los diarios referían lo siguiente: “Se halla en la cárcel de Santander el famoso cara Lanchares que, aunque Indultado del delito de rebelión está encausado por exacción de contribuciones en varios pueblos de aquella provincia”.

La amnistía permitió a Pedro regresar a Campoo, pero sin duda, la postguerra de los derrotados no hubo de ser fácil. Una anécdota conservada en el ámbito familiar cuenta que un día, mientras Pedro se encontraba en el famoso café de Reinosa, el Vitoria, no pudo evitar escuchar la conversación de un grupo de militares que, jactándose de sus hazañas guerreras, desdeñaban la figura del “cura de Lanchares”. Pedro se acercó a la mesa y se presentó ante los sorprendidos soldados diciendo “que ante ellos tenían al mismísimo "cura de Lanchares", y que si tenían algo contra el cura que se lo hablasen directamente con él”.

Un Último Viaje

Tras la guerra, mientras las provincias exforales encontraban un nexo de unión social y político en la defensa de sus derogadas “leyes viejas” y retomaban su proceso de industrialización, Cantabria parecía haberse quedado sumida en un estado de latencia. Tanto es así que el historiador Jose Simón Cabarga escribirá: “El historial político santanderino […] durante el último cuarto de siglo, es más anécdota que historia. […] Los hombres que la Montaña envía al Congreso y al Senado, aunque con evidente arraigo en la opinión, carecerán por lo común de esa altura desde la que el genio político domina y atrae la atención directa de los poderes públicos en beneficio de los pueblos representados […]”. Cabarga asevera que el interés general de Cantabria se dilapidó por sus propios políticos donde primaba el “caudillismo minúsculo”. Económicamente la provincia entró en un declive tras el espejismo de bonanza que, al menos, se había producido en la capital de provincia “al desaparecer la hegemonía disfrutada durante las guerras civiles”. Con apenas una industria desarrollada, una agricultura minifundista de subsistencia, Cantabria encaraba el último tramo del siglo XIX en una precaria situación.

Carros de vacas en La Población. Modificado de CHE
En la tierra del “cura de Lanchares”, la vida para el campesino-ganadero seguía siendo igual de dura que antes de la guerra, incluso más, si a ello se suman las inquinas y venganzas que a buen seguro se dieron tras la finalización de la contienda civil. Se cuenta que algunas familias campurrianas se vieron en la obligación de "pagar" por el retorno de sus hijos del exilio francés, caso de Pío y Antonio, vástagos de Lucio Moreno, expresidente de la Junta Monárquica de Campoo de Yuso. La tradición familiar cuenta que D. Lucio abonó "1000 pesetas para que pudieran volver a España".

Muchos jóvenes montañeses optarán por embarcarse, poniendo rumbo hacia América, ya fuera Cuba, México o Estados Unidos, alejándose de la pobreza y de las quintas obligatorias que forzaban a los más pobres a defender las colonias de ultramar. Al igual que otros muchos que habían peleado bajo el estandarte realista, Pedro migrará a América del Sur, emulando en cierto modo al cura Santa Cruz, el cual que arrastró su leyenda negra hasta Colombia. No poseemos datos de las vicisitudes que le llevaron a tomar esa decisión; si bien, el anecdotario familiar recogerá su deseo "de hacer rica a la familia", cuya economía, sin duda, había quedado resentida tras la guerra. 

De Cantabria a Comsamaloapan (México)
Tras un largo periplo, en la colonial parroquia de San Martín, construida en la emergente población de Cosamaloapan del estado de Veracruz (México), volveremos a encontrar la esmerada firma de Pedro en sus libros parroquiales. Por algún tiempo, Pedro colaboró con el cura párroco en las actividades eclesiásticas que tan bien conocía: “[…] yo el infrascrito Pedro Argüeso, por encargo del párroco bauticé solemnemente a […]”. Las última de sus firmas se recoge un 1 de septiembre de 1896.

Un año después, en 1897, se certificará su defunción cuando contaba 56 años, al poco de haber manifestado su deseo de regresar pronto con su familia en Campoo. La oscura muerte del rebelde carlista llenó de interrogantes las tertulias familiares, que solicitaron más datos sobre su fallecimiento y el destino de sus pertenencias, al cura párroco de Cosamaloapan. Sin embargo, el eclesiástico "contestó a las misivas diciendo que no dejó nada más que sus ropas y objetos personales". Dispuesto a clarificar lo sucedido, un sobrino de Pedro "fue a Santander con la idea de embarcarse para saber lo que había pasado, pero le aconsejaron que era mejor vivir pobre en España que morir rico en México". Otras intentos de desentrañar el misterio que rodeó la muerte del "cura de Lanchares" fueron infructuosos, y de su posible fortuna no pudo más que especularse, haciendo referencia a una posible muerte violenta a manos de un exoficial del ejército con el que había compartido viaje a Ultramar.

El Olvido

La vida continuó en Campoo siguiendo el imperturbable ritmo de sus estaciones. Tras un verano de duro trabajo en los “praos”, el invierno llegaba para instaurar su blanco reinado. A buen seguro y, durante varias décadas, las adornadas “hazañas” del “cura de Lanchares” debieron de ser una constante en los relatos junto a una buena lumbre durante las largas noches de invierno.

Entrados en un nuevo siglo, 60 años después del desenlace de aquella guerra civil que preludiaba a las guerras modernas, una nueva confrontación dividiría a la sociedad de Campoo entre azules y rojos. Tras su finalización, con una clara división entre vencedores y vencidos, se instauró una obligada lápida de silencio, que no sólo ahogó las injusticias y tropelías cometidas, sino que contribuyó a propiciar el olvido de pasados conflictos.

"Catedral de la truchas". Pantano del Ebro. Fotografía
del autor
Poco elevaron sus voces los sufridos campurrianos, cuando en 1948, comenzó el llenado del gran Pantano del Ebro. La “orden venía de arriba” y nada se pudo hacer. Con ello desapareció la Rasa de Campoo, los meandros, pequeñas poblaciones junto a grandes extensiones de pastos y cereal, así como las fábricas de una incipiente industrialización. Las promesas para aquellos que perdieron hacienda u hogar, o para aquellos que, piedra a piedra, desmontaron las suyas para trasladarlas a zonas seguras, quedaron incumplidas: el puente destinado a conectar Campoo y las Merindades burgalesas se derrumbó antes de ser inaugurado; tampoco se instauró el prometido servicio de barcas entre los pueblos de las orillas, las indemnizaciones fueron escasas y muchos dejaron a sus antepasados en cementerios que quedaron bajo las aguas. Ni tan siquiera el ramal de FEVE, que debería haber entrado en Reinosa, se construyó. Eso sí, las hermosas truchas del Ebro consiguieron tener su propia “catedral” y Campoo su propio microclima.

Muchos de los paisajes que enmarcaron las correrías del cura quedaron bajo el agua; y si bien, el pueblo de Lanchares perdió gran parte de sus terrenos, salvó sus edificaciones y la iglesia en la que el guerrillero había servido como eclesiástico. Para entonces, Pedro Argüeso, "el cura de Lanchares" ya únicamente quedaba en la memoria de sus descendientes, como la de su sobrina “Toñica”, que atesoró hasta finales de 1950 “los libros y recuerdos de su tío como reliquias”.

Fue precisamente otro familiar, José Ramón Diez Gutiérrez, hijo de una nieta de Agustina Argüeso, hermanas de Pedro, el que con sus aportes y registros familiares nos ha permitido reconstruir algunos retazos de la vieja Cantabria y conocer la figura de un olvidado guerrillero carlista.

Agradecimientos: A Jose Ramón Diez Gutiérrez por permitirme el acceso a sus archivos familiares. A Luis Angel Moreno del museo de Etnográfico "El Pajar" de Proaño y a Rafael Palacio por sus aportaciones.