viernes, 28 de noviembre de 2014

Emilio Valenciano: Asturianos por Don Carlos

La primera vez que encontré el nombre de Emilio Valenciano fue en una entrevista novelizada de su vida escrita por Jose Ignacio Gracia Noriega en su serie de “Entrevistas en la Historia”. En sus páginas se desgranaba una biografía que incluía pasajes notablemente anecdóticos: el levantamiento de partidas carlistas en Asturias, su presencia en las Batallas de Somorrostro, el exilió, su vida en Filipinas,... 

Emilio Valenciano.
Tomado de "Historia Fotográfica de la
última Guerra Carlista"
Durante bastante tiempo dejé este relato aparcado hasta que llegó a mis manos el libro “Historia fotográfica de la última Guerra Carlista (1872-76)” del recientemente fallecido Juan Pardo San Gil y Juantxo Egaña. En sus páginas había una fotografía que tenía el siguiente epígrafe: “Emilio Valenciano, oficial del 1º Batallón de Álava”. Me vino entonces a la memoria que en algún lugar del disco duro del ordenador tenía algo sobre él. Retomé la lectura de aquel escrito y comencé con la búsqueda de más información. Si el relato de su vida ya me parecía “novelesco”, me sorprendió todavía más conocer los hechos que desembocaron en su muerte. Pero… no adelantemos acontecimientos. 

Le he dado vuelta a la web pero he sido incapaz de volver a localizar el link original de “Entrevistas en la Historia: Emilio Valenciano y la fuerza de la tradición” de Jose Ignacio Gracia Noriega. Estoy seguro que el autor se documentó notablemente para realizar su escrito, de hecho hay una biografía del personaje; si bien, no he tenido acceso a ella: "Por mi causa y por mi Hogar. Memorias inéditas del Comandante de los Ejércitos de Carlos VII, D. Emilio Valenciano y Díaz"; así que tomaremos como referencia los datos que aporta Gracia Noriega.

Emilio Valenciano Diaz nace en Olloniego (Asturias) el 15 de enero 1851 en el seno de una familia tradicionalista. Con 6 años es enviado a casa de su abuelo materno, Antonio Díaz, escribano y notario, para cursar estudios primarios y más tarde el Bachillerato en el Instituto, de 1860 a 1865. Seguidamente ingresa en la Universidad de Oviedo, licenciándose en Derecho en 1870. Permanece en esa ciudad trabajando en “asuntos legales” hasta el 24 de abril de 1872 cuando decide incorporarse a la "partida de Viguri".  


Ruperto Viguri.
Tomado de "Historia Fotográfica de la
última Guerra Carlista"


Ruperto Carlos Luis Viguri Yragorri había nacido en 1829 en Vitoria, en el seno de una familia acomodada de origen bizkaiano. Cursó estudios superiores, llegando a la catedra de Geografía e História en 1862 y ejerciendo en el Real Seminario de Bergara (Gipuzkoa). Los archivos parroquiales indican que se casó en Oñati en 1847 con Micaela Zavala Berriozabal de Elorrio, integrante también de una “buena” familia que hasta 1847 había mantenido el vínculo y mayorazgo. En 1851 nace su primera hija que morirá a los pocos meses y en 1852 nace su hijo Esteban. Ruperto era aficionado al teatro y a la escritura, encontrándose en su archivo familiar (actualmente localizados en los fondos documentales del Archivo de Asturias), además de informes relacionados con la economía y control de su patrimonio, papeles de personajes de varias comedias y sainetes representados en Oñate por la “Sociedad Filarmónica Oñatiense” en 1840, anotaciones literarias y el manuscrito de la novela titulada “Dulce Venganza”. En el curso académico 1864-1865 se traslada junto a su familia en comisión de servicios al Instituto Provincial de Oviedo donde ejercerá como catedrático y secretario. En 1872, y aunque posiblemente no contaba con excesivos conocimientos militares, se puso a la cabeza de un grupo de 24 hombres, donde, entre otros, se encontraban: su propio hijo, Emilio Valenciano, Cayetano Diaz Agüeria, Nicolas Rivero Muñiz (futuro director del “Diario de la Marina” de La Habana y futuro Conde de Rivero), Nicolas Viejo,… .
Sin embargo el levantamiento no enciende demasiados fuegos en la provincia  y la partida se "echa al monte" emprendiendo una solitaria marcha por la geografía asturiana.

Itinerario de la partida de Ruperto Viguri
 por tierras de Asturias en abril de1872
El 24 de abril, bajo un tiempo desapacible, Emilio y su compañero Cayetano Diaz salieron de Oviedo para reunirse en el cercano pueblo de Latores con Viguri, donde se les suministró un exigüo armamento. Avanzando ya en la noche llegan a la población de Las Caldas y a Proaza al amanecer. Allí descansaron y siguieron marcha hasta Teverga, donde se incorporaron nuevos efectivos. 

El tiempo no mejora, y saliendo de esta población les llega la noticia de saberse perseguidos por las autoridades. En un intento de escapar deciden ir hacia el Norte, y bajo un tiempo inclemente, llegan hasta la aldea de Bandujo. De nuevo jugando al despiste bajan hasta Bárzana de Quirós, y de allí, a Villamarcel donde hacen noche. La lluvia ha dado paso a la nieve en las alturas, y para evitar a los carabineros y guardia civil, deciden continuar por los montes hasta Torrestío ya en la provincia de León. Allí les dan caza y estando cansados, con algunos enfermos y hambrientos, optan por rendirse. La partida de Viguri ha estado menos de una semana marchando y contramarchando. Ya bajo arresto son llevados a Telledo y de allí a la cárcel de Pola de Lena, donde permanecerán un par de días, para seguidamente ser trasladados de vuelta a Oviedo. 

Partida de Ruperto Viguri tras su apresamiento.
Tomada de "Historia Fotográfica de la última Guerra Carlista"
Permanecen en la capital hasta noviembre, siendo embarcados con destino a las Canarias. Allí reciben finalmente su rigurosa sentencia: 10 años de prisión en Cuba. Para evitarlo, Emilio y otros compañeros se evaden en un vapor que tras hacer escala en Gibraltar llega Marsella un 29 de junio de 1873, no tardando en pasar de nuevo la frontera para reincorporarse a los ejércitos del Norte. 

Por mediación del también asturiano Guillermo Estrada Villverde, Emilio es recibido por Don Carlos y con el grado de alférez es destinado a la 3º Compañía del 1º Batallón de Álava, donde coincide con su jefe de partida: Ruperto Viguri.

De nuevo a las ordenes de Viguri comienza verdaderamente la guerra para Emilio. Participa en la Batalla de Montejurra, siendo condecorado. En enero de 1874 es ascendido a teniente, marchando al intento de tomar Santader. En marzo se encuentra en la línea de Somorrostro en la batalla de San Pedro de Abanto, donde muere uno de sus amigos: Cayetano Diaz, del pueblo de Ceceda. Tras la batalla de Abarzuza es destinado de nuevo Asturias con el objetivo de levantar en armas la provincia. Allí se incorpora a las móviles, insistentes y resilentes partidas asturianas, colaborando con  Melchor Valdes Hevia y Prospero Tuñon. Pero con el aumento de la presión sobre el territorio carlista en el Norte , es requerida su presencia de nuevo en el territorio vasco, donde defiende la denominada Línea de Balmaseda, como oficial de un batallón alavés. En diciembre de 1875 es ascendido a capitán y en febrero de 1876, ya con el grado de comandante, atraviesa la frontera con los restos del ejército derrotado.

No permanecerá en Francia demasiado tiempo, si bien, llegó a conocer a Julio Verne e incluso le acompañó en un vuelo en globo. En 1877 regresa a España, acogiéndose  a la amnistía, y se establece en Madrid como abogado. Tres años después, en 1880, viaja a Filipinas a la ciudad de Iloílo, donde un pariente tenía un despacho de abogados. Allí permanecerá 18 años, siendo fiscal, alcalde y capitán de las milicias locales.

Con la perdida de la colonia en 1898, Emilio vuelve a España con su mujer y dos hijas. Tiene 47 años y mantiene bien presente su pasado carlista. Según se narra en el libro "Homenaje a Juan Uría Ríu", con el comienzo de la denominada “crisis del 98” hay sectores del carlismo que consideran que es un buen momento para volver a organizar una revuelta armada contra monarquía de la regente Maria Cristina. En Asturias, el vehículo propagandístico de esta corriente será “El Fusil”; un semanario que apareció clandestinamente en Oviedo en 1899 elaborado, según parece, por Emilio y otros conocidos carlistas. Detenidos por conspiración, ingresan por breve tiempo en prisión.

Manteniendo su actividad como abogado y ya inmerso en las luchas internas del carlismo, Emilio toma partido por la rama denominada “tradicionalista” en contraposición del “integrismo”. Dado que ambas corrientes cuentam con sus propios medios de comunicación, Emilio, como director de “Las Libertades”, no duda en mantener encendidas polémicas desde las columnas de su diario, con sus "primos hermanos" integristas.

En 1924, don Jaime le nombra jefe de los carlistas (tradicionalista) de Asturias.

Emilio Valenciano.
http://robustianohevia.blogspot.com.es/
En 1934, ya convertido en un venerable anciano, vive en su pueblo natal, Olloniego, junto a su mujer, Fortunata Garcia, y una de sus hijas, Pepita.

Sin embargo, esta última etapa de su vida tampoco va a ser calmada. La convulsión política del momento es cada vez más pronunciada, y la vorágine de acontecimientos hace tambalear los cimientos de la II República. Las tendencias políticas en Asturias divergen cada vez más, creando un abismo insalvable entre derechas e izquierdas. El 5 de Octubre estalla una huelga general revolucionaria que se hace con el control de prácticamente la totalidad del territorio asturiano. Durante 15 días los revolucionarios consiguen establecer un régimen de corte comunista, y a pesar de los esfuerzos del “Comité Revolucionario provincial de Asturias” por mantener el orden, la violencia anticlerical hace acto de presencia. La brecha existente entre las políticas sociales que promulga la clase obrera y la iglesia son insalvables; y el antagonismo y el resquemor labrado durante años, desemboca en uno de los episodios más negros de la II Republica, con persecución y asesinatos indiscriminados.

Indudablemente Emilio es una  figura destacada del pensamiento tradicionalista, con un notable peso específico en materia política y  social, que le hace ser "blanco" de los revolucionarios.

Según relata el  Jose María Vallejo en el periódico tradicionalista “Siglo futuro” en la edición de 30 de octubre 1934:

“Era el día 5, y como a las cuatro y media de la madrugada empezaron a oír unas fuertes detonaciones y un ruido confuso como de infernal algarabía; era la turba que se acercaba a la casa y disparaba contra ella bombas de mano y metralla de fusilería. A pesar de los requerimientos para que franquearan la puerta, no se hizo, y fuera quedaron, sin entrar tampoco en el jardín, cuya cancela estaba cerrada. Era muy recio el ataque y se hacía indispensable poner término a aquella situación angustiosa. En la casa se encontraban el anciano matrimonio, su hija Pepita y la señorita María Hevia, que pasaba con ellos una temporada.

A las doce del día la señorita Hevia salió a la puerta a parlamentar con los asaltantes. Estos le manifestaron que respetarían las vidas y que lo que querían era registrar la casa a ver si había armas. Penetraron, se dieron a un minucioso registro y, como nada de particular encontraron, fuéronse. Se podía respirar. Marchó la familia a buscar lugar más seguro que el de la propia casa, blanco tan predilecto de los revolucionarios.

Sábado día 6. Se imponía recoger algunas cosas necesarias que en la huida dejaron abandonadas, y entonces la familia, siempre reunida, volvió a su casa. Nueva visita. Dos hombres, uno de ellos llamado Manuel Villar, se presentaron, diciendo;

—Tenemos orden del Comité (jefe de este Comité era Robustiano Hevia, barbero y presidente de una sociedad llamada «Emancipación clasista») de que vaya usted al cuartel—dijeron a don Emilio,
-Bueno, pues ya iré—respondió.
—No, no; es que tenemos que llevarle nosotros—contestaron.

Nada valieron las angustias y súplicas de la familia; allá fué conducido al cuartel de la Guardia civil, convertido ya en prisión. Allí estaba, entre otros, el señor cura párroco, que contaba setenta y un años, y al que tenían incomunicado.

Durante el cautiverio, la familia le llevaba la comida, permitiéndoseles sólo llegar hasta la puerta y siendo cuidadosamente registradas las cestas y hasta los alimentos mismos, siempre en busca de armas, a las que, por lo visto, tanto temían. No permitieron que se le llevara colchón. Días después volvieron a la casa los revolucionarlos, y esta vez con el doloso propósito de querer encontrar un bando contrarrevolucionario que nunca existió, y el sable que el veterano usara en la guerra carlista.

A las veces podía el detenido entregar a la familia, al propio tiempo que recibía la comida unas hojillas de almanaque en cuyos huecos blancos escribía sus pensamientos, sus deseos, sus recomendaciones; algo así como el testamento de última voluntad de un sentenciado a muerte por ser cristiano caballero. En la correspondiente al día 1 de octubre, Santo Angel Custidio de España fecha anterior a la de su detención, pero que no encontró antes otra mano que la arrancara, entre otras cosas escribía, a los suyos:

«No os aflijáis. Muero muy tranquilo porque es por haber cumplido con mi deber. Rogad a Dios por mí, pues tengo la seguridad de que moriré asesinado. Un fuerte abrazo a todos; ya sabéis que soy viejo y no había de vivir mucho tiempo. Adiós. Emilio.»

Efectivamente, el día 10, por la noche, juntamente con el venerable y anciano cura don Joaquin del Valle les sacaron del cuartel. Fueron llevados al cementerio, y allí unas descargas pusieron fin a aquellas vidas”.

La viuda y la hija se trasladaron a Donosti donde se encontraba viviendo su otra hija, Marina. En breve comenzará la Guerra Civil.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Amigos Enfrentados: Barandica y Rodriguez Vera

El relato de los acontecimientos de la Guerra Carlista está saturado de referencias a hermanos, familiares o amigos que enfrentados por convicción, por deber o por simple azar se armaron, no dudando en dispararse y acometerse a la bayoneta.

En esta entrada al blog nos centraremos en estas anécdotas, pequeños detalles de microhistoria llenos de humanidad que se repetirán con diferentes nombres y apellidos. La Guerra Carlista nunca fue una guerra romántica.



Firma de Manuel Barandica Abaro_Echeverria.
Tomado de: "Diccionario Biográfico de los Diputados
Generales, Burocratas y Patricios de Bizkaia"
A lo largo del siglo XIX la familia Barandica Mendieta se labró un notable porvenir dentro de la política y la pujante industria de Bizkaia.  El padre, Manuel Barandica Abaro-Echeverria (Amorebieta 1793 – Bilbao 1855), fue escribano y político de claras tendencias liberales. Casado con Casilda Mendieta Zarate (Amorebieta 1803 – Bilbao 1878), primeramente se establecieron en Amorebieta donde fue secretario del ayuntamiento y de allí pasó a Bilbao, desempeñando distintos cargos: secretario de policía, secretario de Gobierno y de Justicia de la Diputación y traductor de las actas de Juntas Generales.

Los archivos parroquiales nos indican que tuvieron 11 hijos, algunos también figuras destacadas de la clase bizkaina, que incrementaron de forma notable el patrimonio familiar:



Manuel Barandica Mendieta
Enciclopedia Auñamendi
Manuel Barandica Mendieta (1827 – 1899) fue el hijo primogénito. En 1851 obtuvo el título de Licenciado en Jurisprudencia, siendo regidor en la Diputación Bizkaina entre 1852 y 1854, para posteriormente dedicarse a a la actividad financiera como director del Banco de Bilbao desde 1864 hasta 1895.

Torcuato Barandica Mendieta (1841 – 1899) fue el 5º hijo varón de la pareja. Estudió la especialidad de ingeniería de Minas en Lieja (Francia), y posteriormente ocupó importantes cargos dentro de la industria bizkaina.


Por su parte Vicente Barandica Mendieta, fue el 3º hijo varón, naciendo en 1836, cuando la pareja ya estaba viviendo en Bilbao. En una familia de políticos, ingenieros y abogados, Vicente prefirió la vida castrense, estableciéndose en Madrid. No han sido mucho los datos que he podido encontrar en relación con su evolución en el ejército, pero fue allí donde se encontró con Francisco Rodriguez Vera (Orihuela 1838 – Hellin 1913), del que ya hemos hablado en la entrada de la Bandera del 6º de Guipuzcóa.


La carrera militar de ambos debió ser muy similar compartiendo destinos en las colonias. En 1862 lucharon en la campaña de Santo Domingo ya con el grado de capitán de artillería. Pocos años después retornaron a la Península. Vera fue asignado al 4º Regimiento Montado de Artillería, mientras que Barandica militó en el 3º, ambos en Madrid. Para entonces ya sabemos que eran íntimos amigos, según indicó un veterano carlista, Roque Alday, al Padre Apalategui:


“Barandica era un bilbaíno, íntimo amigo de Rodriguez Vera”, 


y en boca del propio Rodriguez Vera, Roque pone estas palabras:


“- (Barandica y yo) Siempre hemos andado juntos”.


Con la llegada de la década de los 70, los caminos de ambos amigos comienzan a separarse. Vicente se casará con Alejandra-Elvira Ampuero Moragas. Su amigo, Rodriguez Vera, parece que no tuvo tanta fortuna en cuestión del corazón. En su biografía se describe que en reiteradas ocasiones apuntó el deseo de casarse, algo que no llegó a realizar. En 1871, Rodriguez Vera decide dejar el ejército y al poco marcha a Francia con la firme decisión de entrar en un convento. Según lo que el propio Rodriguez Vera contó a Roque Alday:


“- El día que se casó Barandica entre yo en el convento”. 


Pero “Las Españas” viven momentos convulsos. Con la proclamación de la República, y el comienzo de la guerra carlista, Rodriguez Vera deja los hábitos y vuelve a la Península. Sin embargo, toman bandos diferentes: Rodriguez  se incorporará a las huestes carlistas, mientras que Barandica permanecerá en las filas republicanas. Posiblemente las tendencias políticas familiares pesaron mucho sobre sus decisiones.


Ambos son destinados al frente “Norte”. Barandica deja en Madrid a su mujer y a sus dos hijos de corta edad: Manuel (Madrid 1872 – 1948) y Elvira (Madrid 1873 – 1943). Por su parte Vera queda bajo las órdenes de Lizarraga, pero pronto es destinado a la sección de artillería. En esta situación de guerra declarada se anota la siguiente anécdota contada por el veterano carlista Roque Alday:


“Estando en Asteasu […] se nos pasaron 4 artilleros liberales con sus respectivos machos.

-¿Quién manda vuestra batería? -les preguntó Rodríguez Vera.
-El capitán Barandica -respondieron. […]
Tuvo (Rodriguez Vera) la humorada de extender una orden mandando se diera de baja a los soldados por haberse pasado a los carlistas y remitió la orden a Barandica”.

Indudablemente el aprecio y simpatía que se tenían debía de ser fuerte, siendo capaces de mantener en aquellos momentos tan sombríos, los detalles de humor que engalanan toda amistad.


Finalmente fue en el frente de Somorrostro, en marzo de 1874, cuando ambos amigos se encontraron. Vera al mando de una exigua fuerza de cañones, la Sección de Montaña de Guipúzcoa y Barandica, como teniente coronel capitán de 2º Regimiento de Artillería de Montaña.



Asalto a Putxeta. Álbum Siglo XIX
El día 27 de marzo, la batalla de San Pedro de Abanto se encuentra en su apogeo. Las tropas liberales se empeñan, una y otra vez, en romper al asalto el centro del campo fortificado carlista. La lucha se torna especialmente cruenta en los alrededores de la iglesia de San pedro de Abanto, convertido en un fuerte reducto. Los oficiales liberales no dudan en hacer avanzar su artillería para posicionarla en zonas cercanas a la línea de fuego y poder batir las trincheras carlistas. Los parapetos para estas piezas tienen que ser construidos bajo una recia lluvia de balas. Barandica se encontraba en una de esas improvisadas fortificaciones, en pleno asalto a los caseríos de Murrietas, cuando según relato del periódico “El Imparcial” y “La Discusión”, una bala de fusil le atravesó el pecho, cayendo mortalmente herido.

“ […] Una bala de fusil atraviesa el pecho del valiente capitán hallándose éste en la batería situada a espalda y a unos 200 metros de Las Carreras. En aquel momento se habían agotado las hilas y los vendajes que el médico tenía en el reducto. Para traerlas de Las Carreras era necesario atravesar al descubierto esos 200 metros, por donde caía copiosa lluvia de balas. Un artillero, sin consultar otro sentimiento que el afecto profundo a su capitán, sale de la batería y desciende rápidamente la cuesta hasta Las Carreras, adonde llegó ileso. Una vez en su poder las hilas y vendajes emprende la vuelta sin detenerse un paso; pero al llegar a mitad del camino y junto a un pozo o balsa donde se saca agua para las caballerías, vé caer a su lado una granada con espoleta, de las pocas que consiguió hacer llegar hasta esa distancia el cañón carlista de San Pedro. El heroico artillero, rápido como el pensamiento, deja en el suelo las hilas, coge con ambas manos la granada, la arroja al pozo, y después de recobrar las hilas continúa su ascensión a través de una nube de plomo, llegando a la batería a tiempo de que, con los medios por él llevados a tanto riesgo, se contuviera la hemorragia del herido”.


Este hombre se llamaba Tomas Bornes, manchego de la 3º compañía del regimiento de montaña. Parece que gracias a la asistencia de este soldado, se le aplicaron las primeras curas a Barandica, pudiendo ser retirado del frente y trasportado hasta Castro Urdiales. La lucha había producido tantos heridos que resulta imposible darles acomodo y trasporte a todos. En el diario “La Época” aparece la siguiente reseña:


 “Me ha afectado profundamente, dice el corresponsal, ver esta mañana tendidos en dos carretas al coronel señor Moltó y al capitán de artillería Sr. Barandica, heridos ayer. Ofrecí a este último un lecho de los que hemos preparado en el Carmen para Jefes y oficiales; pero con una exquisita delicadeza el joven artillero prefirió dejar para otro ese lecho, yendo a buscar el de una casa particular donde pueda costearse los gastos de su curación”.


Pocos días después Vicente Barandica muere de las heridas sufridas.



Diario "La Época" 11 de abril de 1874
Según consta en los escritos de Apalategui, cuando Rodriguez Vera se enteró de la muerte de su amigo exclamó:

“-Pues ahora tendré que morir yo”.


Vicente será enterrado en Castro Urdiales, localizándose su todavía cuidada tumba en el cementerio de La Ballena: 



Lápida de Vicente Barandica Mendieta.
Cortesía de Ramon Sevillano
“Vicente Barandica y Mendieta Coronel teniente Capitán del 2º regimiento de artillería de montaña. Falleció en Castro Urdiales el 2 de abril de 1874 a consecuencia de las heridas recibidas en las baterías avanzadas el 27 de marzo del mismo año”.

Su mujer se volvió a casar en segundas nupcias, muriendo en 1914. Su hijo, Manuel Barandica Ampuero ingeniero de minas y geógrafo, se convirtió en un reputado intelectual que escribió numerosos trabajos científicos. Su hija, Elvira, fue una notable historiadora y condesa de Cerragería por matrimonio.


De las vicisitudes de su camarada Rodriguez Vera ya hemos comentado algo en la entrada de la bandera del 6º de Guipúzcoa.


Por último, resulta también anecdótico que su hermano mayor, Manuel, el político financiero liberal de la familia, dos años después de enterrar a su hermano y habiendo sido elegido diputado a Cortes, defendiera en Madrid las instituciones vascas. En su discurso ante la cámara del 18 de julio de 1876, exponía que el proyecto de abolición foral lo veía como una ley de castigo tras la contienda carlista y anteponía los servicios prestados por estas provincias. Concluía su alocución con el ofrecimiento de lealtad, de servicio a la nación española dentro del marco del sistema foral:


" […] Pedidnos, cuando necesitéis para la defensa de la independencia nacional y de la libertad de la Patria, toda nuestra hacienda y toda nuestra sangre, que no escatimaremos ni una sola gota ; pero no nos arranquéis nuestro árbol santo de Guernica, el roble venerado que tantos siglos ha cobijado con su sombra las Asambleas populares de mi país ; no nos arrebatéis nuestras libertades vascongadas a nombre de la libertad de la Patria ; no nos arranquéis nuestro modo de ser, con el cual estamos connaturalizados, y dentro del cual podemos ser españoles leales, como hemos sido siempre".


Los fueros fueron finalmente abolidos. El germen del nacionalismo vasco comenzaba a prender.


lunes, 20 de octubre de 2014

Ingeniería Militar: “La Trinchera Carlista”

Entrada Actualizada: 25/08/2021
La trinchera ha sido una estructura bélica ampliamente utilizada en todos los conflictos. Sencillas en su construcción y notablemente eficaces, en un principio se desarrollaron para dificultar y ralentizar el ataque enemigo, quedando el soldado protegido tras ellas por muros, empalizadas y parapetos. De hecho, será necesario llegar a un estado avanzado del siglo XIX, con el advenimiento de los fusiles rayados, cuando los militares se den cuenta del grave error que supone agruparse en apretadas filas, cuando se tiene que hacer frente a fuerzas “atrincheras” dotadas de fusilería “moderna”.
A finales del XIX se había producido una rápida evolución armamentística, que había dejado obsoletas todas las tácticas militares utilizadas hasta el momento. Las “grandes potencias” no dudaban en enviar observadores a las zonas en conflicto con un claro objetivo: comprobar sobre el terreno cómo funcionaban los nuevos adelantos bélicos. De hecho todos los ejércitos “modernos” de finales del XIX y principios del XX mostraron su propia evolución en relación con la ingeniería militar y los elementos de fortificación; apostando fuertemente por los “campos atrincherados”, que llegarían a su máxima expresión durante la I Guerra Mundial.
Se puede afirmar que la última Guerra Carlista sirvió como banco de pruebas para el desarrollo de la “trinchera moderna”, con óptimos resultados, especialmente para el campo carlista. Ya hemos comentado que se trata de “guerra moderna”, con una amplia presencia de fusiles y artillería de retrocarga. Sin embargo, el ejército carlista, en comparación con el liberal, exhibía algunas desventajas logísticas: dificultades para armar a sus hombres de forma homogénea, una fuerza de artillería eficaz, pero escasa en número, y por último, una notable carestía y problemática para reponer el elevado consumo de municiones que acarreaba el utilizar fusiles de retrocarga y cartucho metálico. De hecho, al soldado carlista se le aleccionaba para economizar sus municiones, tomando el ataque a la bayoneta como un principio y no como un último recurso. Como ejemplo:
“Orden general del 19 de Febrero de 1874, en San Salvador del Valle.—Estando atrincheradas todas nuestras fuerzas que ocupan la primera línea de nuestras posiciones, prohíbo absolutamente, y los jefes de los cuerpos serán responsables, que se rompa el fuego á más distancia que á cien metros, y esto en el caso de que el enemigo se presente en el orden cerrado, pues haciéndolo en el abierto ó de guerrillas debe despreciarse, aunque la distancia sea de veinte pasos; porque mucho más nos hemos de hacer respetar conservando nuestras municiones que consumiéndolas inútilmente, y en último caso, haremos uso de las bayonetas para rechazarlos y obtener una victoria que de seguro ha de conducir á nuestro Soberano al solio de sus mayores.—Los jefes leerán esta orden general á sus respectivos batallones. El Comandante General interino Nicolas Ollo”.

Pedro Ruiz Dana
Posiblemente el mejor resumen de datos referentes a la evolución de las fortificaciones carlistas la encontramos en las publicaciones que el militar Pedro Ruiz Dana realizó tras la finalización de la guerra. En su libro “Estudio de la Guerra Civil” presenta un repaso de la evolución de los trabajos de defensa emprendidos por el ejército carlista, teniendo en cuenta la supremacía artillera de las tropas gubernamentales. Dana establece que, si bien desde prácticamente el principio de la guerra el ejército carlista no funcionaba en masas compactas, lo que dificultaba la acción de la artillería, las defensas fueron siendo mejoradas a medida que transcurría la contienda: “[…] en Montejurra, el 7 de Noviembre, ya combatieron (los carlistas) en orden disperso, siempre en la defensiva táctica, y sus masas aprovechando los pliegues del terreno á cubierto de los fuegos de nuestra artillería. En este combate por primera vez habían construido algunos atrincheramientos en la falda de Montejurra y Monjardin, valiéndose de setos y vallados que separan las heredades y formando en ellas parapetos ordinarios con tierra y piedra. Como tenían bastante relieve presentaban blanco á nuestra artillería, que les causó gran destrozo. […]”

Al respecto, un veterano carlista, Jose Antonio Ysac Arteaga Ybarburu (Donostia 1853 – 1934) comentaba sobre sus primeras fortificaciones: “Las trincheras eran de tepes. Con poca profundidad dentro. Las granadas de cañón las agujereaban y traspasaban. Teníamos que estar acurrucados”No tenía que ser nada fácil para los soldados soportar un desgaste artillero en semejante condiciones; lo que obligó al Cuerpo de Ingenieros carlista a trabajar en el plano de la mejora defensiva. 

Continuamos con la información recogida por Ruiz Dana: “Comprendiendo que los efectos de nuestra artillería habían de serles fatales, con el fin de inutilizarlos y ponerse á cubierto dé sus fuegos dedicaron toda su atención á perfeccionar las trincheras y obras de campaña. Las condiciones especiales de sus tropas , poco aguerridas y consistentes (tal vez sería más preciso hablar de tropas con poca artillería y escasas municiones), les hacía por necesidad adoptar aquel género de combate; y nosotros, sin estudiar detenidamente el efecto de la nuevas armas de fuego, seguíamos creyendo que en la ofensiva táctica y en el ataque á la bayoneta estribaba, como en otro tiempos, el éxito del combate y daba la victoria.”

Los mandos de ambos ejércitos provenían de las mismas escuelas militares, se conocían, en muchos casos eran incluso amigos, así que presentaban idénticas y desfasadas tácticas militares: “ofensiva táctica y ataque a la bayoneta”. Pero mientras el ejército carlista, por pura necesidad de supervivencia, se vio en la obligación de actuar en la mayoría de las situaciones a la “defensiva”, el ejército gubernamental siguió enviando a sus hombres al asalto directo. El propio Ruiz Dana lo reconoce en sus escritos: “Los crueles escarmientos no eran bastantes para hacer desistir de tan errado proceder y modificarlo convenientemente. En Diciembre del mismo año, en él combate de Velabieta, los enemigos, siempre por necesidad en la defensiva, han mejorado ya sus atrincheramientos; construyen una zanja, pero no para que sirva de foso, sino para ocultar en ella á los defensores' con la tierra forman delante un pequeño parapeto. La zanja es bastante ancha, un metro y medio, y el parapeto presenta un blanco á nuestra artillería que les hace gran daño. Sitian Bilbao, y para oponerse al ejército, que desde Santander acude á su socorro, llenan de trincheras todo el valle de Somorrostro, de la misma anchura que las de Velabieta, pero ya no zanja, sino que le forman con tepes de muy pequeña altura para que presente el menor relieve posible, y por lo tanto el menor blanco á la artillería. […] los atrincheramientos son líneas continuas enlazadas por reductos […]. Desde los combates del mes de Febrero á los de Marzo (los carlistas) no habían descansado ni un momento en la construcción de nuevas trincheras, y aún seguían haciéndolas después de los del segundo de aquellos meses, pero con importantes modificaciones. La zanja era más profunda, lo necesario para cubrir á un hombre; con la tierra extraída no formaban parapeto ninguno, sino que, al contrario, la esparcían; de este modo, aleccionados por la experiencia, hacían ineficaces los fuegos y los efectos de nuestra artillería; no solo no presentaban estas trincheras blanco alguno, sino que se ignoraba su existencia, hasta que el día de combate nos sorprendía el fuego que hacían desde ellas. Era tal su número que no era posible que las tropas marchasen al asalto sin que sintiesen los terribles efectos de los fuegos de ambos flancos y algunas veces los de retaguardia. […].

Hemos llegado a una fase crucial, aparece el primer “campo atrincherado moderno” de la guerra carlista. En los campos de Somorrostro, entre febrero y abril de 1874, uno de los ingenieros carlistas, José Garín, acuciado por la necesidad de proteger un frente de batalla extenso en longitud, con escasas tropas y poca artillería, desarrolla un tipo de trincheras que serán observados con notable interés por militares, tanto nacionales como internacionales. El padre Apalategui recogió el siguiente comentario de boca de un veterano: “Gracias a Garín se debió principalmente la excelente orientación del atrincheramiento de Somorrostro. Me contaba (Marcelino) Saleta (militar del ejército gubernamental)-Cuando en marcha desde Castro Urdiales desembocamos ante el campo atrincherado de Somorrostro y contemplamos aquellas trincheras, que no había manera de enfilarlas, nos preguntábamos todos: «Pero ¿Quién ha dirigido la construcción de esas trincheras?». «Pepe Garín» se nos contestó”.

José Garín Vargas
José (Pepe) Garín Vargas Zúñiga (Manila 1841 – Madrid 1907) pertenecía a una familia aristocrática sevillana. Su padre, Vicente Garín González, era brigadier del ejército y su madre, María del Carmen Vargas Zúñiga y Federighi, hermana de la Condesa de Oliva, María del Amparo de Vargas Zúñiga y Federighi.

Comenzó estudios de seminarista pasando a la ingeniería militar en Guadalajara. Cuando terminó la carrera quedó como profesor en la misma Academia. Para 1866 ya tenía el grado de capitán de ingenieros. Respecto a su carácter y convicciones religiosas su hija contaba: Era muy aficionado al teatro; pero como hubiese alguna escena inconveniente, no tenía el menor reparo en levantarse de la butaca y salirse del teatro en medio del abucheo general. Por no sé qué caso, fue desafiado. Garín se negó a batirse, alegando la prohibición de la Iglesia. Por entonces no se toleraba entre militares el no aceptar un desafío y se le hizo el vacío, y aun se creyó llegado el caso de arrojarle del Cuerpo (de Ingenieros). Garín por nada se intimidó”.

Durante la sublevación de 1866 del cuartel de artillería de San Gil contra la reina Isabel II en Madrid, Garín se ofreció para tomar al asalto una de las barricadas que los golpistas habían colocado:“Había una barricada en la (Calle) Preciados, entrada a la Puerta del Sol. Se ofreció Garin a asaltarla. Se le dieron dos compañías y él marchó a su cabeza por la Calle de Leganitos, teniendo la suerte de entrar dentro de la barricada. Aquel día se acabó el pleito del desafío”.

A los 28 años ya tenía el grado de comandante. Pero con la revolución de 1868, y tras el derrocamiento de Isabel II, la familia presionó para que no sirviese a los intereses del nuevo gobierno, por lo que se retiró del servicio militar durante el mandato de Prim, para seguidamente pasarse al campo carlista. Tras el alzamiento carlista sus bienes fueron confiscados. Durante la guerra formó parte destacable del Cuerpo de Ingenieros, aportando sus conocimientos no solo en el campo militar, sino también como profesor en la Academia de Ingenieros que los carlistas habían instaurado en Bergara.

Se casó con una joven estellesa: Jacoba Modet Ibargoitia (†1899). Tras la guerra pasó a Francia donde estuvo varios años exiliado en Burdeos, dando lecciones de matemáticas y castellano, con una exigua paga. Su mujer comentaba: “El único obsequio que recibí de mi marido mientras estuvimos en Burdeos, fue cada domingo un pastel de 10 céntimos”.

La pareja retornó finalmente a Madrid donde continúo dando clases, pero nunca quiso volver a incorporarse al ejército. Allí nacieron 4 hijos: José, Juan (1883 – 1922), Amparo (1889 – 1945) y María.

Soldados en trinchera.
 Fotograma tomada de la película  "Vacas"
Ya anciano veraneó en Zumaia con sus hijos Amparo y José. Este último comentaba: “A mí me es imposible ser carlista, sabiendo, que mientras mi padre, después de sacrificar carrera y hacienda, vivía en Burdeos ganando 2 francos diarios, al mismo tiempo estaba D. Carlos en París, dado a una vida de juergas y francachelas”.

Para finalizar esta biografía un último apunte anecdótico. Su hijo Juan, ingeniero de minas fue unos de los precursores de la espeleología en España, así como un reputado arqueólogo.

El campo atrincherado de Somorrostro no pudo ser tomado al asalto por las tropas gubernamentales, sino que ante el peligro de quedar copados por un acertado movimiento envolvente, los carlistas se vieron en la obligación de abandonar sus trabajadas defensas. 

Continúa Dana Ruiz explicando: “En la batalla de Estella ocurrida en el mes de Junio de 1874; toda la divisoria, de aguas entre el río Ega y su afluente el Iranzu estaba cubierta de trincheras de las adoptadas en Somorrostro; pero aquí no forman ya líneas continuas, sino que sólo tenían 15 á 20 metros de longitud y sus extremos en forma de corchete; todas las alturas, laderas y puntos culminantes los tenían literalmente cubiertos de trincheras; ocupaban y defendían aquellas que les convenía, según por donde marchasen las tropas al asalto; los efectos de la artillería son completamente nulos contra semejantes .defensas; es materialmente imposible poder meter las granadas en una zanja de medio metro de anchura; sus defensores, al verlas caer de cerca, se ocultan en el fondo de la zanja y al estallar el proyectil sus cascos pasan por encima sin ofenderlos; prontamente se incorporan y continúan haciendo fuego. El efecto de la artillería sobre este género de trincheras es tan ineficaz, se ha anulado de tal modo, que una batería de 40 piezas emplazada para batirlas de Montemuro no logró los efectos que se esperaban. […]”.

En similares términos se describía la trinchera carlista en un artículo periodístico que recogió el diario oficial carlista "El Cuartel Real" con fecha del 29 de Octubre de 1874. La noticia hacia referencia a los comentarios de un corresponsal liberal que desplazado al teatro de operaciones del Norte relataba: "Aunque no se hará esperar mucho tiempo, no parece estar próximo el envío del convoy a Pamplona, a cuyo paso es donde las facciones (carlistas) opondrán toda la resistencia que les sea posible. En efecto, como deje dicho, están acumulando en los desfiladeros del Carrascal fuerzas y poniendo cuantos obstáculo y parapetos pueden reunir, no escaseando las trincheras, tal y como ellos las han inventado y no puestas en práctica hasta ahora por ningún ejército. 

Ya no sirven los Krupp, ni lo Armstrong, ni los Plasencia, ni ninguno de los sistemas de cañones conocidos para destruir una trinchera carlista. Es necesario inventar algo más; es preciso inventar un cañón que destruya montes y sierras enteras para batir con la artillería las nuevas defensas de las facciones ¿Cómo, sino hay que batir a un ejército embebido, embutido en la tierra, sin presentar más blanco que dos dedos de frente que sobresalen de la superficie natural del terreno en que se sostiene la batalla? ¿ Qué táctica militar ha previsto el caso? ¿Qué reglas se han dictado para combatir a un ejército que solo se manifiesta por la extensa línea de humo que resulta de sus disparos? Creo que nadie, y por lo tanto a los carlistas solo les corresponde este privilegio. 

Me había chocado ya varias veces oir hablar a nuestros soldados de que nunca ven al enemigo con el que se baten, y yo lo atribuía a que los carlistas se esconden detrás de parapetos de tierra o piedra, que son las trincheras más usuales y conocidas; pero uno, un poco más explicito, y yo algo más preguntón, me dijo que la artillería nada servía para destruir las trincheras carlistas, porque contra una zanja no hay proyectil destructor. En efecto, he preguntado después a muchos jefes y oficiales, y todos me dicen que en el acto del combate, por milagro se ve un carlista. En todas las posiciones que ocupan hacen una extensa zanja en semicírculo (porque, por regla general, los montes que ocupan tienen una figura cuneiforme), como de una vara de ancha, y honda lo suficiente para que solo asume un hombre la cabeza. La tierra extraída la esparcen sin que forme prominencia alguna, y de esta manera el combatiente apoya con toda la comodidad del mundo su fusil en tierra y hace disparos a distro y siniestro, sin presentar más parte vulnerable que los ojos. De esta manera tienen dos o tres órdenes de trincheras y se colocan en ellas, no dando al que los ataca más frente que los proyectiles que les arrojan y la extensa linea de humo que se desprende de sus disparos"

El corresponsal ya elogiaba las características de este sistema defensivo y propio Dana acababará afirmando: "Especial estudio merece esta guerra por la aplicación que puede tener en el porvenir el sistema de trinchera. [...] Los carlistas han desplegado en esta guerra un lujo de atrincheramientos de campaña que merece estudiarse detenidamente; tal es su importancia y tales los efectos que con semejante clase de obra pueden obtenerse".
Alexander Tulloch
¿Y qué pensaban los militares extranjeros de la “trinchera carlista”? Sir Alexander Bruce Tulloch (1838-1920) era oficial de inteligencia militar de Inglaterra. Ingresó en los Royal Scots en 1855, sirviendo en la guerra de Crimea, India, China y Egipto. Posteriormente trabajó en el Departamento de Inteligencia siendo enviado en misiones de observación a Bélgica, Creta y España. Recibió distintas distinciones militares, escribiendo varios libros y artículos sobre cuestiones militares. Pues bien, en su libro “Recollections of forty years service” comentaba lo siguiente respecto a lo que había vivido en la última Guerra Carlista: The men of both armies had had so much experience in field fortification, and more particularly trench construction, that they did not require assistance from engineers in that respect. The trenches, with their covered passages and protection against enfilade fire, were models of what trenches in such a country ought to be,-very different from the amusing little playthings in our service, at that time known as half hour and one-hour shelter – trenches”.

Tulloch mostraba su admiración por el tipo de atrincheramientos generados, tratando de forma jocosa las estructuras que su propio ejército construía en esos momentos. Sin embargo, encontramos otro comentario de la misma procedencia en el libro “Defence and attack” del teniente coronel H. Schaw del Cuerpo de Ingenieros Reales: He (Tulloch) stated that on one occasion, he was present with a Spanish Force attacking some Carlist trenches, a line regiment was in front, when it arrived within a certain distance, the Carlists (a Navarre Battalion) rushed from the trench with levelled bayonets, the line regiment broke and ran, the Carlists killing many of them; behind the line regiment was a battalion of “Cazadores”, who allowed the runaways to pass through their ranks, then closed up and met the Carlists with the bayonet also; a regular hand-to-hand fight of some minutes took place, the Carlists were driven back, and the position was carried. There can be no doubt that had the Carlists continued to fire steadily from their trench, they would not have been driven out of it, and the losses of the assailants would have been far greater”.
Para Tulloch y Schaw era difícilmente compresible que unas tropas que habían trabajado denodadamente en construir un efectivo elemento defensivo, salieran del mismo para proceder a un ataque a la bayoneta. La trinchera “moderna” ya estaba desarrollada, sin embargo, la oficialidad todavía mantenía tácticas del pasado. Estos ejemplos fueron bastante comunes por parte de ambos ejércitos, donde los mandos no dudaban en calificar como poco “honrosa” y carente de gloria el permanecer agazapado en trincheras.
Tras la finalización de la guerra la estructura defensiva carlista fue incorporada a muchos manuales de fortificación.  Son varias las referencias que hemos localizado gracias a la colaboración de Jose Angel Brena Alonso, donde se describe el funcionamiento, construcción y uso de las “trincheras carlistas”. Entre estos tratados de ingeniería militar cabe citar: "Nociones de Fortificación de Campaña" publicado en 1882, de Jose Villalba Riquelme (1856 -1944), “Fortificación de Campaña y Permanente” (1888) de Jose Maria Soroa Fernandez (†1930), “Lecciones de Fortificación” (1898) de Joaquin de la Llave Garcia (1853 – 1915) y en ese mismo año, “Fortificación de Campaña” de Eusebio Torner de la Fuente (1861 -1913).
Según indica el ingeniero militar Joaquin de la Llave Garcia, “el reglamento táctico de 1881 admitió la “trinchera carlista” con el nombre de zanja-trinchera”; si bien también indicaba que “en realidad, su origen es anterior a nuestra guerra civil (carlista), pues fue ya propuesta en Austria hacia 1872 por el coronel de ingenieros Candella; después fue también empleada por los turcos en 1877” .

"Trinchera carlista" según manual de Nociones de
Fortificación de Campaña (1882)
En cualquier caso las descripciones se repiten insistiendo en su carácter de elemento de fortificación de sencilla concepción: una zanja de 1,40 metros de profundidad, sin parapeto, y de 50 á 60 centímetros de anchura, donde las tierras resultantes de la excavación se esparcen, de modo que no puedan ser apreciadas desde lejos. “Los soldados se colocan en una sola fila y apoyan sus fusiles en el terreno natural para hacer fuego; y cuando se ven muy expuestos al de la artillería enemiga, se agachan dentro de la trinchera, que por otra parte se encuentra poco expuesta á los efectos de las granadas y del shrapnel por su poquísima anchura y ningún blanco”. En contrapartida a su manifiesta utilidad, Joaquin de la Llave no dudaba en afirmar: “Este género de trinchera exige un trabajo excesivo para su construcción, por la necesidad de hacer desaparecer las tierras, por la gran profundidad y pequeña anchura de la zanja, que dificulta la ejecución, y por los detalles que necesita”.

Más extensa es la descripción de “trinchera carlista” que realizó el ingeniero militar Eusebio Torner:“En la última guerra carlista emplearon los partidarios del pretendiente unos atrincheramientos, constituidos cuando ya se llegó a hacerlos con toda perfección, como sigue:

Por lo que se refiere al perfil, eran unas trincheras sin parapeto, ó con uno de muy poca altura hecho de hiladas de tepes; de anchura suficiente para circular por ella de frente, ó dejar paso a la espalda arrimándose á uno de los taludes; y de profundidad tal, cuando la naturaleza del terreno lo permitía y no se ponía parapeto que descubriese solo la cabeza, aunque alguna vez fuera mayor, quedando un hombre enteramente oculto.

En los taludes de la excavación, había alternadamente pequeños socavones para poner los pies y salir pronto al exterior, ó para elevarse más sobre el terreno cuando convenía descubrir mejor sus inmediaciones; empleándose también para este objeto piedras colocadas en el fondo. Para hacer fuego el tirador se elevaba sobre el fondo de la trinchera, descubriendo solo la cabeza, o se servía de pequeñas miras ó ranuras, abiertas en el suelo.

Para hacer el trazado se seguían generalmente las curvas de nivel, huyendo de las enfiladas y dominándose y flanqueándose sus diversos trozos, según los accidentes del terreno, cuyos escarpados barrancos y quebradas utilizaban con singular acierto. Al principio eran estas líneas largas; después no formaban ya líneas continuas y sólo tenían 15 á 20 m. de longitud.

Recreación de una trinchera carlista.
Tomado del "Diario de Navarra"
La entrada á las trincheras se hacía generalmente por las extremidades, que estaban en fórmula de corchete y terminaban á la espalda de las posiciones, o en barrancos o vertientes ocultas. Para evitar el que desde lejos fueran visibles, además de esparcir y ocultar la tierra que provenía de la excavación, cubrían alguna vez con ramaje o tepes el corte posterior, cuando por la pendiente del terreno llegaba a descubrirse por alguna parte; de tal manera resultaban ocultos así, que no se descubrían ni con anteojos, pues tomaron también la precaución de no situarlas en líneas que formaran horizonte. Estas defensas no se ocupaban en general hasta que se divisaban tropas, para ellos enemigas, y como todas las alturas, laderas y puntos culminantes los tenían literalmente cubiertos de trincheras, ocupaban y defendían aquellas que les convenía, pero no de un modo cualquiera, sino con arreglo á instrucciones que se dieron á oficiales y soldados, sobre el modo de utilizar sus ventajas. Gran número de baterías ayudaban muchas veces á la defensa de las trincheras, y hay que confesar que unas y otras estaban construidas con inteligencia y perfección.

Efectivamente: ocultas como se hallaban de las vistas, y dada su pequeña anchura, los efectos de la artillería eran completamente nulos por la pequeñísima probabilidad de que caiga un proyectil en una zanja de medio metro de anchura, y porque los proyectiles que caían cerca no causaban bajas en la mayor parte de las ocasiones, por la rapidez y facilidad con que los defensores podían ocultarse, y dejar pasar los cascos por encima. Este efecto era tan pequeño, que una batería de 40 piezas, emplazada para batir las construidas en Monte Muro, no logró los efectos que se esperaban.

Sin embargo, presentan un trabajo excesivo para su construcción, por la necesidad de hacer desaparecer las tierras, por la gran profundidad y pequeña anchura de la zanja en algunos casos, que dificulta la ejecución, y por los detalles que necesitan; es decir, que constituye un atrincheramiento de posición, no del campo de batalla como algunos equivocadamente le han considerado. Este inconveniente, los carlistas en la mayor parte de los casos, no lo encontraron; porque por lo regular sus ingenieros las trazaban, y los pueblos, según las instrucciones que recibían, quedaban encargados de excavarlas tranquilamente, siendo muy raro que los batallones carlistas ayudasen á abrirlas como en Somorrostro y Oteiza”.

Tropas Norteamericanas en una trinchera
durante la guerra Hispano-Amricana
La “trinchera carlista” será común en la Guerra Hispano-Americana (1898) e incluso en la Filipino-Estadounidense de 1899. Según queda recogido en el Annual Reports of the War Department de 1900 de los Estados Unidos, los filipinos tomaron “prestada” esta estructura utilizándola en la defensa de la denominada “línea de Paruao”. Según consta en un despacho enviado al general Venancio Concepción al cargo de la defensa de dicha línea: “ […] in order to defend those positions as long as possible, beating with a rine fire at known ranees the railroad track and the Malmlacat cart road, in combination with other similany located and similarly constructed trenches among the most elevated positions of the highland of Iba, so that the defenders thereof may be able to dominate with their fire the line of attack indicated. In each case the profile known as the “Carlist trench" or “ Zanja trench " should be used”.
Habían transcurrido 25 años desde la batalla de Somorrostro donde se habían sentado las bases de la estructura de defensa conocida como “trinchera carlista”. Faltaban tan sólo 15 para el comienzo la I Guerra Guerra Mundial.

Actualización del 25/08/2021: Se añade una descripción de la trinchera carlista recogida en el diario carlista "El Cuartel Real"