martes, 3 de julio de 2018

Bilbao 1874: Vida de un “Gentleman” en una Ciudad Asediada

"Guarnición del fuerte de Mirivilla" atribuida a
Carlos Monney. Fondos Victor Sierra-Sesúmaga
Uno de los títulos que revalidó Bilbao en varias ocasiones a lo largo del siglo XIX, no fue otro que el de "Invicta Villa". Hasta en 4 ocasiones entre 1835 y 1874, la ciudad quedó cercada en el marco de las guerras civiles a las que hemos denominado "carlistas", dado el componente "dinástico" que subyace en las mismas.

El interés por lo acaecido en los 125 días (o 124 según los autores) que duró el último de estos Sitios, ocurrido entre finales de 1873 y mayo de 1874, ha focalizado un notable esfuerzo de conocimiento y divulgación desde finales del siglo XIX. Son numerosos los trabajos centrados en este hecho histórico, algunos realizados por renombrados escritores, otros por prohombres de la sociedad bilbaína, sin faltar reconocidos historiadores e historiadoras entre los que cabe citar: Miguel de Unamuno, Jose Miguel Azaola, Manuel Basas, Jose Maria de Areilza, Maria Jesus Cava o Estibaliz Ruiz de Azua, entre otros muchos. La atracción por el último Sitio de Bilbao no ha decaído en nuestros días encontrándonos con publicaciones “en papel” como los realizados por María Jesús Vergara o Ildefonso Porro, sumados a otros tantos en formato digital, como el que localizamos en el blog de “Cesar Estormes”.

Lo cierto es que existe una abundante y variada bibliografía, así como un importante volumen de datos de fuentes primarias, especialmente desde el punto de vista del bando sitiado. De hecho, y comparativamente con otros lances relacionados con la última Guerra Carlista, es notable la cantidad de documentación que ha llegado hasta nuestros días, incluidos relatos cronológicos que, a modo diario, fueron llevados escrupulosamente por diversos habitantes de la Villa.

Algunos de estos diarios han tenido gran difusión, habiendo sido publicados y reeditados en distintas momentos, pudiéndose incluso encontrar en formato digital. Entre ellos encontramos el “Diario del Bloqueo y Bombardeo de Bilbao, 1873 [dic. 29] y 1874 [may. 2]” un documento manuscrito de Severo Pedro de la Encina, “El Sitio de Bilbao en 1874 por un Testigo Ocular”, “Bilbao ante el Bloqueo y Bombardeo de 1873-74” de Mariano de Echeverría, “Diario del Sitio de Bilbao (1874)” de Manuel Maria Gortazar, “Le siége de Bilbao para l'armée carliste en 1874J.D. de Campos, “La Guerra Civil de Vizcaya y el Sitio de Bilbao” de J.E. Delmas, etc. 

"Álbum del Auxiliar". Catálogo del Museo Vasco
Otros documentos de similar tipología han tenido una menor divulgación, siendo todavía grandes desconocidos. Sin ir más lejos, en el Archivo de la Diputación Foral de Bizkaia, entre los abundantes registros que hacen referencia al Sitio de 1874, se localizan hasta cuatro de estos escritos, firmados tres de ellos por militares: el Coronel Isidro Macanaz y los Comandantes Francisco Martínez de la Riva y Luis Romero Sainz; y un cuarto manuscrito, con caligrafía impecable, que no presenta firma alguna. 

Legados Familiares

Ya hemos dejado constancia en varias ocasiones de la enorme dificultad que supone para el investigador llegar a determinadas fuentes de información. Los archivos familiares representan un ámbito especialmente delicado y comprometido, ya que forman parte de un legado generacional y por consiguiente, atesoran un elevado valor sentimental. Resulta complicado hacer una correcta gestión del equilibrio entre lo que pudiera ser considerado como un elemento privado de ámbito familiar, de aquello que pudiera tener un innegable interés histórico. Este hecho dificulta notablemente el acceso a estas fuentes primarias, únicos elementos que nos permiten contrastar, revisar y completar el conocimiento de hechos históricos de forma eficiente.

Entre los documentos que han pasado desapercibidos para la mayoría de historiadores en relación con el Sitio de Bilbao y, que han permanecido bajo el amparo de herencias familiares, destacamos dos elementos prácticamente inéditos: “Una Memoria sobre el Sitio de Bilbao en 1874” escrita por el maestro de escuela Francisco Marco y Valencia; y “Apuntes del Sitio sufrido por la Muy Noble Muy Leal e Invicta Villa de Bilbao, desde la noche del 28 al 29 de diciembre de 1873 hasta el día 2 de mayo de 1874 (125 días) tomados por el testigo ocular Dn. Francisco de Mac Mahon y Jane”. De la primera cita apenas podemos aportar más datos que los que refleja Estibaliz Ruiz de Azua en su gran trabajo “Estudio del Comportamiento Social de una Ciudad en Guerra”, alabando la forma de escritura del autor, así como su precisión en las descripciones y datos que aporta. Lamentablemente, no hemos podido localizar ninguna copia accesible. Del segundo diario podemos aseverar que atesora numerosos datos, muchos de ellos anecdóticos, de lo vivido en primera persona por un notable aristócrata de la sociedad bilbaína como era Francisco MacMahon Jane.

Juan Nepomuceno de Orbe y Mariaca, IV Marqués
de Valdespina. Modificado de los Fondos Archivos
Estatales
Hasta el momento las fuentes carlistas se habían mostrado infinitamente más parcas en la descripción de los hechos, motivaciones y sucesos acaecidos en el Sitio de Bilbao, perdiéndose infinidad de elementos que pudieran servir como contrapunto a las fuentes liberales. Gracias a la labor de Victor Sierra-Semuga y, a la amabilidad de familias que han gestionado durante varias generaciones sus archivos, hoy disponemos de datos adicionales que se engarzan en el discurso histórico con elementos que van desde la más pura anécdota, hasta bloques de información que nos obligarán a reescribir episodios enteros de la historia de la última guerra carlista.

Entre estas fuentes completamente inéditas, hemos podido contar con fondos provenientes del Archivo familiar del Barón Montevilla, entre cuyos documentos se localizan cartas del mismísimo Juan Nepomuceno de Orbe y Mariaca, IV Marqués de Valdespina, oficial carlista al mando de las fuerzas sitiadoras. La principal característica de estos escritos radica en su componente “familiar”, ya que están dirigidas fundamentalmente a su mujer María Casilda Gaytán de Ayala y Areizaga, en aquellos momentos refugiada en Francia. Esto nos permite asomarnos a los pensamientos más íntimos del Marqués, a sus pareceres y opiniones, únicamente compartidos con sus seres más allegados.

Imágenes del Sitio

Para acercarnos al Bilbao de los primeros meses de 1874, no sólo disponemos de escritos en primera persona, con un fuerte carácter inédito, sino que contamos con las numerosas imágenes gráficas tomadas por el francés Carlos Monney Millet. Según indica Juantxu Egaña, Monney “realizó un álbum fotográfico con motivo del Sitio de Bilbao, del que hoy en día se conservan dos ejemplares, uno de ellos dedicado al rey D. Alfonso XII”. Muchas de estas instantáneas están muy extendidas ya que fueron posteriormente convertidas en tarjetas postales o reproducidas como grabados en distintas revistas de épocas; y al contrario que la mayoría de imágenes que se conservan de la última Guerra Carlista, basadas de forma fundamental en retratos de gabinete, Monney se atrevió a dar muestra de paisajes y exteriores, donde lo importante no era la persona, sino la localización y la historia que contaba ese lugar.

Francisco Pedro MacMahon Jane

Si por algo destacó la bilbaína familia MacMahon es por presentar una noble línea genealógica que hunde sus raíces en la vieja Irlanda, que se estableció en Bizkaia a principios de XVIII con la llegada de los hermanos Patricio y Therence MacMahon McCurtain a Bilbao. Según se describe en la web de genealogía (www.euskalnet.net/laviana): “Lo primero que hicieron los MacMahon cuando se establecieron en Vizcaya fue justificar, previamente a su vecindad vizcaína, su nobleza según fuero ante las Juntas de Guernica”. 

Francisco Pedro MacMahon Jane fue el mayor de una familia de 4 hermanos, siendo bautizado en la Basílica de Santiago de Bilbao el 5 de octubre de 1826, y según consta en su partida bautismal: “había nacido a la una menos cuarto de la mañana del día precedente según declaró su padre”. Posteriormente la familia se ampliaría con la llegada de Amalia Agustina en 1828, Pedro Juan en 1830 y Diego Manuel en 1834. 

Según indica Joseba Agirrezkuenaga, con tan solo 11 años Francisco se embarcó primeramente en dirección a Francia y luego a Inglaterra para completar su “educación y formación intelectual”, regresando 8 años después a Bilbao donde estableció su residencia en pleno Casco Viejo, en el número 5 de la calle Santa María. Para entonces estaba Francisco suficientemente preparado para seguir con la línea familiar de exitosos comerciantes y hombres de negocios, no tardando en incorporarse al ámbito político representando una opción de liberalismo moderado, favorable al mantenimiento del sistema foral.
Francisco Pedro MacMahon Jane.
Tomado de Bilbaopedia

En 1868, a su imagen de gentleman acomodado e instruido, se sumaba el título de aristócrata con el reconocimiento de su linaje por línea sanguínea, tal y como se muestra en el certificado de hidalguía que se expide, a instancias de Francisco y la de sus hermanos en julio de ese año y cuyo original es consultable en el Archivo de la Diputación Foral. 

El ascenso de Francisco a la alcaldía de Bilbao tuvo lugar en un momento de notable crisis para la Villa, fruto de la turbulenta y complicada situación política, social y económica que se vivía en las Españas del XIX, acuciada por el levantamiento carlista de 1872. Éste primer conato de sublevación fue rápidamente sofocado en Oroquieta quedando apaciguado momentáneamente el Señorío con la firma del “Convenio de Amorebieta” en mayo de ese mismo año. Sin embargo, el acuerdo desató la furia de muchos liberales bizkainos que veían en ese documento una cesión a las tesis carlistas. El enojo llevó al entonces alcalde de Bilbao, Fidel Sagarminaga, a presentar con parte de su corporación, su dimisión a finales de mayo de ese año, dejando a la Villa en una situación políticamente comprometida.

En los siguientes 16 meses se sucedieron en Bilbao hasta 6 alcaldes que variaron entre el liberalismo moderado al republicanismo exacerbado, y que tuvieron que lidiar con la sucesión de regímenes políticos que llegaban de Madrid, la reactivación del alzamiento carlista, la penuria económica de las arcas municipales derivada de algunas gestiones poco acertadas y los gastos militares que estaba generando la sublevación carlista. Francisco MacMahon fue uno de estos alcaldes, ejerciendo como tal entre 3 de diciembre de 1872 y el 14 de marzo 1873, apenas unos meses que ponen de manifiesto el clima de inestabilidad que se vivía.

El Bilbao de 1874

La Villa de Bilbao en 1874 constituía una ciudad en miniatura: pujante y dinámica como plaza mercantil, pero con un reducido espacio físico que apenas superaba el poblado medieval que se había articulado alrededor de sus famosas siete calles. A su alrededor se encontraban anteiglesias del “Señorío de Vizcaya”, entidades jurídicas con derechos y deberes que eran reconocidos en el sistema foral, y que al contrario que la villa, presentaban un carácter eminentemente agrícola-ganadero.

Este peculiaridad forjaba la imagen bucólica de un pequeño centro urbano rodeado de campiñas agrícolas, pero a su vez, generaba un interminable listado de problemáticas para una ciudad encorsetada que contaba por aquel entonces con unos 28.000 habitantes. Las clases pudientes habían encontrado la forma de solventar la falta de espacio adquirido en las vecinas anteiglesias de Abando o Begoña grandes parcelas de terreno en las que construyeron suntuosas villas o “quintas”, a modo de segundas residencias.

Bilbao precisaba de terreno de expansión y la lucha por el mismo será un eslabón más en la larga cadena de conflictos que desde prácticamente la Edad Media enfrentaba a la villa con las anteiglesias del Señorío. Azaola llegó a definir la existencia de “un antagonismo secular: el de vizcaínos y bilbaínos” que a lo largo del tiempo había permanecido inmutable y que periódicamente estallaba en forma de distintos y variados conflictos.

Para los bilbaínos, especialmente aquellos de clase alta o acomodados como MacMahon, esta afirmación no constituía una novedad. En un pequeño prólogo que realiza al comienzo de su diario, Francisco intentó exponer las razones que llevaron a una parte de bizkainos a poner bajo asedio a la principal ciudad del Señorío; por supuesto, siempre desde la óptica de bilbaíno acomodado: “El rápido desarrollo material e intelectual de Bilbao viene siendo causa del mal disimulado encono para las dos clases más influyentes del resto del Señorío; son éstas, el clero rural y los pequeños propietarios de fincas rústicas. El primero cree ver en el desarrollo intelectual de las masas, la desaparición de su actual modo de ser, y los segundos sienten no profunda pena que los ocho o doce mil reales de renta que daban a su progenitores cierta influencia en su comarca y medios para vivir en la holganza, debido al aumento de la riqueza general, motivado por el espíritu comercial de la capital y la consiguiente disminución relativa del valor del dinero, no les bastan en el día para cubrir las más apremiantes necesidades de la clase a que creen pertenecer”. Los problemas políticos entre villa y anteiglesias también se trasladaban a la sociedad, estando el clero y los pequeños terratenientes  en el punto de mira de la influyente clase burguesa bilbaína,  vistos como un estorbo para su desarrollo económico. MacMahon no dudará en interponer una barrera social con los segundos, manifestando con un cierto tono irónico que el dinero que generan sus campos no llegaba a “cubrir las más apremiantes necesidades de la clase a la que creen pertenecer”.

Continuaba Francisco con su explicación: “[…] De ahí esa cruzada que vienen haciendo contra Bilbao, de ahí ese empeño irritante en rebajar la influencia de la capital hasta el punto de que contribuyendo a las cargas generales del Señorío en un 45% no quieran conceder más representación en sus Juntas Generales que al último de los 125 pueblos que en ellas tienen asiento”. Según indica el historiador Azaola por dos veces consecutivas, en 1870 y 1872, Bilbao había acudido a las Juntas Generales del Señorío a solicitar la revisión de diversos anacronismos “que causaban a la Villa de Nervión perjuicios tanto más graves e injustos cuanto que estaban en contradicción con las realidades políticas, económicas y sociales del siglo XIX”. Ambas sin éxito, que acrecentaba el malestar entre la burguesía comerciante e industrial de Bilbao.

Aldeanos bizkainos. Imagen costumbrista en una postal
del finales del XIX, principios del XX
Pero MacMahon también asumía parte de culpa en la inquina entre “aldeanos” y ciudadanos, no dudando en destacar algunas virtudes de aquellos “hombres de rústica corteza”: “No quiero decir con esto que Bilbao este extenso de culpa; ese sarcástico desdén con que por costumbre acoge al aldeano, lastima mucho a hombres que bajo su rústica corteza, reúnen a un talento natural para gobernarse y gobernar a sus familias con independencia y decencia, un fondo de dignidad individual tanto más de apreciar cuanto que por desgracia va haciéndose cada día más raro en los grandes centros de población”.

Uno de los temas más espinosos en este conflicto era la reciente anexión de terrenos de las anteiglesias colindantes, como la de Abando (llamado a convertirse en el Ensanche de Bilbao), asumiendo MacMahon que la Villa había actuado con un cierta prepotencia: “[…] por otra parte en las cuestiones que se han suscitado entre Bilbao y las vecinas ante Iglesias, no siempre se ha conducido la Villa con la calma y amor a la Justicia a que su mayor grado de cultura la obliga. La manera arbitraria y violenta con que se llevó a cabo el ensanche de la Villa es una demostración práctica de este aserto; tan dueña eran las anteiglesias de su territorio como Bilbao de sus calles. ¿Qué hubiera dicho la Villa si las anteiglesias hubieran intentado apoderarse de una parte da su jurisdicción? Naturalmente hubiera puesto el grito en el cielo, quejándose amargamente de tamaña injusticia; pues eso es exactamente lo que hicieron aquellas; pero Bilbao valiéndose de su mayor influencia en las altas regiones del poder, ahogó al justo grito de sus vecinas y, arrancándoles su parte más rica y de mayor porvenir, las dejó reducidas a una mísera existencia”.  Concluía Francisco: “No sé si he acertado a indicar las verdaderas causas que motivan ese lamentable antagonismo entre Bilbao y el resto del señorío, pero lo indudable es que el antagonismo existe, puesto se manifiesta furioso siempre que se presenta ocasión de poderlo demostrar”.

“Vizcaya por Don Carlos”

Las huestes carlistas en Bizkaia habían tomado impulso con la entrada en liza del viejo oficial Castor Maria Andechaga Toral en julio de 1873. Nos indica Francisco Hernando en su libro “La Campaña Carlista” sus primeros compases: “[…] pasó á las Encartaciones y arrastró consigo tal número de voluntarios que en poco tiempo formó dos batallones. Andéchaga, que conocía perfectamente aquel terreno, se apoderó del destacamento que guarnecía á Ortuella, bajó á Portugalete, entró en él, encerrando á la guarnición en los fuertes, sostuvo un reñido combate con la columna de Lagunero que salió de Bilbao en socorro de los de Portugalete, y escarmentó tan duramente á la de Villegas, que operaba por la provincia de Santander, que la obligó á internarse en aquella provincia y á dejarle dominar tranquilamente en las Encartaciones”.

Levantamiento de partidas carlistas. Modificado  de "Reproducción del
panorama de la Guerra Civil en el norte". Archivo de Navarra
En poco tiempo se encontraban en el “Señorío de Vizcaya” 8 batallones carlistas, a los que se sumaban tropas de Castilla; todavía no correctamente armados y con una manifiesta desventaja en relación con su prácticamente inexistente artillería. Pero estos “detalles” eran suplidos con una euforia desatada a medida que caían victorias, de más o menos consideración, de su lado. Tanto era así, que el Estado Mayor carlista, desoyendo a algunos de sus más importantes oficiales, como era el navarro Nicolas Ollo Vidaurreta, decidió la toma de Bilbao. La entonces asustada Villa, constituía un centro comercial de primer orden; un espaldarazo para las pretensiones de Carlos VII, que ya controlaba el medio rural, pero al que se le resistían las grandes urbes. A decir de Antonio Brea: “Tanto su situación como su riqueza y la considerable exportación del hierro que encierran en el seno las próximas montañas, la hacían cuestión de suma importancia para el naciente ejército carlista, máxime cuando no una, sino varias potencias de Europa habían asegurado que reconocerían la beligerancia de los carlistas en el momento que hubieran entrado victoriosos en Bilbao”. Indudablemente la toma de Bilbao hubiera sido un espaldarazo a las pretensiones carlistas y posiblemente una fuente de dinero para su arcas. Un pasaje trasmitido a lo largo de tres generaciones en la familia Sierra-Sesúmaga, indicaba que banqueros y prestamistas franceses, algunos de ellos judíos, habían puesto como condición indispensable para aflojar sus bolsas la entrada del Pretendiente en Bilbao. Madrid estaba muy lejos, pero Bilbao quedaba al alcance de la mano.

Andechaga fue unos de los más fervientes defensores de tomar Bilbao, y gran parte de sus acciones fueron encaminadas a conseguir dicho objetivo, comenzado por incomunicar a la Villa por su ría buscando acabar con las escasas zonas fuertes que todavía defendían esa vía: Portugalete, Luchana y Desierto. En el verano de 1873 las tropas carlistas iniciaron sus tanteos y razzias sobre Bilbao y Portugalete, los huesos duros de roer, lanzando un hostigamiento al tráfico naval de ría, que ya para entonces se había convertido en la única vía de suministro a la capital. 

De aquel verano de consolidación del ejército carlista, MacMahon relataba en su diario: “Hacía ya tiempo que no se podía salir el casco de la Villa sin correr grave riesgo de ser hecho prisionero por los carlistas; en la noche del 21 al 22 de agosto le prendieron en su propia casa sita en el barrio de Iturburu a un oficial del Batallón de Voluntarios de la República y el 2 de noviembre prendieron a un contraguerrillero que oía misa en la iglesia de Begoña. Nuestra única vía de comunicación era la marítima, y aún ésta no dejaba de ofrecer grave riesgo, pues los vapores que subíndice o bajaban por la ría tenían que sufrir el vivísimo fuego de las fuerzas carlistas apostadas en sus dos orillas, y sin embargo de ir con grandes precauciones y fuertemente blindados con planchas de hierro, más de una vez, tuvieron que sufrir bajas entre los tripulantes y viajeros que conducían”.

Caos Político, Penuria Económica e Indefensión Militar

Bilbao no era ajena a la convulsión que sacudía todos los estamentos sociales, a medida que se iba tomando partido por uno de los bandos contendientes: el carlista o el liberal. Pero al igual que el carlismo estaba formado por una amalgama de descontentos por las imposiciones y bandazos del sistema liberal; el liberalismo no constituía, ni muchos menos, un bloque monolítico. Liberales moderados, liberales radicales, promonárquicos o republicanos se enfrentaban entre ellos, generando conflictos internos que alcanzaban al estamento militar y que repercutía negativamente en cualquier iniciativa para atender la defensa de la Villa. 

Proclamación de la I República en Madrid en febrero de 1873.
Modificado de la Ilustración Española y Americana
En este sentido MacMahon no apreciaba especialmente a los republicanos, algo de lo que ira dejando constancia en varios momentos de su diario: “La insubordinación que rápidamente iba cundiendo en las filas del ejército desde el día 11 de febrero en el que se constituyó el gobierno republicano, […] se dejaba sentir también en Bilbao, muy especialmente entre los cuerpos francos, a alguno de los cuales fue preciso desarmar, en vista de sus desmanes, no sin que hubieren hecho pasar antes a la población horas de mortal angustia. Estas escenas hacían que las personas acomodadas se fueran marchando poco a poco al extranjero; y las que se quedaban tenían que sufrir las inmoderadas exigencias de las autoridades republicanas, para cuya despilfarradora administración no había dinero que bastase”.  

Además, Francisco consideraba que el ascenso del republicanismo estaba íntimamente relacionado con el desconcierto que se vivía en Las Españas y les achacaba algunos de los problemas más acuciantes de la Villa como era la falta de liquidez monetaria o la utilización de medios poco ortodoxos: “[…] Los tristes presentimientos que yo abrigaba al cesar en la alcaldía estaban ya cumplidos. Tanto el Ayuntamiento que sucedió al que yo presidí, como el que por elección popular, auxiliada por la partida de a horda que alejaba de las urnas a todo el que no estuviera dispuesto a votar con ellos o a andar a palos, según costumbre de aquellos libérrimos tiempos, habían ya traído sobre la Villa inmensos gastos y días de luto y desolación, y no corrieron arroyos de sangre, porque amedrentados acaso por la situación que, ellos más que nadie, habían contribuido a crear y reconociendo su importancia para conjurar los males que nos amenazaban, pidieron ellos mismos su relevo”. Esta aparente anarquía, de la que los carlistas tomaban parte de su fuerza, no afectaba únicamente al estamento gubernamental. El cuerpo militar, íntimamente imbricado con el poder político, también mostraba sus propias carencias. 

Primeros Pasos

En un intento de retomar las riendas de la ciudad más importante del Norte, apaciguar los ánimos y proceder, en caso necesario, a su defensa, el Gobierno Central dio orden de trasladar en noviembre de 1873 al entonces brigadier oriundo de México, Ignacio María del Castillo Gil de la Torre para hacerse cargo del puesto de Gobernador Militar de la Villa. Según consta en el diario liberal "La Guerra" el mariscal hizo su entrado en el vapor-correo en la mañana del 11 de noviembre.

Ignacio María del Castillo. Original de Carlos
Monney. Modificado del blog Cesar Estormes
La situación que se encontró Castillo a su llegada a Bilbao, distaba mucho de ser óptima: “[…] Terrible fue el desengaño que tuvo que sufrir al hacerse cargo de la verdadera situación de Bilbao; al encomendarle el gobierno, puesto de tamaña responsabilidad, le habían hecho creer que encontraría aquí abundantemente cuanto requiere la defensa de la plaza, y al llegar se encontró con que carecía de todo lo necesario, fuera del valor personal y de la constancia y los sufrimientos que impone el cumplimiento de un penoso deber, cualidades éstas que han distinguido siempre a los buenos hijos de esta Villa. Apresurose a pedir al gobierno los recursos que necesitaba, pero la penuria de ése y aún más si caben el desquiciamiento a que había llegado la organización de todos los servicios del Estado, hacían inútiles todas sus reclamaciones, y por otra parte, cada vez iba siendo más inminente la proximidad de un sitio”.

El recién nombrado Gobernador Militar se encontraba en una complicada situación, teniendo que lidiar con grandes problemas logísticos, políticos y militares, en una ciudad de imposible defensa localizada en un fondo de valle rodeada de montañas. Apenas le faltó tiempo al entonces Gobernador Civil, el republicano Luis León, para solicitar su mediación en la formación de “un ayuntamiento que estuviese a la altura de las circunstancias”. De hecho, nada más hacer pie el brigadier en terreno bilbaíno, León publicitó un bando donde traspasaba todas sus atribuciones al Gobernador Militar, en función del "estado de guerra" que se había declarado en la provincia. Esto dejaba sobre Castillo la responsabilidad de formar una nueva corporación, a cuya cabeza se barajaba el nombre de Francisco MacMahon Jane.

No fue hasta diciembre de 1873 cuando se formalizó una reunión a la que acudió Francisco a interpelación directa del General Castillo junto con algunos diputados del Señorío. En ella “apelaron a su patriotismo para que se encargase nuevamente de la alcaldía […]”. Pero MacMahon declinó la oferta. Desconfiaba abiertamente del Gobernador Civil Luis León, al que le recriminaba su actitud, tanto actual como anterior, afirmando: “[…] que tan indignamente se había conducido con el ayuntamiento que yo presidí pocos meses antes”, y acusándole directamente de “imponer fuertes contribuciones sin más norma que capricho y el matiz político del pagano”. Francisco tenía claro que no formaría parte de ningún proyecto auspiciado por ese Gobernador Civil. Ante la negativa, tanto Castillo como el resto de los diputados presentes le presionaron “fundamentándose en que tenían entendido que el Gobernador Civil, que era el obstáculo, había renunciado al destino y de un momento a otro debía llegar su reemplazo”. Pero esas palabras no cambiaron el parecer del exalcalde, permaneciendo firme en su decisión.

Bajo la promesa de volver a “hablar del asunto” tras la futura llegada de un nuevo Gobernador Civil y, tomando conciencia de la posibilidad de hacerse nuevamente con el cargo de la alcaldía, Francisco solicitó datos económicos: “[…] pedí datos y principié a examinar la situación financiera del ayuntamiento”. La descripción que incorpora a su diario sobre el estado económico del ayuntamiento, con una guerra que está llamando a su puerta, no pudo ser más desastrosa: “[…] al cesar yo en la alcaldía, a mediados de marzo (de 1873), dejé recursos suficientes para cubrir todas las atenciones ordenarías del año incluso el pago de intereses y correspondiente amortización de la deuda del ayuntamiento. No se había satisfecho ni amortización ni intereses, se había gastado ya hasta el último real y agotado completamente el crédito, […] Estoy seguro que desde la fundación de Bilbao no ha existido Ayuntamiento que en tan poco tiempo haya despilfarrado tanto dinero; y no se trata de justificar gasto tan crecido con las pocas y mal ejecutadas obras de defensa […]”. Y es que a Francisco no le faltaba razón en afirmar que las obras de defensa en la villa no se habían realizado con la suficiente visión estratégica.

Liberales Moderados vs Republicanos, Incomunicación y Nuevo Alcalde

En la noche del 28 al 29 de diciembre los carlistas consiguieron cerrar el paso por la ría, cruzando un cable a la altura de Zorroza. “Esta novedad agravaba considerablemente nuestra situación; el nombramiento del nuevo ayuntamiento apremiaba y yo no podía admitir el encargo, puesto que permanecía en pie la causa que me había inducido a declinar ese honor […]".

El mantenimiento al frente de la Gobernación Civil de Luis León, imposibilitó que MacMahon fuera la cabeza destacada del ayuntamiento y finalmente, “[…] tras laboriosas negociaciones quedó nombrada la corporación que tuvo la gloria de hallarse al frente de la Villa, […]; quedando yo de presidente de la Comisión Permanente de la Propiedad […]”. Curiosamente Francisco, si bien alabará la labor realizada por el ayuntamiento en los duros días que iban a llegar, apenas dejará cita del que fue elegido alcalde: el liberal moderado, Felipe de Uhagón Aguirre

Miembro del Batallón de Auxiliares. Original
atribuida a Monney. Modificada de Archivo
Diputación de Bizkaia
Poco después y gracias a “unos periódicos introducidos en la Villa”, llegó la noticia que tras el golpe de Estado de Manual Pavía, se había pasado de una república parlamentaría a una dictadura republicana, a cuyo frente estaba Francisco Serrano y Domínguez, Duque de la Torre. Según describe MacMahon, “este acontecimiento sirvió de cómodo pretexto al Gobernador Civil, D. Luis Leon para abandonar su puesto en aquellas críticas circunstancias y quedarse como simple ciudadano, y fue causa así bien de que quedara disuelto el ya para entonces muy mermado y turbulento Batallón de la República, yéndose los más bullangueros a sus casas, y pasando los pundorosos y más razonables a ingresar en el Batallón de Auxiliares”.

Para Francisco, como liberal moderado, esta renuncia cerraba un capítulo negro en la historia política de Bilbao, una vez quedaban alejados los republicanos de los poderes de decisión y se suprimía su milicia armada, el llamado “Batallón de la República”.

Ya hemos referido que MacMahon cargó ampliamente la tinta de su pluma para criticar con dureza a los republicanos bilbaínos, pero es necesario tener en cuenta su filiación política dentro del liberalismo moderado y su estatus social para encontrar una respuesta a la inquina que les procesaba. Según indica el Doctor en Historia Rafael Ruzafael republicanismo bilbaíno demostró un profundo conocimiento del mundo del trabajo y una gran simpatía por las clases trabajadoras, su base social por antonomasia” estando mucho más cerca de la clases populares que de las pudientes, y que “[…] desvió fondos hacia las clases trabajadoras en un momento en que, a causa de la guerra, la actividad económica se había ralentizado”. Todo ello se entroncaba con la lucha de clases y desigualdads imperantes, y chocaba abiertamente con los postulados del liberalismo moderado bilbaíno, mayoritario en sus clases medias-altas, y representado por hombres como MacMahon.

Solventado el problema del gobierno de la ciudad, era el momento de focalizar los esfuerzos en el aspecto militar. Bilbao entraba en el nuevo año incomunicado por vía terrestre y marítima. Dos intentos para eliminar las cadenas que impedían el paso por la ría habían fracasado. 

La primera fue una salida de tropas al mando del Coronel Antonio del Pino Marrufo, que “regresó a la Villa no sin haber tenido antes algunas bajas” y sin haber podido cumplir su propósito. Una segunda intentona se realizó mediante la utilización “de un vaporcito de ría llevándose a remolque una pequeña embarcación cargada con cajas de dinamita, y una vez en Olavega, dieron fuego a una mecha convenientemente preparada y dejaron que la embarcación fuese arrastrada por la corriente […]. Algún tiempo después estallaron las cajas con terrible estruendo pero cuando se hizo de día […] vieron con dolor que lejos de haber desaparecido el cable, los carlistas habían tendido otros varios y estaban además rodando al río una gran cantidad de mineral de hierro con el fin de imposibilitar el paso en absoluto. […] Nuestra incomunicación era ya completa". 

Rendición de Portugalete

El 21 de enero de 1874, Andechaga, aquel al que hacía pocos meses atrás le habían descrito en el diario liberal de Bilbao "La Guerra" como "general en conserva y momia venerable de la guerra civil", rindió la marinera villa de Portugalete.

Iglesia de Santa Maria de Portugalete tras finalizar el sitio.
Modificado de "Monografías Históricas de Portugalete"
La nueva y sonada victoria de los carlistas cayó como un jarro de agua fría en Madrid y especialmente en Bilbao. Como un castillo de naipes, todo el sistema defensivo exterior de Bilbao fue barrido, e increíblemente, en un error táctico sin precedentes, todos los altos que rodeaban la Villa, que apenas habían sido fortificados y mucho menos defendidos, fueron vaciados de tropas liberales.

El oficial de artillería carlista Antonio Brea lo reflejaba de la siguiente forma: “Los batallones vizcaínos, dueños de la pequeña villa (Portugalete), revolviéronse sobre Bilbao, acercaron sus trincheras á tiro de fusil de la plaza, estrecharon el bloqueo de una manera harto sensible para sus moradores, y tomaron definitivamente posesión de la cordillera de Archanda y Banderas, Monte Abril y Santa Marina, Ollargan y Castrejana hasta el mar, quedando reducido Bilbao al casco de su población".

Defensas Liberales de Bilbao

El 23 de enero el general Castillo se dirigió por primera vez a los bilbaínos haciéndoles partícipes de la apurada situación en la que se encuentra la Villa e instándoles a resistir bajo la promesa de la pronta llegada de un ejército libertador. Lo único que se interponía entre los carlistas y Bilbao era su guarnición y unas inacabadas defensas de las que únicamente destacaban por su carácter estrictamente militar los viejos fuertes del Morro y Miri(a)villa. 

No había sido nada fácil llegar a fortificar, aunque fuera mínimamente, todo el recinto exterior de la villa. En el verano de 1873 se había aprobado una contribución extraordinaria de guerra, valorada en 6 millones de reales para estos menesteres, pero tras sangrar los bolsillos de los  bilbaínos, la cifra real invertida no llegó, ni a tiempo, ni de lejos a la cifra presupuestada. Tanta fue la penuria que según recoge Ruiz de Azua, el 23 de noviembre de 1873 se había instado desde el ayuntamiento a “intentar reducir al mínimo los gastos en las obras de fortificación”. Todo ello contribuía a una imagen de improvisación y debilidad que no se ajustaba en absoluto a los condicionantes que debía reunir una ciudad de relevancia que había tenido varios meses para mejorar su salvaguarda.

Defensas de Bilbao. Fragmento de mapa BI-03-10. Cortesía de Alfredo Moraza
MacMahon se tomará su tiempo en enumerar todo el sistema defensivo que reducía el ámbito del Bilbao liberal a unos escasos 1,4 km2: “Nuestra línea de defensa era la siguiente: Puerta de San Agustin, Block-house (sic) o fortaleza colocada sobre la meseta del mismo nombre, Palacio de Quintana, Fábrica del gas, Camposanto de Mallona, Convento de religiosas de la Cruz convertido en Cuartel de Ingenieros, casa de Patas en la barranca de Iturribide, cárcel nueva, puerta al pie de la misma sobre la carretera de Bermeo, el bosque próximo al convento de religiosas de ña Encarnación en la barranca de Zabalvide, puerta de las Ollerias sobre la antigua calzada y puerta de Ibargüen sobre la carretera de Madrid; en la orilla izquierda de río teníamos una barricada sobre el camino de la peña próxima a la fábrica de botellas, la cárcel vieja, la cabeza del puente viejo, cuartel de San Francisco, Casa de Cantalojas, estación del Ferrocarril, Palacio de Zabalburu, y al pie de sus tapias sobre la carretera de Balmaseda un fuerte parapeto de tierra con foso, plaza de toreos, parapeto de tierra sobre el camino de San Mames entre las tapias de Zumelzu y las de Sarachaga, Palacio de Allende, Plaza de Abando, barricada sobre el camino de la Perla, Iglesia de Abando y campo santo contiguo a la misma donde se había construido una batería de dos piezas con fuegos a la orilla opuesta de la ría. Teníamos además como puntos avanzados que quedaban incomunicados durante la noche: la casa Delmas próxima al punto de la Salve, la iglesia consistorial de Begoña y los fuertes del Morro y de Miravilla”.

Su Guarnición

Oficial Artillería en la "Batería de la Marina".
Original Monney. Modificado de Archivo Diputación 
Foral Bizkaia
El número de efectivos para la defensa de esta área ascendía, según describe MacMahon a unos 5.906 hombres repartidos entre batallones de infantería regulares, carabineros, guardia civil, guardia foral, auxiliares y una curiosa “guardia negra” a la que Francisco describe como “sin organización, ni ningún género de disciplina”. Otros listados de tropas, como el que presentan Juan Delmas o Alaciano Echeverria, desglosan estos números en una compañía de “vigilancia”, otra de “voluntarios emigrados” y “voluntarios Orduña”, así como efectivos adscritos a la “Contraguerrilla de Vizcaya”; estando su número total más cerca de los 5.000 que de los 6.000 hombres.

El principal problema que presentaba la guarnición era la falta de munición, donde “apenas se llegaba al millón de cartuchos”. Este hecho, unido al rápido consumo de munición que iba aparejado a los fusiles de cartucho metálico y retrocarga, imposibilitó, a decir de los liberales bilbainos, acciones contundentes más allá de los muros y fuertes que protegían la Villa.

Artillería de Defensa

En contraste con las exiguas piezas que iba a desplegar el ejército sitiador, los defensores de Bilbao exhibían una numerosa y variada artillería que, según indica Ruiz de Azua constaba de “35 piezas de diversos calibres: 3 de hierro de 16 cm y los demás de bronce” de 8, 10 y 12 cm.

Cañón de 16 cm de la "Batería de Choritoque". Original atribuido a Monney. 
Fondos Sierra-Sesumaga
Y al contrario que sucedía con la munición de los fusiles, a instancias de la Junta Superior de Armamento y Defensa dirigida por el castreño Ramon Salazar Mazarredo, se consiguió poner en marcha una fundición de proyectiles en el barrio de Atxuri para abastecer sus bocas de fuego. Esto permitió a los sitiados disponer de suficiente munición como para estar en continuo intercambio de fuego con los carlistas.

Como curiosidad, MacMahon reflejará que el fuego de cañón será utilizado como un elemento de comunicación entre la plaza y el ejército liberal detenido en Somorrostro: “[…] solo he oído al bajar ya de la montaña disparos de cañón con que acostumbra saludarnos el ejercito libertador al terminar el día, que parece decirnos: “Vamos en vuestra ayuda. Valor y constancia”, y los de nuestras baterías que contestan también diariamente y a la mis hora: “resistimos y esperamos confiados”.

Entre Bilbao y Somorrostro

En el campo carlista el entusiasmo del momento suplió la enorme carencia de medios materiales y humanos para abordar un “sitio” de “características formales”. Bilbao no era Portugalete, pero la victoria sobre la plaza marinera había hecho suponer al alto mando carlista que Bilbao acabaría siendo tomada.

Según describe Antonio Brea, fueron seis los batallones bizkainos, que al mando del ermuarra Juan Nepomuceno de Orbe y Mariaca, más conocido por su título “Marqués de Valdespina” fueron los encargados del Sitio. Citando al oficial de artillería: “Los carlistas emprendieron el sitio de Bilbao bajo la inmediata dirección del infatigable General Marqués de Valde-Espina [...]. Los batallones que asediaban á Bilbao tenían la siguiente situación: el de Bilbao, con Fontecha, del Puente Nuevo á Artagan; el de Marquina, con Sarasola, en Archanda y Santo Domingo; el de Durango, con el Barón de Sangarren, en Olaveaga y Deusto; el de Munguía, con Gorordo, parte en Olaveaga y algunas compañías destacadas en las Arenas y Plencia; el de Guernica, con Iriarte, en San Mames é Iturrigorri; y el de Orduña, con Bernaola, en Larrasquitu y la Peña, sumando dichos seis batallones un total de unos cuatro mil hombres”.

Tropas liberales marchando. Modificado  de "Reproducción del
 panorama de la Guerra Civil en el norte". Archivo de Navarra
Resulta especialmente llamativo que los seis batallones emplazados de forma directa a sostener el Sitio y que sumaban entre 3.000 o 4.000 efectivos, tuvieran que hacer frente a los más de 5.000 hombres armados que habían quedado cercados en Bilbao. Valdespina había asumido las órdenes dadas, y sin embargo era tremendamente consciente de la debilidad de sus fuerzas, algo que reflejará en una confidencia dirigida a su mujer: “[…] Todos creían y me decían: ¡Que entrada va Usted a hacer en Bilbao! Vine aquí y vi que estaba muy verde: ni dentro de ocho días podría tirarse la primera bomba, ni tomar Bilbao por la fuerza en mucho, muchísimo tiempo, con los elementos que tenemos, únicamente batiendo a Moriones quizá se entregarían perdida la esperanza de socorro, pero esto no sucederá […] y tendremos que irnos con el rabo entre la piernas. Esto, como puedes suponer es solo para ti, Alejo o alguno más de toda confianza; quizá me equivoque, me alegraré, pero estoy en que acertaré. […]”. 

Valdespina tenía su vista puesta en el ejército de socorro que al mando de Domingo Moriones Murrillo se estaba formando. Desde que el gobierno de Madrid certificó la posibilidad de un asedio sobre Bilbao, había comenzado a desplazar un gran número de tropas a Santander gracias al ferrocarril, para seguidamente dirigirse a marchas forzadas siguiendo la costa hasta entrar en suelo de Bizkaia y tomar contacto con Bilbao. Las grandes operaciones en el Frente del Norte, que hasta entonces habían tenido lugar en torno a Estella y a Tolosa, se trasladaron geográficamente, perdiendo momentáneamente interés estas últimas. De hecho, la gipuzkoana Tolosa que había resistido los primeros embates carlistas, quedó prácticamente abandonada a su suerte con la evacuación de todos los efectivos liberales para reforzar el Cuerpo de Ejército que se estaba agrupando entre Santander y Castro Urdiales. 

No es posible hablar del Sitio de Bilbao, sin tener en consideración las Batallas de Somorrostro, ya que estas grandes batallas son el resultado de la incapacidad del ejército carlista de imponerse a la guarnición que defendía Bilbao, y por otro lado, muestran la imposibilidad del ejército liberal para superar la línea de defensa que los carlistas desplegaron en Somorrostro.

Problemas Logísticos Carlistas

La contrariedad más acuciante del ejército carlista a principios de 1874 era su ausencia de artillería. Los desvelos del “máximo contrabandista” carlista, Tirso Olazabal, para hacerse con baterías de cañones modernos todavía tardaría un tiempo en dar sus frutos, por lo que tanto las tropas avanzadas en Somorrostro, como aquellas que tenían que rendir la plaza apenas contaban con unos pocos morteros, unos irrisorios cañones de dudosa calidad y una importante carencia de pólvora y proyectiles. Brea lo tenía claro: “Hétenos ya frente á la plaza de Bilbao, á la que no se puede decir que se sitiaba, sino que se bloqueaba y circunvalaba, toda vez que, como ya hemos expresado, para embestir á una plaza, debe el sitiador hallarse con el sitiado en la relación de cinco á uno, mientras que nosotros, solamente en artillería, estábamos con los liberales en la relación de uno á doce”.

Bomba de mortero de 27 cm.
Cortesía de Jose Angel Brena
A decir del historiador Jose M. Moreno: “Como con tal penuria artillera no podían batir los fuertes (liberales), ni mantener un fuego sostenido con ellos, no les quedaba más solución que intentar tomar la plaza por asalto. Para ello tenían que retirar fuerzas de Somorrostro, pero no podían arriesgarse a hacerlo, ante el inminente ataque de las tropas del Gobierno. Decidieron, por lo tanto, bloquear la villa para cortar su aprovisionamiento y bombardearla a fin de desmoralizar a los sitiados. No era la mejor solución, pero de todas formas, el destino de Bilbao no se decidiría en el sitio propiamente dicho: su suerte se jugaría en Somorrostro. Si las fuerzas del Gobierno lograban romper las líneas carlistas, Bilbao sería liberado; si no podían forzarlas, la villas, más tarde o más temprano, tendría que rendirse”.

Continuando el relato de MacMahon sobre lo ocurrido, para mediados de febrero ya corrían por los mentideros de la Villa rumores afirmando que los carlistas se estaban atrincherando en Somorrostro y que en los alrededores de Bilbao se estaban emplazando “cinco o seis excelentes morteros traídos del extranjero”. 

No se faltaba a la verdad en decir que el grueso del ataque a la ciudad iba a ser soportado por morteros. Según describe Brea: “En atención á la falta de buena artillería, elemento indispensable para sitiar plazas, se decidió en Consejo de Guerra presidido por D. Carlos (y al cual asistieron los generales Marqués de Valdespina, Planas y Benavides y los brigadieres Maestre é Iparraguirre), que los morteros fuesen el elemento principal del ataque, tanto por la consideración ya expuesta, como por la de creer que Bilbao se entregaría al recibir las primeras bombas y ver interrumpido su tráfico con el extranjero". Pero al igual que el origen de las tropas sitiadoras no era “extranjero”, tampoco lo eran los cañones y morteros ni los proyectiles que consumían, ya que procedían todos ellos del hierro y fundiciones bizkainas o gipuzkoanas. Gracias a la puesta en funcionamiento de la fundición de Arteaga y de la habilitación de “la excelente fábrica del Desierto”, a mediados de febrero “hallábase ya suficientemente dotados y en disposición de romper el fuego cinco cañones lisos, de bronce, de á 12 centímetros, y cuatro morteros de á 27.”

Baterías y Defensas Carlistas

A aquellos hombres que proclamaron que los carlistas nunca iban a volver a cercar Bilbao por falta de hombres y armas, a aquellos periodistas que justificaron la falta de voluntad para fortificar los altos que rodeaban la Villa, sin duda se les atragantaron sus palabras al verse rodeados en un fondo de valle por parte de aquel ejército que habían menospreciado. 

Dueños de las alturas, los oficiales de artillería carlistas reconocieron los emplazamientos de las futuras baterías, siendo en todo momento "molestados" por el fuego de la artillería de la villa. Brea describe que se seleccionaron primeramente 4 lugares “en diferentes puntos de la cordillera de Archanda, á 400 metros de la plaza, en Casamonte, Pichón, Santo Domingo y Quintana […]”, que “fueron construidas por los artilleros de Vizcaya, á las órdenes de los comandantes Vélez y García Gutiérrez, resultando éste herido, en uno de los reconocimientos previos verificados en dicha cordillera […]. Todas estaban dotadas de morteros de á 27 centímetros y sus proyectiles procedían, unos de la fundición de Arteaga y otros de la del Desierto”.

Toma panorámica de Bilbao desde el actual barrio de Mirivilla. Se señalan algunas de las baterías carlistas: 1. Batería de morteros Casamonte; 2. Batería de morteros Pichón; 15. Batería de cañones Cadena Vieja; 16. Batería cañones Artagan; 17. Batería cañones Santa Monica. Original atribuida a Carlos Monney. Tomado de Archivo Foral de Bizkaia y GoogleMaps
Con posterioridad se añadieron tres baterías de cañones y otra mixta (cañones y morteros) en Ollargan, como respuesta las necesidades del Sitio; además de comenzar las obras de fuertes reductos en Ollargan, Arnotegui y Arraiz.

Evacuación de la Ciudad

Según indica Ruiz de Azua, desde mediados de 1873 la posibilidad de un bloqueo había originado un éxodo de bilbaínos, “liberales o carlistas, que no regresarían hasta después de pasado el Sitio”. Con la llegada del nuevo año la migración fue más intensa: “[…] A lo largo de enero y primeros días de febrero, el abandono de Bilbao fue nota destacada en la vida de la población”. Según esta historiadora de unos 28.000 habitantes se pasó a unos 18.000.

La idea de abandonar una ciudad bloqueada, que muy posiblemente iba a ser bombardeada, rondaba sobre todas las clases sociales, incluido al estamento diplomático. MacMahon que guardaba con el cónsul británico una buena amistad, comentaba en su diario: “Mi amigo Horacio Young, cónsul de su S.M. Británica […] obtuvo del jefe superior de las fuerzas sitiadoras, la formal promesa que, siguiendo la práctica establecida, le había de notificar con 24 horas de anticipación el principio del bombardeo con el fin de que pudieran salir los súbditos ingleses residentes en ésta, si era esa su voluntad”. Estando Young indeciso sobre la opción de quedarse en la villa o salir de la misma, Francisco apeló a sus sentimientos patrióticos y le aconsejó “que se quedara, fundamentándome en la conducta seguida por los cónsules extranjeros durante los sitios sufridos por esta misma villa en 1833 y 1836”, así como en la posibilidad de obtener una buen número de réditos: “[…] y creyendo además que, sin grave riesgo de su parte, pudiera servirnos de grandísima utilidad y en caso dado llegar a hacer un lucidísimo papel que su gobierno, siempre generoso con sus buenos servidores, no habría de dejar sin recompensa”. 

Palacio de Zumelzu en la anteiglesia de Abando. La "Union Jack"
ondeará en su azotea durante el Sitio. Toma atribuida a
Monney. Archivo Foral de Bizkaia (HISTORICAF AL0011/0049)
Tras corta meditación, Mr. Young decidió seguir el consejo de su amigo, tomando posesión del palacio de Zumelzu, “donde enarboló su bandera por ser este edificio más sólido y espacioso que el que habitualmente ocupaba; circunstancia útil que le permitía extender su hospitalidad, además de los súbditos de la nación por él representada que no querían o no podían ausentarse, a mujeres, niños y ancianos que no tomaban parte en la defensa”.

MacMahon avanzará que el cónsul británico les fue de gran utilidad “en más de una ocasión”, manteniendo su “estricta neutralidad”; y “hubiera llegado a serlo aún más en el caso de habernos visto precisados a capitular o de que los carlistas se apoderasen de la plaza a viva fuerza”.

Indudablemente, Francisco no era ajeno a la notable carga de intereses que pesaban en las relaciones con Gran Bretaña, empeñada en mantener un estoico distanciamiento entre contendientes y obteniendo réditos económicos de ambos. Llegado el momento donde Bilbao se viera sometido a circunstancias más adversas, Mr. Young podía estar llamado a convertirse en el mejor de los interlocutores con las fuerzas carlistas.

Preludios de Hostilidades

A decir de Francisco los carnavales de 1874 transcurrieron con cierta normalidad en la Villa: “[…] aunque las circunstancias no eran las más apropósito para entregarse a las bromas de carnaval, no por eso dejó de pagarle la alegre juventud el tributo de costumbre”.

Mientras, en la línea de Somorrostro todo estaba preparado para comenzar la lucha, con ambos ejércitos separados por el río Barbadun. El 19 de febrero de 1874 se encontraba el ejército liberal ocupando la orilla izquierda, desde su desembocadura hasta las estribaciones del monte Corbera que formaba la derecha de su línea, extendiéndose el ejército por retaguardia siguiendo la carretera hasta la villa de Castro Urdiales que servía como base de sus aprovisionamientos. Por su parte, los carlistas se habían fortificado a lo largo de la línea de montes y colinas que van desde las alturas del monte Montaño hasta las faldas de Triano. En el centro de su línea destacaban las iglesias de San Pedro de Abanto y Santa Juliana, convertidas en dos fuertes reductos.

Posiciones carlistas y liberales en el valle de Somorrostro
el 19 de febrero de 1874
 
Al frente del ejército liberal se encontraba Domingo Moriones y Murillo, en aquel momento con 26 batallones, 4 compañías de ingenieros, 28 piezas de artillería, 50 húsares de Pavía, que formaban un total de 11.000 hombres. A pesar de su superioridad artillera, Moriones recelaba de un ataque directo a la línea carlista, que se encontraba excesivamente favorecida por el terreno y su condición defensiva. El ejército que tenía en frente no se asemejaba en nada con la hueste que había dispersado sin complicaciones en Oroquieta en la primavera de 1872.

Sabiendo que el tiempo corría en su contra, el alto mando carlista decidió no dilatar más la espera y ordenó el comienzo de hostilidades contra la Villa, en un intento de forzar el ataque del expectante Moriones. El viernes 20 de febrero y siguiendo las estrictas normas de cortesía militar pactadas con los cónsules extranjeros, Valdespina procedió a notificar que en un plazo de 24 horas se rompería el fuego contra la ciudad. En una carta personal a su mujer desde su Cuartel de Deusto se lo relataba: “Aprovecho la ocasión de Aldamiz para decirte que seguimos buenos. Esta mañana he notificado al general Castillo y los cónsules que les doy 24 horas para que salgan los extranjeros, niños y viejos; mañana a las ocho de la mañana expira y enseguida romperá el fuego. […]”.

Ese mismo día el Marqués recorrió la línea de baterías carlistas, tal y como recoge Antonio Brea: “[…] llegó á nuestra línea el arrojado y caballeroso General Marqués de Valde-Espina, con el Coronel Fontecha, á quienes acompañamos recorriéndola toda ella á pie, no sin ser saludados por los fuertes de la plaza con algunas granadas, pues era tal la proximidad entre unos y otros combatientes, que tres hombres reunidos éramos ya causa de que nos hicieran fuego los artilleros liberales. Por cierto que al recorrer la línea nos acaeció el siguiente hecho curioso: Sabido es que Valde-Espina era completamente sordo, y diciéndonos Fontecha en su voz natural, lo feliz que era el General no oyendo el repetido paso de los proyectiles á nuestro alrededor, se encaró el Marqués rápidamente con nosotros y nos dijo: «Están equivocados: lo único que oigo bien son las balas.»”.

Primeras Bombas, Primera Sangre

Evacuación de civiles. Modificado
del diario "The Graphic" 
De acuerdo con la tregua de cortesía pactada y previamente al comienzo de las hostilidades, al amanecer del día 21 de febrero abandonaban la ciudad un buen número de extranjeros. Junto a ellos marchaban también ancianos, mujeres y niños, a los que MacMahon tachaba, en su mayoría, de carlistas: “Desde la madrugada se encaminaban al campo enemigo, por la salida de Achuri, según se les había ordenado, buen número de extranjeros y entre ellos el Canciller de consulado de Francia en funciones de cónsul; iban también muchos ancianos, niños y mujeres, pero su casi totalidad pertenecían a familias carlistas o que cuando menos simpatizaban con su causa. El comienzo del bombardeo estaba señalado para las 12 y una hora antes estaba ya toda la fuerza de la guarnición sobre las armas en los puestos. A medida que se aproximaba la hora iba creciendo la ansiedad de las muchas personas que desde lo puntos más despejados de la Villa se proponían presencia el bombardeo”. El asedio a una ciudad como un elemento de espectáculo no será una excepción a lo largo de esta guerra. La presencia de espectadores en bombardeos e incluso batallas en esta contienda fue, en cierto modo, una constante.

Finalmente un cuarto de hora después de la hora señalada, las 12 en punto, y cuando “ya principiaban a creer algunos que era todo pura farsa” se produjo el primer disparo: “[…] un penacho de humo blanco se dejó ver junto a la casa de Pichón situada sobre la cumbre de Archanda, sintiose luego el estampido de un mortero y la bomba después de haber remontado a gran altura vino a caer con vertiginosa rapidez en el antiguo astillero de Ripa donde reventó con gran estruendo. Muy poco después descubrieron otra batería detrás de las ruinas de la Casa-Monte, y a los cortos instantes la tercera en el mirador de Quintana a la izquierda del alto de Santo Domingo. Ya no había que hacerse ilusiones, teníamos sobre nuestras cabezas cuando menos tres baterías de morteros que jugaban perfectamente, pues si los primeros disparos quedaron algo cortos, no tardaron en corregirlos y no había punto alguno de la Villa que no estuviese bajo sus fuegos”.

De nuevo localizamos en el archivo del Barón de Montevilla las palabras con las que Valdespina narró a su mujer el inicio del bombardeo. mientras disfrutaba de un “refrigerio” en compañía de otro ilustre oficial carlista como era Francisco de Borja Cavero y Álvarez de Toledo: “Batería de Santo Domingo 21 de Febrero 1874: A las doce del medido día he roto el fuego contra Bilbao. En este momento que cabo de tomar un refrigerio en la batería de santo Domingo, viene un oficial a decirme que se va a Francia y te pongo dos letras en ella diciéndote que padre e hijo, Manolo y todos estamos buenos, también está conmigo Paco Cavero que, de paso para Zorroza, ha querido disfrutar de la función. Hasta ahora no tenemos desgracias, al menos en este punto. Se tira con bastante acierto”. Maria Gaitan de Ayala, refugiada en Francia, tenía a su marido y a sus dos hijos, Jose y Cándido en el frente. Es por ello que Valdespina utilizará en sus comunicaciones con ella un lenguaje donde tratará de minimizar los riesgos y calamidades de la guerra, muy posiblemente para evitar preocupaciones innecesarias. 

La primera muerte por una explosión trajo aparejada una conducta tachada "de valiente" en muchas descripciones de época, pero que perfectamente pudiera ser considerada como "suicida". MacMahon presentará en las hojas de su diario el hecho: “Sobre las dos de la tarde pasaba yo por la rampa del puente de Isabel II cuando cayó una bomba en el paseo principal del Arenal, el asistente del comandante de uno de los Batallones del Rey se arrojó sobre ella con el propósito de cortarle la espoleta, pero esta operación no es tan fácil como algunos se figuran, estalló el proyectil y el soldado, sin ser tocado por ninguno de los cascos, fue elevado a una altura de 15 a 20 pies y aunque no quedó muerto en el acto, falleció a los pocos días”. 

Pero no fue ese el único deceso registrado en ese primer día de bombardeo: “[…] oí decir que una bomba acababa de matar a un auxiliar de la primera compañía en el cuartel de ingenieros”. Francisco temió por la vida de su sobrio, Luis Briñas MacMahon, que prestaba servicio en esa compañía, y marchó rápidamente al convento de La Cruz, situado en las Calzadas de Mallona y que había sido reconvertido en cuartel: “[…] marche al punto designado donde me tranquilicé al ver a mi sobrino gozando de salud perfecta”. Allí le informaron de cómo habían sucedido los hechos: “Estaban viendo venir las bombas que cruzaban sobre el campo santo de Mallona en dirección a la Villa”, cuando una de ellas entró directa al convento-cuartel: […] al caer el proyectil se arrojaron todos al suelo, más como tardaba en estallar el joven Loizaga creyendo que había pasado el peligro se incorporó, más al aproximarse a examinar los efectos del proyectil, estalló éste con terrible estruendo, y uno de los cascos le dejó la cabeza casi separada del cuerpo”. Era la primera baja de que sufría el Batallón de Auxiliares, y el desafortunado se llamaba Faustino Loizaga Isasi, tenía 34 años, era platero de profesión y dejaba viuda a Antonia Lopez Alonso y huérfana de padre a Bernabela Bartola.

Aquel primer día de bombardeo debió ser especialmente duro para los habitantes, antesala del tipo que vida que llevarán en las semanas siguientes. A pesar de ello, MacMahon, describirá en muchas ocasiones la elevada moral (ya fuera ficticia o realmente sentida) de las gentes de la Villa: “Llegó la noche sin que por eso acallaran las baterías enemigas. A media noche recorrí la villa, todos los habitantes se habían refugiado en las lonjas y pisos bajos donde se consideraban menos expuesto. No había calle en que no hubiese casa deteriorada, en algunas de estas había desaparecido toda la distribución interior; sin embargo lejos de notarse síntoma alguno de abatimiento el espíritu era excelente”. A partir de ese día, Bilbao se sumirá en una rutina de explosiones con periodos de tensa calma.

Nuevas Baterías de Cañones Carlistas

El 22 de febrero al fuego de mortero se sumó el estruendo de dos baterías de cañones: “Los carlistas han descubierto una batería junto al convento de Santa Mónica y otra en Artagan, ambas de proyectiles sólidos, han dirigido sus fuegos contra la iglesia de Begoña”.

Efecto del bombardeo sobre la iglesia de Begoña. Original de Monney.
Fondo Sierra-Sesúmaga
Antonio Brea nos relata en su libro “La Campaña del Norte”, la necesidad de su construcción: “La de Artagán se hizo para batir en brecha á Begoña y evitar que los tiradores de su torre hicieran imposible ó muy difícil el trasladarse de un punto á otro de las posiciones carlistas, dada su dominación. Se aprovecharon para ello las dos paredes de piedra del foso de un fuerte que hubo allí en la primera guerra civil, y el tercer lado se rellenó de sacos á tierra cubriéndose además las paredes de la cañonera, con maderos y tierra, dándole el espesor suficiente para defenderse de los fuertes que dominaban á su vez la batería tanto por el número como por el calibre de sus piezas. La de Santa Mónica fue asimismo levantada por el ya citado Batallón, que se albergaba en los conventos de las Recogidas y de Santa Clara. Su construcción era análoga á la de la Batería de Artagan, con su correspondiente cumbrera blindada”.

Estas baterías “que batían en brecha a Begoña a cortísima distancia (unos 150 metros)”, fueron encargadas al mismísimo Antonio Brea, ya que el oficial a su mando fue herido de gravedad por un disparo mientras apuntaba “un cañón sobre Begoña”.

1º Batalla de Somorrostro: Batalla del Montaño

La caída de bombas sobre Bilbao tuvo el efecto deseado en el frente de Somorrostro: desde Madrid clamaban al general Moriones a dar una rápida y definitiva respuesta militar a las pretensiones de los seguidores Carlos VII en relación a Bilbao. Presionado por la premura que dictaban los acontecimientos, Moriones, aun reconociendo que su situación en cuanto a número de efectivos no era la idónea, planificó el asalto al pico Montaño, situado en el extremo derecho de la línea de defensa carlista. Este monte constituía un baluarte que una vez tomado y dada su dominancia del resto del campo carlista, despejaría el camino a Portugalete y abría las puertas de Bilbao.

El día 23 Moriones puso en movimiento a sus batallones en Somorrostro, mientras en la Villa los proyectiles carlistas devastaban uno de los 4 puentes que unían ambas márgenes de la ría: “[…] el puente colgado de San Francisco ha sido destruido completamente”.

Caridad y Peligros

Nuestro exalcalde anotará que el 24 de febrero llegará de la zona de Somorrostro el sonido de fuego de fusil y cañón que fue recibido con especial alegría, considerado como la antesala de su liberación. 

Aunque el bombardeo no había hecho más que comenzar, ya se comenzaba a notar un alza en los precios de los productos de primera necesidad, dada la situación de bloqueo al que estaba sometida  desde finales de diciembre. Pensando en los ciudadanos más desfavorecidos, se había optado por distribuir caldos de carne a muy bajo precio en el Hospital Civil, situado en el barrio de Atxuri. Como elemento añadido de participación caritativa de las clases más pudientes, se solicitó que en la inauguración alimentos estuvieran presentes la Junta de Señoras de la Cruz Roja.
Hospital Civil de Bilbao en el barrio de Atxuri. Actualmente reconvertido
en instituto. Modificado de Monney

La presidenta de esta asociación no era otra que Amalia Agustina MacMahon y Jane, y su asistencia a la inauguración de este comedor social fue especialmente accidentada: “[…] a indicación de las autoridades, la Junta de Señoras de la Cruz Roja de que era presidenta mi hermana quedó en presenciar la distribución de los caldos, que, en vista del alto precio de la carne, se ha dispuesto facilitar en el Hospital Civil, a un precio relativamente módico, a los enfermos que manden por él con certificado del facultativo que les asiste. A mi hermana, acompañada por la respetable Sra. Dª Rosa de Vallarino ha correspondido inaugurar ese servicio. No queriendo dejarles cruzar la villa solas en los momentos en que las baterías carlistas disparaban con más furia, resolví acompañarlas; en los cortos momentos que hemos tardado en travesear la calle de la Tendería han caído tres proyectiles que al tiempo de estallar dentro de aquellos viejos edificios, han arrojado a la calle muchos materiales en vueltos en una terrible nueve de polvo.[…] Tanto que al llegar al hospital los trajes negros de las dos señoras parecían grises por la mucha cal que les había caído encima. […] No era esta la única prueba que les estaba reservada; hallábanse aún en el hospital cuando han sido conducidos a él en sus respectivas camillas un hombre y dos mujeres alcanzadas por los cascos de una bomba en una casa de la calle San Francisco; el primero venía ya cadáver las otras gravemente heridas se quejaban amargamente de sus mutilados miembros, a una de ellas ha sido preciso cortarle un brazo, operación llevada a cabo con tanta rapidez como destreza por el justamente reputado cirujano mayor D. Juan Gil y Fresno”. 

Ese día corrieron rumores por las calles, completamente infundados, afirmando que el ejército de Moriones estaba ya en Sestao. Pero MacMahon no daba ningún crédito a tal aseveración: “[…] sin embargo de contar con la ayuda de una excelente anteojo, yo solo he conseguido ver el humo de fuego de fusil muy nutrido en dirección a Somorrostro y en el Abra algunos buques haciendo disparos al parecer en dirección a Portugalete o Santurce”.

Gran Decepción

El 25 de febrero Francisco manifestaba su preocupación por lo que estaba sucediendo en Somorrostro: “Aunque con menos furia ha continuado el bombardeo durante la noche, pero mucho más preocupa el ejército libertador […]”. El exalcalde pasó gran parte de ese día en los altos de Mirivilla sin lograr atisbar en ningún momento la llegada de esas tropas: “[…] desde Miravilla he visto perfectamente los disparos de artillería y creído distinguir las descargas de fusilería, […], pero en ningún concepto se encuentra situado más próximo a Bilbao que el río de Somorrostro; a las dos crece aún más el fuego, pero la distancia parece ser siempre la misma y con la venida de la noche ha cesado el estruendo de cañonazos y descargas, así como también el fuego de los morteros enemigos […]”. La Batalla del Montaño había concluido.

Los propios carlistas hicieron llegar la noticia a la Villa: “A las nueve la línea sitiadora da señales de regocijo, se siente gran repique de campanas en las iglesias de los pueblecitos próximos, las avanzadas carlistas nos anuncian a gritos que el ejército de Norte ha sido derrotado completamente […]. Si la derrota es cierta, será preciso renunciar a la esperanza de un inmediato socorro […]”.

Cura de heridos durante la batalla de Montaño. Modificado de
 "Reproducción del panorama de la Guerra Civil en el norte".
Archivo de Navarra
El ejército liberal destacado en Somorrostro había sufrido una dolorosa derrota. El propio Valdespina, en una carta privada para su mujer y firmada un par de días después de los hechos, mostraba su alegría y, en cierto modo, su asombro por el desarrollo de la batalla: “Anteayer fue completamente batido Moriones, Primo de Rivera herido, nos han dejado armas, municiones, prisioneros y heridos. Sus pérdidas se calculan en 1500, las nuestra unas 350. Esta diferencia es natural estando nosotros parapetados y ellos atacándonos con un furor cual no lo han hecho nunca; hay montones de cadáveres, hasta cuarenta apiñados. Ayer abandonaron Somorrostro y marchaban en retirada hacia Castro. Con este motivo escribí ayer a Castillo diciéndole todo y que por cortesía y deferencia a él mandaba cesar el fuego hasta las nueve de la noche; me contesto muy fino, pero algo diplomático concluyendo que hoy me contestaría largo, volví a escribirle mandaba romper el fuego, pero lo cesaría en cuanto quisiera tratar, le confirmaba la derrota de Moriones, con algunos detalles más, me contesto al momento que no dudaba ni un momento de cuanto yo le decía, que tenía completa fe en mi caballerosidad, pero por lo mismo debía comprender no podía contestarme al momento, repetía que lo haría hoy. Veremos. [..] Dios ha velado por nosotros, ya que lo lógico, lo natural, era que Moriones pasara, pero parece que ha estado esperando no solo a que se reunieran nuestros batallones, sino mirándoles impasible hacer trincheras hasta que las han concluido. Espero escribirte de Bilbao, si tal sucede, ven en persona a darnos la enhorabuena”. Valdespina achacaba a la inacción de Moriones el resultado final de la batalla, ya que esperó demasiado tiempo, dando margen suficiente como para completar defensas y reunir hombres a los carlistas. El resultado fue una derrota de eco mundial que dejó en manos carlistas “80 prisioneros, 634 fusiles y 21000 cartuchos con otros efectos de guerra”. 

No tardaron en llegar comunicaciones a Bilbao desde el campo carlista instando a la rendición. MacMahon describió que en estos despachos se aseguraba “que tienen en su poder algunos heridos del ejército del Norte a los que no les es posible asistir y preguntan por lo tanto si serán recibidos en la Villa”. Por su parte el General Castillo calificaba estas misivas como una clara estrategia para “causar pánico en la Villa”. Francisco trascribió parte de una conversación con el General donde exponía su respuesta a la solicitud de rendición: “[…] aún el supuesto de ser cierta la derrota de Moriones, acerca de lo cual no tiene más noticias que las comunicadas por ellos, conserva aún íntegros los medios militares con que cuenta la defensa de la plaza y no hay para que ocuparse de su rendición; y respecto a los prisioneros heridos que si los manda los recibirá desde luego, pero que si el objeto no es otro que el de ejercer un acto de humanidad, debía entregarlos al jefe de las fuerzas contra quienes ha peleado, en vez de enviarles a una villa que sufre bombardeo incesante sin respetar ni aún los hospitales […]”. 

Muertes de 1º Clase

Perteneciendo Francisco MacMahon a la clase más acomodada bilbaína, su relato hará especial mención de aquellos muertos relacionados con su estamento social y amistades más cercanas. Este especial obituario comenzará el 25 de febrero cuando refleje que entre los heridos: “se encuentra la pobre Dª Petra de Urquijo que lo ha sido de mucha gravedad por un proyectil. Esta pobre Sra. hija de una familia distinguida y ya metida en años estaba demente […], según todas las probabilidades morirá de su herida”.

Pocos días después, el 27 recogerá la muerte de otra “ilustre” de la Villa, Juana Baptista Libarona Artaza, viuda de Santiago María Ingunza Zamacola, que había sido alcalde de Bilbao entre 1854 y 1856: “[…] una bomba la ha dejado cadáver en su propia habitación donde se consideraba segura, por ser el piso principal de uno de los edificios más sólidos de la Villa, pero el proyectil ha penetrado en él por uno de los costados”.

El 1 de marzo será la figura de “D. Francisco Pasalagua persona muy conocida en esta villa que mortalmente herido por un casco de bomba morirá durante la noche", la que engrosará este macabro listado. Y al día siguiente anotará el fallecimiento por otra explosión de “D. Sebastián Montiel vicario de la comunidad de religiosas de la Merced”, que a decir de MacMahon “se hizo conocer más que por sus dotes oratorias en la cátedra sagrada, por sus conocimientos en intereses materiales, en muchas ocasiones, pero muy especialmente cuando el arreglo de la Compañía del ferrocarril de Tudela a Bilbao con sus acreedores”.
El Arenal de Bilbao. Original atribuida a Carlos Monney.
Fondos Sierra-Sesúmaga

El 30 de marzo las cuartillas de Francisco describirán la muerte de un buen amigo suyo, el abogado y político Manuel Urrutia Beltrana consecuencia de la herida que recibió en la mañana del 26 del corriente […]. Se hallaba en Bayona y al saber que los carlistas iban a sitiar a Bilbao se vino espontáneamente a compartir la suerte de su villa nativa y de sus numerosos amigos ¡Pobre Urrutia!, dos o tres días antes de que fuese herido, paseaba yo bajo las acacias del Arenal y me encontré con él que iba a su casa; paramos a hablar; estaba triste y me dijo “si yo llegase a desgraciarme dejaría a mi pobre hijo completamente solo en el mundo” ¿Sería este un presentimiento? ¿Prevería su alma lo que le iba a suceder? Al acompañar sus restos al Camposanto no he podido menos que recordar nuestra aún reciente y última conversación: su hijo se quedó estudiando en un colegio de las cercanías de Bayona”.

Luces y Sombras de las Baterías de Cañones Carlistas

Mientras la noticias del frente de Somorrostro seguían llegando confusas, rodeadas de innumerables contradicciones, el 26 de febrero continuaba el bombardeo sobre la villa: “Desde la cuatro hasta las nueve de la mañana ha permanecido callados los morteros enemigos, después de esta hora el fuego ha sido lento pero continuado. Las piezas de bala rasa de las baterías enemigas de Santa Monica, Artagan y la Cadena han jugado mucho contra la iglesia de Begoña”. 

Ya hemos comentado que los carlistas habían establecido las baterías de cañones para batir el acuartelamiento que los forales habían establecido en la basílica de Begoña y, especialmente, acabar con los fuegos de fusil que recibían desde su campanario. A decir de Brea estas baterías servidas con desfasados cañones lisos de bala sólida comenzaron pronto a surtir el efecto deseado: “Las baterías de Artagán y Santa Mónica empezaron su trabajo de demolición de la torre de mampostería de Begoña, logrando, al cuarto ó quinto día de cañoneo romper los blindajes de los huecos de las campanas, con lo que sí no se conseguía alejar á los forales, se dificultaba, por lo menos, su situación, mientras recomponían los desperfectos sufridos”. Citando a este oficial de artillería, a lo largo de todo el Sitio sobre la Basílica de Begoña cayeron unos 900 proyectiles.

Panorámica de Bilbao desde el fuerte del Morro. Toma atribuida a
Monney. Archivo Foral de Bizkaia (HISTORICAF AL0011/0033)
y Google Earth
Sin embargo, la actividad de estas baterías se veía notablemente entorpecida tanto por el fuego de fusil como por los disparos de artillería de los fuertes y fortificaciones liberales. Brea comentaba: “A pesar de todo su resguardo, la Batería de Santa Mónica tenía que desenfilarse de los tiros de revés del Morro, y de los de frente de Mallona y Miravilla. La Batería de Artagán, revestida de sacos de tierra, estaba también dominada de frente por los dos últimos fuertes, y de flanco por los de San Agustín y Mallona, á cortísima distancia”. Los oficiales de artillería carlista trataron de acercar una tercera batería con el objetivo de batir el improvisado fuerte de Mallona que “se construyó en una noche artillada con dos cañones lisos de bronce, de los fundidos en Arteaga. Pocos días pudo funcionar, sin embargo, porque flanqueada por las bien servidas baterías del fuerte del Morro, fué destruida por éstas á las pocas horas, y si bien se arreglaban sus averías por la noche, volvía á ser arrasada al día siguiente”. Finalmente los oficiales carlistas dieron mejor uso a esos dos cañones lisos del 12 centímetros construyendo la denominada “Batería de la Cadena Vieja”; “la cual fué dirigida con todas las reglas de la fortificación por el Teniente Coronel de Ingenieros D. José Garin”. El mismo ingeniero militar al que se le atribuye la génesis de la "trinchera carlista".

El fuerte del Morro, uno de los dos únicos baluartes militares auténticos del que en ese momento disponían las fuerzas liberales, se había convertido en un quebradero de cabeza para los sitiadores; ya que bien artillado y protegido, constituía una seria amenaza para las endebles baterías carlistas. Para hostilizarle y desviar su atención de las baterías de Begoña, el Marqués de Valdespina ordenó a un batallón que se situara en la zona de la Peña, al otro lado de la ría y se colocará un mortero en el alto de Ollargan que dominaba al Morro. Según Brea: “[…] con la única misión de arrojar bombas sobre los emplazamientos de las piezas de dicho fuerte, al mismo tiempo que los tiradores del batallón carlista hacían que los artilleros liberales no obrasen tan á mansalva como antes”. Posteriormente se añadió a este mortero una batería de cañones de “a 12 centímetros y uno rayado de á 10, para el cual se eligió terreno en Ollargán y se construyó convenientemente una cañonera para cuando lo recibiéramos”.

El 27 de febrero se hizo evidente para los sitiados y para MacMahon la presencia de esta nueva batería: “Habiendo descubierto hoy los carlistas una nueva batería en el monte de Ollargan con una pieza que hostiliza el fuerte del Morro y un mortero que dispara sobre Achuri, ha sido preciso colocar otro vigía en la torre de la iglesia de San Anton”. 

Vigías, Zapadores y Brigadas Anti-incendios

Tras varios días de bombardeo ya estaba consolidada la forma de actuar de vigías, bomberos y zapadores, siempre atentos a minimizar el efecto de los proyectiles que caían en el recinto de la villa. MacMahon describirá pormenorizadamente cómo funciona el sistema: “La compañía de bomberos situada con todo su material bajo el atrio de Santiago da una guardia que desde la torre de la misma iglesia vigila las baterías enemigas. La de zapadores tiene su punto en los arcos de la Plaza Nueva con buen número de destacamentos de a tres hombres esparramados por la Villa y cada uno de estos destacamentos tiene a su cargo un pequeño recinto.

Plaza Nueva de Bilbao. Toma atribuida a Monney. Archivo Foral
de Bizkaia (HISTORICAF AL0011/0084)
Habiendo cortado los carlistas las cañerías que conducían el agua a la villa ha sido preciso subsanar esta falta colocando en casi todas las calles depósitos de este líquido en barricas que se trasladan fácilmente al punto más conveniente. Desde el momento que aparece humo de día y por la noche el resplandor del tiro en las baterías enemigas, el bombero vigía da una campanada, muy pocos segundos después llega el sordo sonido del disparo, transcurren otros pocos segundos y se deja sentir el resoplido del proyectil que lanzado desde una gran altura a otra mayor se desprende luego sobre las villa con una velocidad grandísima arrastrando en su caída con terrible estruendo muchos materiales y en algunos caos toda una casa; viene luego el estallido del proyectil al reventar éste unido al estruendo de las paredes desplomadas. Entonces el destacamento de zapadores más próximo examina el daño causado por la bomba, si quedan algunos trozos de pared que amenazan ruina los derriban si hay principio de incendio procuran ahogarlo; más si este parece querer tomar mayores proporciones, avisa a los bomberos y estos en mayor número y bien pertrechados no tardan en dominarlo; la dificultad está en que caigan a un mismo tiempo cuatro o cinco proyectiles en el mismo recinto”.

Con el tiempo, todo lo que vivía intramuros se acostumbró a la guarecerse de las bombas: “Las desgracias personales van siendo menos frecuentes, pues hasta los perros van aprendiendo a guarecerse de los proyectiles enemigos. He visto varios de estos inteligentes animales que marchando solos por una calle desierta se han metido en un portal al sentir el tañido de la campana del vigía que anuncia la salida de la bomba del mortero enemigo”.

Como curiosidad, también reflejada en otros diarios como el de Mariano Echevarria, MacMahon alabará el trabajo de los bomberos y sus arriesgados servicios, a pesar que “más de las tres cuartas partes de los individuos que lo componen son más de ideas carlistas que liberales”.

Precariedad Carlista

El 28 de febrero amaneció con un alto en el fuego de mortero: “A las 8:30 de la mañana ha cesado el bombardeo […]”. MacMahon describió ese día como “brillante” donde la gente se atrevió a salir de sus refugios mientras comentaban “cada cual a su manera, la inacción que se nota en el campo enemigo”. Francisco anotará que, a su parecer, ese silencio “obedece a la falta de municiones, pues las bombas de ayer traían menos carga que las de los días anteriores y algunas de las que ni llegaron a estallar, parecían recién salir salidas de la fundición”. 

Esta inactividad por parte de las baterías carlistas durará hasta la finalización del mes de febrero; pero más que a la falta de municiones, era la falta de pólvora la que limitaba el trabajo de destrucción. Brea escribirá posteriormente que “luchando los carlistas con la absoluta falta de elementos, tenían que limitar su acción al empleo de los cañones y morteros cuando había pólvora recurriendo muchas veces al forzoso silencio por dos ó tres días, con tal de arrojar en uno sólo las economías de los anteriores”.
Barrio de la Peña.Toma atribuida a Monney. Archivo 
Foral de Bizkaia (HISTORICAF AL0011/0052) y Google Earth

Ante la manifiesta escasez de pólvora en los depósitos carlistas, el localizar un almacén conteniendo gran cantidad de este material fue recibido con notable júbilo. En la noche del 5 al 6 de marzo, tras un combate, los carlistas se hicieron con 304 cajones de pólvora “que con destino a la explotación de minas existían depositadas en una casa situada entre nuestra avanzada y la suya por el lado de la Peña […]”. Antonio Brea relató: “El júbilo nos hizo montar enseguida á caballo y marchar al Crucero, que era un edificio situado en la confluencia de las carreteras de Derio y Bilbao. Allí nos esperaban el Comandante General de Artillería y los Comandantes Vélez y García Gutiérrez. A la simple vista nos pareció á todos pólvora de mina, y habiendo extendido un reguero de ella de un metro de longitud vimos con desaliento que el fuego tardó en recorrer tan pequeño trayecto, minuto y medio, reloj en mano. ¡Cuál no fué nuestro desconsuelo entonces!”. Desconsuelo tal vez, pero eso no impidió su utilización.

Vida de Sitiados vs Sitiadores

El 2 de marzo el diario hace referencia al cambio meteorológico: “Llueve desde el día de ayer”. Las precipitaciones sumadas a la cantidad de escombros que impedían la circulación de las aguas generaba una situación de insalubridad añadida: “[…], hemos amanecido con grandes lagunas que viene a empeorar las condiciones higiénicas de la población”.

Francisco aprovechará este hecho para reflejar algunos retazos de las condiciones de vida de los bilbaínos, bajo el prisma de la estricta moral que imperaba: “[…] casi su totalidad, por resguardarse de las bombas, habita aglomerada en lonjas o suelos bajos muy húmedos en todos tiempos y escasos de la luz y del aire necesarios para la conservación de la salud. Cada lonja ofrece el aspecto de una verdadera tribu de gitanos: se ven en un mismo local distintas familias viviendo en comunidad, todos amalgamados y en muchísimas casos, sin separación de sexos”.  Continuaba esta descripción de pura precariedad añadiendo: “Es muy frecuente ver en un local de unos dos mil pies, de cuarenta a cincuenta personas de todas las edades, sexos y condiciones que sin salir de él, cubren absolutamente todas la necesidades de la vida”. 

En contrapartida con la forma de vida de la población sitiada, la rutina diaria de los soldados carlistas parecía mucho más cómoda. Brea redactará: “La vida en los acantonamientos carlistas era lo más satisfactoria posible; […] Al amanecer rompían la diana las músicas y charangas de nuestros batallones, cuyos acordes daban siempre lugar á algunos cañonazos con que nos saludaban los fuertes enemigos, máxime si á continuación de la diana entonaban los nuestros “la Pitita”, lo cual nos recordaba los gloriosos días de la campaña de África, en la que también nuestras dianas causaban igual efecto que en los republicanos, en los moros, quienes casi siempre contestaban á balazos á las músicas de los españoles”.

Antonio Brea no dudó en mostrarnos la otra cara de una moneda, donde el asedio y la destrucción de una población se describe como una experiencia más contemplativa, y aparentemente los oficiales departían amigablemente ajenos al efecto destructor de sus baterías y cañones: “Los oficiales y los voluntarios desayunaban frugalmente, y cada cual se iba al punto que tenía designado desde la víspera. Los más madrugadores oían Misa, que decían los capellanes en los templos habilitados para el culto; el más concurrido lo era el de las Recogidas, donde se alojaba la Artillería y la fuerza franca de servicio del Batallón de Bilbao.

"Boulebart". Toma atribuida a Monney. Fondo Sierra-Sesúmaga y
Google Maps
Los que no tenían misión señalada en el servicio del día, se encaminaban á las alturas de Monte-Abril, Santo Domingo y Axpe, desde dónde se distinguían claramente los movimientos y los disparos de ambos ejércitos en Somorrostro, ó bien se iban á las baterías de morteros á pasar el tiempo viendo lanzar bombas sobre la plaza liberal. Las baterías de cañones no eran tan visitadas, no por el peligro que en ellas podía correrse, y que no era escaso en verdad, sino porque sus emplazamientos no podían contener muchos curiosos. Sin embargo, casi toda la oficialidad del buen Batallón de Bilbao desfiló por ellas, ofreciendo su ayuda á los artilleros y proporcionándonos la satisfacción de disfrutar con frecuencia de su excelente compañía, […].

A las doce cesaba el fuego, se descansaba hasta las tres de la tarde, y al regresar á sus acantonamientos los carlistas, veíanse acompañados siempre por los multiplicados disparos de los fuertes liberales. La noche se pasaba viendo arrojar bombas sobre la capital de Vizcaya, la cual desde un principio había suprimido el alumbrado de casas y calles, para no ofrecer tan fácil blanco á los disparos, relevándose de noche, también por análoga razón, el servicio entre los carlistas”.

Sinfonía de Destrucción

A lo largo de todas las anotaciones que dejará MacMahon para la posteridad, se intercalarán las descripciones de los estragos producidos en las construcciones de las Villa. Tanto será así que el 5 de marzo dejará constancia de la imposibilidad de continuar su labor como Presidente de la Comisión Permanente de la Propiedad en relación a “ir tomando una razón de los daños causados por el bombardeo en el caserío de la villa”, dada la magnitud de destrucción.

Esta ruina afectará por igual a moradas de familias carlistas y liberales, desde humildes residencias a grandes mansiones, ya fuera en el interior de las Siete Calles o en las zonas adyacentes. Y por si esto fuera poco, la visión del fuego y destrucción se convertirá en un elemento de disfrute que atraerá a numerosas personas con el ánimo de contemplar el intento de reducir una ciudad a escombros.  El 8 de marzo apuntará que “con motivo de ser domingo y hacer un tiempo hermosos ha sido mucha la afluencia de gentes del interior que se han venido a contemplar la destrucción de Bilbao desde las cumbres de las montañas que por todas partes nos rodean, y los artilleros carlistas deseosos de demostrar su destreza nos han sacudido con furia […]”. Citando al historiador Azaola el bombardeo no estuvo fundamentado en razones militares, sino en condicionantes políticoas y psicológicos “y entre esas razones, una de las más importantes era la de que había que satisfacer la ilusión que el carlismo vizcaíno tenía puesta en la conquista y la humillación de Bilbao, su tradicional enemiga”.

Puente "Isabel II" destruido por la fuerza de las aguas y destrucción producida
por los proyectiles en distintos lugares de  la villa. Archivo Foral de Bizkaia
Explosiones e incendios se sucederán en las páginas del diario, pero frente a lo esperable, no siempre fueron granadas y teas carlistas las causantes de la totalidad de la desolación. Así, el 13 de marzo MacMahon registrará que “los morteros enemigos han jugado muy lentamente, en cambio el fuego de nuestras baterías ha sido muy vivo por la tarde; he tenido el sentimiento de ver meter varias granadas en las hermosas quintas qe mis amigos D. Gabriel Maria de Ibarra y su hijo político D. Jose de Vilallonga tienen en la Cava; esos bellos edificios de muy reciente construcción han debido quedar muy estropeados; la presencia en aquel sitio de dos compañías carlistas ha motivado ese percance”.

Estos “percances” acontecieron a lo largo de todo el Sitio, incluido el llegar a forma alrededor de la zona de defensa un área de “tierra quemada”: “[…] he visto ardiendo varios edificios y entre ellos la casa de Abaitua próxima a campo santo de Begoña; preguntada la causa de la destrucción voluntaria de aquellos edificios se me ha contestado que por su proximidad al recinto se alzan, estorbaban su defensa y podrían servir al enemigo”.

A medida que la infantería carlista iba tomando puntos más cercanos al recinto liberal, los edificios en litigio o que sencillamente “molestaban”, ya fuera para atacar o para defender, iban siendo derruidos: “Durante la noche de ayer a hoy han incendiado los carlistas la casa de Ugarte en el Campo Volantín, separada solo por el estrecho camino de Tívoli de la casa de Enderica que ocupa nuestra avanzada por aquella parte. […] durante la noche han incendiado las casas de Zuazo situada próxima a las tapias del jardín de la casa palacio de Allende en Albia, punto avanzado este último, que desde el principio viene guarnecido por fuerza del batallón de auxiliares”. Otras edificios suntuosos que acabaron siendo pastos de las llamas, fueron la casa de Luis Leon, el ex-gobernador Civil o la Tomás Zubiría Ybarra: “durante la noche, el enemigo ha construido una nueva barricada en el Campo Volantín frente a la casa de León. La casa ha sido incendiada por los carlistas y completamente destruida por las llamas, así como también la del Señor Zubiria, situada encima de las huertas de la villa”. 

Plaza Santiago. Toma atribuida a Monney. Archivo
Foral de Bizkaia (HISTORICAF AL0011/0083) y Google  Maps
La arquitectura religiosa también sufrió importantes daños. Deteriorada por el fuego de cañón carlista la basílica de Begoña, tampoco se salvó la catedral de Santiago. El 8 de marzo “una bomba ha penetrado en la misma torre de Santiago en que estaban colocados los vigías […]. La esfera de reloj se ha venido a la plazuela en una sola pieza a la explosión del proyectil; ha sido herido aunque no de gravedad, uno de los vigías”. 

Otro elemento de primera necesidad como el agua corriente también se vio afectada y a mediados de marzo se suprimió el alumbrado a gas, “esta medida se ha tomado en vista del peligro que ofrece de noche el reconocimiento del daño causa por las bombas, pues ha acontecido ya varias veces que al aproximar la linterna a una cañería rota por la explosión de un proyectil, se inflama el gas y se produce una gran llamarada que puede ser causa de un incendio y pone en peligro la vida de los operarios”.

Como curiosidad, se procedió a retirar de los pisos abandonados los colchones: “[…] habiéndose observado que la paja de los muchísimos jergones que han quedado en las habitaciones, desiertas en su mayor parte, es una de las causas que más contribuye a la propagación de los incendios se ha ordenado vaciar todos los jergones aludidos”.

Deserciones 

Aunque no numerosas, y según indica Ruiz de Azua, hubo deserciones en ambos bandos. Así, el 5 de marzo Francisco hacía referencia a la llegada a la Villa un desertor carlista con noticias del frente, del que Francisco desconfiaba enormemente, afirmando que “esa deserción es motivada por alguna picardía o con algún mal propósito”.

Toma parcial de Bilbao desde San Agustín al puente de El Arenal.
Toma atribuida a Monney. Fondos Sierra-Sesúmaga y Google Earth
En el campo liberal uno de éstos “abandonos” fue especialmente comentado: En la noche del 13 al 14 de marzo se había pasado al enemigo el teniente de una de las contraguerrillas “[…] Villachica, joven de una buena familia de la Encartaciones pero muy mala cabeza. El motivo de su deserción ha sido una reyerta habida con un jefe de superior graduación a la suya en una mancebía, se ha llevado consigo otros cuatro hombres de la fuerza que mandaba y como es audaz y conoce los puntos débiles de la defensa, será fácil que el día menos pensado intente sorprender alguno de los puestos avanzados”. Esta anotación nos hablará de un Bilbao de ambiente más sórdido, muy alejado de los  ambientes en los que se suele mover MacMahon.

El desertor, Julian Villachica Santelices, había nacido en Artziniega en 1848. En el archivo foral consta que en 1873 era sargento de la guardia foral en el "destacamento de Valmaseda" y que llevando más de un año en campaña "no había recibido ningún premio por ello". Tal vez con el ánimo de encontrar en otro grupo armado el reconocimiento que se le negaba en los forales, solicitó que se le permitiera “pasar a la contraguerrilla republicana". Si bien en un primer momento parece que esta solicitud fue denegada, a primeros de 1874 se nos presenta en los archivos como teniente de la "contraguerrilla de Vizcaya".

Su paso por estas milicias tampoco parece ser que le colmó de gloria y a mediados de febrero de ese año se le abrió un "auto criminal" promovido de oficio por el Juzgado de Primera Instancia de Bilbao contra su persona "y la de Raimundo de Garayo Bargondia, natural de Vitoria, teniente y alférez respectivamente de la contraguerrilla de Vizcaya, sobre injurias y malos tratos a Ricardo de Bicuña Diago, comandante capitán del Regimiento de Infantería Inmemorial de Bilbao". Todo parece indicar que este altercado, con todo un comandante capitán del ejército regular le llevó un mes después a abandonar su puesto y pasarse a las filas carlistas.

Esta deserción tal vez no hubiera tenido mayor repercusión que la anecdótica, si en los mentideros de la Villa no hubiera circulado el rumor de su responsabilidad en la caída del puesto avanzado que los liberales habían colocado en la villa propiedad de Juan Eustaquio Delmas, uno de los prohombres de Bilbao, periodista, escritor e impresor. 

Quema de la Casa Delmas

MacMahon describirá el 15 de marzo como un día especialmente doloroso: “Hacía ya tiempo que al hacerse el relevo de la avanzada situada en la quinta de Delmas se armaba un gran tiroteo que iba creciendo de día en día. Poco después de la media noche se ha sentido un vivísimo fuego de fusilería en aquella dirección y era evidente que los carlistas estaban atacando la quinta. La oscuridad era grandísima, la casa estaba guardada por 35 carabineros con abundantes cartuchos a las órdenes de un oficial, tenían además la seguridad de ser socorridos en cuanto fuese de día […]. El general Castillo que, muy luego de haberse principado el fuego, se presentó en la puerta de San Agustín, supuso, como era de suponer que 35 soldados aguerridos en aquella situación resistirían sin ningún cuidado hasta la mañana y no consideró oportuno ni prudente abrir las puertas y mandar fuerzas en su auxilio mientras fuera de noche. El fuego ha continuado siendo vivísimo hasta poco después de las cuatro, hora en que ha cesado de repente y se ha visto arder la casa; era pues evidente que los carabineros habían perdido la serenidad de espíritu que era de esperarse de ellos, y amedrentados sin causa bastante, o habiendo mal gastado sus cartuchos se habían rendido”.

En un intento de apretar el cerco, las fuerzas carlistas habían decidido atacar las avanzadas liberales. La planificación de esta acción simultaneaba un ataque sobre la Casa Consistorial de Begoña ocupada por fuerzas forales y un asalto a la señorial casa de Juan Eustaquio Delmas, bilbaíno de reconocido prestigio, que tenía su villa convertida en cuartel de carabineros. Citando a Joaquin Llorens, para esta operación se distribuyeron seis compañías del Batallón de Durango (al mando del Barón de Sangarren) y dos del batallón Munguia. Según indica este oficial carlista, sus hombres fueron rechazados por dos veces, pero finalmente consiguieron dar fuego a la casa, cuyos defensores “al verse rodeados por las llamas, se rindieron a discreción”. 63 años después el anciano voluntario durangués Victor Arroita Maguna Zelaya contaba a un periodista en 1937: “Yo fui uno de los que tomaron la casa Delmás en el campo Volantín. Fui yo mismo el que la puse fuego. Este episodio del Sitio de Bilbao ya casi nadie lo recuerda, pero tuvo entonces mucha resonancia”. 

El máximo perjudicado de todo aquello fue el dueño de la casa, Juan Delmas, que al expolio y robo que decía haber ya sufrido, perdió completamente su mansión y todo el material que en ella se encontraba, incluida una extensa y rica biblioteca. Finalizada la guerra, y dada la amistad que, según indica Azaola, les unía por haber compartido estudios en la universidad de París, no dudo en cartearse con el Marqués de Valdespina, responsabilizándole de la destrucción de su patrimonio y preguntándole por la “necesidad” que hubo de quemarla.  

Julian Villachica el “desertor”, reconvertido en adulado capitán carlista, aparecerá citado en las crónicas tradicionalistas como uno de oficiales que más contribuyeron a la toma del puesto avanzado. De hecho en una carta del Marques de Valdespina fechada el 22 de marzo de 1874 se ensalzaba la labor de este hombre: “De Bilbao se ha pasado un tal Villachica con cinco voluntarios y se ha portado con un valor que no se puede describir, él fue quien cogió los treinta carabineros de la casa de Delmas. Todo el mundo está aturdido de su valor”. Pero Villachica no tendrá una vida larga en el campo carlista; posiblemente, como resultado de algún lance de guerra, fue enterrado en Galdakao el 3 de agosto de ese mismo año.

Indignación Popular

A ojos de MacMahon, aun asumiendo que “[…] el autor de esta hazaña ha sido Villachica […]”, lo realmente preocupante fue la rendición de los carabineros y lo explicaba de la siguiente forma: “Las fuerzas compuestas por hombres casados ofrecen muchos inconvenientes; siendo uno de ellos, el que cualquier desgracia que en las del ejército regular pasa casi desapercibida, llega a tomar proporciones de calamidad pública. Muchos de los carabineros que se han rendido son casados y sus mujeres e hijos al tener conocimiento de lo ocurrido durante la noche, se han lanzado a la calle dando gritos lastimeros”. No era la primera vez que esta imagen se mostraba asociada al cuerpo de carabineros, baste recordar lo sucedido en los fusilamientos de Endarlatza por parte del Cura Santa Cruz en 1873.

La pena y el malestar exteriorizado en las calles fue aprovechado por agitadores del partido republicano para cargar contra el General Castillo y su aparente inoperancia en el rescate de los carabineros: “Unos cuantos descontentos procedentes en su casi totalidad del partido republicano federal, y mal avenido, por consiguiente con las medidas de orden tomadas por el general Castillo, han tratado de explotar el sentimiento del dolor producido por la vista de aquellos desgraciados,en daño del General, atribuyendo la perdida de aquellos hombres a no haber sido socorridos a tiempo. La voz fue cundiendo, se formaron grupos y de unos de estos salió el grito de “¡abajo el general Castillo!”, y “¡viva al brigadier Salazar!”. Durante varias horas se fueron produciendo pequeños chispazos donde los más exaltados aclamaban al militar y político de origen castreño Ramon Salazar Mazarredo presidente de la Comisión de Armamento y Defensa, muy popular entre los bilbainos y cuya casa había sido pasto de la llamas en la noche del 6 al 7 de marzo.

MacMahon criticará la “pasiva” actitud del alcalde de la villa por no sofocar este conato de rebelión: “[…] cuatro palabras dichas por un alcalde de brío haciendo resaltar la fealdad de aquel asqueroso motín, cuando teníamos a las puertas de las villa al enemigo hubieran bastado para hacerlo cesar; pero esas palabras no se llegaron a decir y trascurrieron varias horas […] antes de que se disolvieran los grupos”.

Enemigo a las Puertas

En los días siguientes y con la eliminación de la molesta avanzada de la casa Delmas, los carlistas fueron acercándose a la puerta fortificada de San Agustín. Para ello fueron tomando posesión de palacetes y villas, que habían sido construidas en el entorno privilegiado del Campo Volantín bajo el auspicio de apellidos de lustre como: Delmas, Zubiría, Ibarra, Gurtubay, etc.
Toma parcial de la ría Bilbao desde Ripa. Se observa  el fuerte de San
 Agustín, la puerta y batería de la Marina; a la derecha, el palacio
 "Quintana". Archivo Foral de Bizkaia ( HISTORICAF AL0011/0020)
y Google Earth

Según describirá MacMahon el día 16 de marzo: “El enemigo ha ocupado las quintas del Campo Volantín hasta el callejón que conducen a Tivoli, desde donde con su fusilería molesta mucho a Sendeja, Estufa y Arena; nuestras baterías han disparado contras dichas fincas con el intento de hacerlas desocupar”.  Desde luego, no debía ser del agrado de las tropas carlistas que ocupaban las casas solariegas del Campo Volantín, el ser objetivo primordial de la artillería liberal y en un intento, bastante curioso, de detener la caída de proyectiles sobre sus cabezas manifestaron a los dueños de las mismas su intención de reducir todas las casas a cenizas, si no intercedían a su favor: “[…] han recibido los dueños de las quintas que constituyen la barriada nueva de Campo Volantín una curiosa comunicación del jefe del Batallón de Durango, amenazándoles con quemar todos los aludidos edificios si no consiguen con su influencia que no sean molestadas por los fuegos de la plaza los fuerzas carlistas que los ocupan”. Por supuesto no hubo contestación satisfactoria para el campo carlista y la artillería siguió haciendo fuego sobres esos lujosos edificios, condenados a quedar reducidos a escombros, ya fuera por el fuego carlista o por los proyectiles liberales. 

2º Batalla de Somorrostro: Batalla de San Pedro de Abanto

Desde el 5 de marzo Valdespina ya era conocedor que Domingo Moriones había sido sustituido al frente de las tropas del Norte por el mismísimo Presidente del Poder Ejecutivo de la efímera I República, el general Francisco Serrano y Domínguez, Duque de la Torre, que llegaba acompañado de todo el Estado Mayor Central; y junto a ellos, avanzaban 8.000 hombres de refuerzo con más piezas de artillería. El Marqués dejará reflejado en una carta personal: “[…] también están aquí Serrano y Topete con todos los refuerzos que pueden recoger de toda España, de suerte que estamos en vísperas de otra gran batalla de la que pende la suerte de Bilbao. Si Serrano con todos los medios de que dispone no rompe la línea, Bilbao caerá indudablemente, si logra socorrerla le costara un río de sangre. De todos modos la cosa tiene que decidirse pronto: mientras tanto yo sigo hostilizando al pueblo donde los destrozos son ya de mucha consideración”.

Francisco Serrano y Dominguez.
Wikipedia
Hasta el día 19 de marzo continuaban los trabajos de organización, municionamiento e intendencia de las tropas liberales en Somorrostro; tomando posiciones para comenzar de nuevo las operaciones, pues ya se habían reunido todas las fuerzas posibles que sumaban: 41 batallones, 7 compañías de ingenieros, 140 guardias civiles, 50 miqueletes y diferentes escoltas de caballería. Entre 22.000 y 30.000 hombres y 50 piezas de artillería. Este segundo ataque era impacientemente esperado, ya que la enorme concentración de tropas en el “insalubre valle de Somorrostro”, había propiciado la aparición de disentería y diariamente pasaban a los hospitales muchos oficiales y soldados.

Por su parte las tropas carlistas aumentaron su número de efectivos con la llegada de nuevos batallones hasta completar 28, con un total de 15.000 hombres, repartidos entre el frente de Somorrostro y el sitio de Bilbao, con la manifiesta ausencia de artillería efectiva, una notable multiplicidad de fusiles y una clara carestía en municiones. Dispuestos a no ceder terreno, se ocuparon en mejorar sus defensas visto el notable destrozo que causaba en los parapetos la artillería del ejército liberal. Bajo las órdenes teniente coronel José Garin Vargas se abrieron zanjas, trincheras, donde se ocultaban hasta la altura de la cabeza los soldados, comunicándose entre sí y cruzando los fuegos para defender de forma efectiva sus posiciones. 

Entre el 21 de marzo y el 27 de marzo las baterías carlistas se silenciaron, mientras la ciudad se llenó de rumores referentes al nuevo comienzo de hostilidades en Somorrostro. MacMahon ya lo vaticinaba: “[…] hay gran movimiento en el campo enemigo y creo que no hemos de tardar mucho en salir de la incertidumbre en la que estamos”. 

El 24 de marzo, Serrano envió a Madrid el siguiente telegrama: “Dispuestas todas las fuerzas, y dadas las órdenes oportunas, al amanecer de mañana romperé el ataque a la línea enemiga, apoyada la izquierda por el mar con la escuadra. El ministro de marina me acompaña en este cuartel general. Solo suspenderé el ataque si un imprevisto temporal de aguas se opusiese. Espero que este ejército cumplirá con su deber”.

El 25 de marzo comenzaba el ataque sobre las líneas carlistas de Somorrostro, en el que sería el segundo intento de romper sus defensas. MacMahon escribirá que el inicio de la lucha se percibió en la Villa con “muchísimo fuego de cañón y después descargas cerradas de fusilaría”. La lucha fue enconada, estando a punto de conseguir rebasar los liberales las defensas carlistas por su extremo izquierdo  en el momento que, abrumados por el fuego que recibían, el 1 de Guipúzcoa, cedió sus trincheras al enemigo. Salvada la situación con la llegada de refuerzos carlistas y la falta de empuje liberal, el día terminó sin avances sustanciales por parte del ejército libertador.

Batalla del 25 marzo. Modificado de "Reproducción del panorama de la
Guerra Civil en el norte". Archivo de Navarra
Al amanecer del día siguiente, el Marqués de Valdespina hacía partícipe a su mujer de sus pensamientos y de lo ocurrido el día 25: “Seguimos aquí fiados en Dios y la Virgen. Serrano atacó ayer por la izquierda nuestra de Somorrostro, al principio tuvimos desventaja: el enemigo se apoderó de tres posiciones nuestras. El ataque parece que fue impetuoso (yo no estaba) pero achacan al 1º de Guipúzcoa no haber cumplido bien, ni medio bien. No sé lo que sucederá pues conozco el batallón que lo he tenido a mis órdenes y es bueno, buenísimo. Sea lo que fuere perdió la posición y fue causa de la perdida de otras dos; esto fue a primera hora de la mañana y a las diez estaban ya recuperadas dos, pero la tercera se quedaron con ella […]. Por otra parte tuvimos ventajas como que se hicieron bastantes prisioneros. Resumen de la acción: quedo en tablas. […] Esta mañana (26 de marzo) ha empezado el fuego donde concluyó ayer y sigue, no sé cómo, pues aun no tengo parte, pero no avanza el ruido; la escuadra nos cañoneo como ayer, pero no logra el desembarco. […] Bilbao está pendiente de un hilo. Si Serrano no pasa, sin remedio tiene que entregarse; son días de crisis terrible; vuelvo a decir: Dios y su Santa Madre nos asistan”.

Al día siguiente, la batalla comenzó con más furia si cabe. En un intento de hacer prevalecer la superioridad en cuanto a material y efectivos, Serrano optó por la peor de las decisiones posibles: romper la linea carlista por su centro, acometiendo a la bayoneta el reducto de San Pedro de Abanto. En Bilbao se sentía la lucha empeñada “[…] con tanta o más violencia que ayer. A medio día el estruendo y la humareda eran verdaderamente infernales […]. Con la venida de la noche se ha restablecido el silencio y quedamos en la misma incertidumbre que ayer acerca del resultado de la lucha […]”. 

Y por tercer día consecutivo, el 27, Francisco reflejaba la enorme ansiedad que se respiraba en la ciudad mientras volvía de nuevo el estruendo de los morteros carlistas: “con la luz del día han llegado a nosotros el rumor de la batalla nuevamente reanuda en el Valle de Somorrostro, […] la opinión general es que el ejército libertador ha conseguido romper la línea que le oponía al enemigo. Más de ser así, no se comprende que los morteros enemigos callados desde hace una semana hayan vuelto a molestarnos desde las dos de esta tarde hasta el anochecer en que han callado. Aguardamos con gran ansiedad el día de mañana”.

Nueva Decepción

La ansiedad se tornó en decepción para los sitiados y en alegría para los sitiadores. El resultado de la segunda gran batalla de Somorrostro terminó con ambos ejércitos tremendamente vapuleados, pero con los carlistas aferrados a sus posiciones.

Siguió el fuego de mortero sobre la villa y las noticias que recibió MacMahon “por conducto fidedigno” no eran nada buenas: el ejército libertador no había roto el frente. “El silencio guardado por la fusilería en aquella dirección durante el día de hoy, y el repique de campanas en las anteiglesias vecinas […] hacen suponer que (la noticia), desgraciadamente, puede ser cierta. De todos modos es preciso disponerse a obrar como si lo fuera, tratando de mitigar el efecto moral que su publicidad ha de producir dentro de la plaza, y viendo de economizar todo lo posible las municiones de boca y guerra que nos quedan para prolongar la defensa hasta el último límite”. 

Intimidación con Medias Verdades 

Con el cambio de mes “[…] han permanecido silenciosas las batería enemigas; pero en cambio han hecho circular por la Villa […] valiéndose de los agentes secretos que indudablemente tienen los carlistas dentro de la plaza, sin que las autoridades haya podido impedirlo, varios ejemplares de la siguiente proclama:

"Bilbaínos: El destino de Bilbao fue escrito en Somorrostro el 25 de mes pasado y confirmado en los días 25, 26 y 27 del mes que fina, en los mismos campos. Sangrienta fue la lucha, pero esta ha sido horrorosa. Más de seis mil españoles han quedado en el campo, en su mayoría del ejército de socorro como es natural, puesto que se baten a cuerpo descubierto y son españoles los combatientes. Siete batallones de cazadores han quedado en cuadro y mandados por capitanes. El cadáver del General Primo de Rivera ha sido enterrado ya, y el general Loma está expirando. Por nuestra parte también hemos tenido sensibles pérdidas. El General Ollo ha sido víctima de un casco de granada y el Brigadier Rada herido, aunque no de gravedad. Doloroso es que los españoles nos destruyamos así unos a otros sin motivo que pueda justificarlo.

Depositada la suerte de Bilbao en manos del ejército de socorro, el 25 de febrero fue derrotado Moriones y eso debió bastar para que una población sensata, floreciente y rica y consagrada principalmente a la propiedad de su industria y su comercio se decidiera ajena a pasiones políticas a poner en salvo sus vidas y haciendas. Quiso esperar. Un mes ha necesitado aquel ejército para rehacerse después del revés sufrido y durante su transcurso se ha decidido sin descanso a allegar cuantioso artillería y aglomerar sin perdonar sacrificio, cuántos recursos ha podido reunir.

Convencido el Rey de que Bilbao quería esperar a toda costa el resultado de una nueva batalla y compadecido de los sufrimientos, desgracias y ruinas de la población, quiso acelerar la hora del choque decisivo y ordenó, como se hizo, que fuese bombardeado San Juan de Somorrostro ocupado por las tropas de la república. Llegó al fin el momento tan deseado, y tres días de un empeñadísimo, sangriento y horroroso combate han declarado cerrado el paso a Bilbao.

Una abnegación y heroísmo como la de los Numantinos podía tener solo explicación ante un enemigo extranjero, entre españoles es insensato, a la par que inhumano y cruel. El Rey no se impacienta por ser dueño de Bilbao, su suerte está dicha, escrita está. Se duele tan solo de que cuatro obcecados que tendrán sin duda muchas culpas pendientes, jugándose vengativos se engañen y engañen arrastrándose a una resistencia que más que a la defensa de Bilbao tiende a su propia defensa bajo la máscara de patriótica abnegación.

El Rey ha dicho muchas veces; no quiero ser Rey de un partido sino de todos los españoles; quiero devolver a esta desgraciada nación hoy juguete y víctima de la ambición de algunos, la paz y bienestar con la prosperidad y nombre que el mundo entero envidiará un día; y para bello, y español de raza y corazón, está dispuesto a todo género de sacrificios. El nieto de cien Reyes heredero de una cuantiosa fortuna, no puede buscar nombre ni posición.

Al llevar a cabo la gloriosa empresa de conquistar un reino, a cuyo gobierno como monarca tiene derechos legítimos e irrenunciables, cubre un sagrado deber y no hace más que afrontar la inmensa responsabilidad de sus actos en recompensa de la dicha de devolver a su pueblo la felicidad que tanto anhela y necesita.

Ahora bien, si sus voluntarios entran en Bilbao por una capitulación honrosa para todos, puesto que una sola es nuestra honra, seréis respetados, yo os lo garantizo; pero si obcecados insistís en prolongar una resistencia que no tiene razón de ser, preciso será entrar a viva fuerza y en medio de la confusión consiguiente, no sé hasta qué punto alcanzarán mis esfuerzos a contener a los que por efecto de esa resistencia han perdido un general en quien adoraban.

Al dirigiros estas palabras cumplo con mi conciencia como cristianos, como español y como soldado, y sobre vosotros descargo la responsabilidad de las ruinas y daños que a Bilbao sobrevengan en lo sucesivo.

Meditad despacio. Que el cielo os ilumine y al decidiros, el mundo os juzgará y nos juzgará, encargándose la historia de colocar a cada cual en el lugar que le corresponde. 

Cuartel General de Deusto a 31 de marzo de 1874. El Comandante General de este Señorío. Marqués de Valde-Espina”.

Sobre este documento pesaban varias “inexactitudes” que el propio MacMahon desarrollará en su diario: “Si este documento me pareció entonces redactado con artera intención, ahora que con la debida calma y un exacto conocimiento de los sucesos puedo juzgarlo, no alcanzo a comprender como el Marqués de Valde-Espina que blasonaba de caballero y leal soldado […] pudo suscribirlo; pues hay en él tal número de falsedades que, mientras aspire a tener decoro, no podrá volverlo a leer sin que se le ruborice el semblante”. Y en cierto modo no le faltaba razón, porque ni el general Fernando Primo de Rivera estaba enterrado, ni el oficial Jose María Loma expiraba. Sin embargo Nicolas Ollo y Teodoro Rada "Radica" sí habían muerto y el ejército carlista estaba tan extenuado que su alto mando ya se planteaba proceder a una retirada táctica y abandonar el Sitio, evitando una derrota que pudiera ser definitiva.

A favor del Marqués de Valdespina cabe decir que las noticias que llegaban del frente fueron notablemente confusas. De hecho, en una carta fechada el 3 de abril dirigida a su mujer mantiene como ciertas algunas de las afirmaciones que erróneamente hizo llegar a Bilbao en su manifiesto: “Desde del día 28 vivimos en paz. Los días 25,26 y 27 fueron terribles; no es posible ver cosa igual y no se comprende que nuestros batallones hayan podido resistir a tanta artillería y a infantería tan superior en número. Las pérdidas enormes: las nuestras no bajarán de 1500, las suyas sobre 4500, ha muerto Primo de Rivera y Loma debe morir si ya no ha muerto ya”.

Continua la carta bajo un componente intimamente familiar, donde Valdespina a pesar del aparente logro de su ejército, todavía mantenía una duda razonable respecto a la toma de Bilbao: “Es seguro que volverán a atacar con más refuerzos y aunque el entusiasmo de nuestra gente es grande, temo que al fin logren entrar en Bilbao, por eso creo que debes suspender tu viaje hasta ver en que para esto. Si entramos en Bilbao te vienes a Bilbao, si no entramos veremos que hace la columna y en todo caso, podrías venir a Durango sin despedir tu casa. Si como espero dominamos el país aunque no Bilbao, este verano podrías tomar los baños en Lequeitio donde podría también ir yo. En fin, veamos primero qué es de Bilbao y luego veremos”.

De Provisiones e Higiene

El gobernador militar trató de mantener bajo control las provisiones existentes, sin embargo este espíritu intervencionista en el libre mercado de oferta y demanda, llegó un poco tarde. De hecho, no fue hasta el 29 de marzo, y ante la evidente demora que iba a sufrir de nuevo la liberación de Bilbao, cuando el General Castillo hizo fijar un bando donde se requisaban todas las harinas de trigo y maíz con el objeto de su racionamiento. Además se establecieron las bases “para el suministro de pan por raciones a la población y cuerpos armados”.

Fábrica de pan y molino del Pontón (1897).
Tomado de "Siempre Bilbao"
Estando ya las despensas muy vacías, se intentó la realización de alguna salida extra-muros para conseguir algunas provisiones adicionales. MacMahon describirá la accidentada entrada de algunos sacos de harina al depósito general: “Hay pues que pensar seriamente en la cuestión de subsistencias y teniendo las autoridades noticia de que en la fábricas de harinas del Pontón existía algunos trigos, se ha dispuesto que una corta fuerza de cazadores de Alba Tormes saliese en su busca. Esta fuerza acaba de regresar trayéndose unas ochenta fanegas de aquel grano, pero acosada por los carlistas se ha retirado con alguna precipitación y con pérdida de un oficial y un soldado muertos y dos solados heridos”.

Y el 4 de abril anotará con cierta sorna: “[…] termina la cuaresma del corriente año, pero no los ayunos de los bilbaínos sitiados y su guarnición puesto que el pan y la carne de vaca y hasta el vino común se han consumido completamente y la alimentación tiene que concretarse a carne de caballo, arroz, habichuela, haba seca y garbanzo”.

Paralelamente a la mala alimentación, al menos en lo tocante a las clases medias y bajas, en el diario también encontramos una referencia a la higiene, o mejor dicho, a la falta de ella: “[…] como la alimentación va ya siendo mala, y mucha la fetidez que se nota en algunas calles, efecto de la aglomeración de las gentes en reducidas lonjas sin ninguno de los requisitos indispensables a la vida, y la consiguiente detención de las inmundicias, urge mucho, y se manden tomar medidas de limpieza para impedir el desarrollo de una epidemia que pudiera venir a hacer más apurada nuestra ya harto crítica situación”.

Tiempo de Reflexión y Grandes Sustos

Los días fueron transcurriendo en una absurda rutina de destrucción, seguido de periodos de tensa calma. Mientras en Somorrostro los corresponsales extranjeros daban cuenta de las amigables conversaciones que a pie de trinchera se sucedían entre hombres que hacía pocos días se habían despedazado, en Bilbao el cerco continuaba sin avances. Valdespina reflexionaba sobre la futilidad de la empresa que le habían encomendado, dando cuenta de sus opiniones a su mujer: “[…] en el sitio seguimos lo mismo y saldré con mi primera opinión de la que todo el mundo se me burlaba: no era de opinión de atacar a Bilbao con los escasos recursos que teníamos que los juzgaba insuficientes, opinando siempre que nunca entraríamos en Bilbao por la fuerza, y en caso solo por hambre y que éste lo sufrirían hasta comerse los zapatos; todos se me reían y hubo General, que decía que Bilbao no resistiría cuatro días de bombardeo; ahora van viendo que tenía razón; y yo, dudando cada vez más en la entrada, pues Bilbao puede comer todavía aunque mal, muy mal, pero al fin puede comer tres semanas, y en tres semanas….  En fin, sea lo que Dios quiera, que solo queriéndolo Él entraremos […]”.

Auxilar señalando una bomba sin explotar en las cercanías del puente del
Arenal. Modificado de una toma atribuida a Monney.
Y mientras Valdespina redactaba esta carta en su Cuartel General de Deusto, ese mismo día, 6 de abril, le tocó a MacMahon sufrir de forma directa la caída de los proyectiles. Comenzaba su relato con un cierto toque de humor: “Como llevábamos ya cinco días sin bombas, muchas personas abandonado los incómodos rincones en que vivían aglomeradas, se han subido a dormir a las habitaciones, pero de una a dos de la madrugada han principado a jugar, con más furia que nunca, las baterías de Pichón y Quintana [..] y les ha faltado tiempo para volver a sus antiguas guaridas, muy ligeras de traje algunas de ellas”.

Con la llegada de la noche, MacMahon volvió a su casa buscando el merecido y reparador descanso: “[…] aún no me había cogido el sueño cuando una bomba penetrando por el tejado y taladrando los suelos del desván, 4ª y 3ª habitaciones ha venido a parar la pasillo de la 2ª. Allí la he estado sintiendo arder algunos segundos y al estallar ha derribado la mayor parte de los tabiques de aquella habitación y algunos cacos penetrando por los techos han venido a derribar también varios de los del piso primero al que habían venido a refugiarse los vecinos de todas las demás habitaciones en la confianza de las bombas no llegarían tan abajo. Al hacerme cargo de lo ocurrido he dado por seguro que habría muchas desgracias que lamentar, pero encendidas la luces y disipada un poco la densa polvareda […], vimos con tanta sorpresa como satisfacción que nadie estaba herido […]”.

Pero no todo había quedado ahí: “[…] dos de las sirvientas que se habían subido a dormir al 2º, al sentir estallar el proyectil, se han levantado aterradas y al encontrase conque un tabique derruido o caído sobre la puerta principal de la habitación impedía que esta pudiese abrirse, azoradas y sin recordar que había otra puerta de escape, se han salido al balcón pidiendo socorro”. La respuesta de auxilio no tardó en llegar, pero siendo el jefe de zapadores un republicano, MacMahon no puede evitar reflejar lo siguiente en su diario: “Un piquete de zapadores capitaneado por un ebanista, republicano por cierto y como tal, muy imperioso en el mando, ha acudido a los gritos y con más celo que discreción se disponía a hacer astillas la puerta con sus picos y martillos, costándome no poco trabajo el hacerles comprender que había otra puerta que estaría cerrada por dentro, pero que las sirvientas, un tanto tranquila a mi voz, no han tardado en abrir y salirse por ella”.

Lamentablemente para el exalcalde, el edificio donde habitaba parecía haberse convertido en un imán para las baterías carlistas. Al día siguiente otro disparó consiguió colocar una bomba en el edificio adyacente a su vivienda declarándose un incendio que se intensificó por el fuerte viento: “A eso de la una consiguieron incendiar la casa Nº 3 de la calle de Santa María inmediata a la que nosotros ocupamos; ha habido momentos en que el fuego impelido por el huracán amenazaba llevarse toda la manzana. Dos mortales horas he permanecido en el tejado procurando que las llamas que han llegado a penetrar en nuestros propios desvanes no tomaran incremento. Merced a los titánicos esfuerzos de los bomberos, zapadores y auxiliares de reten que han trabajado como negros se ha conseguido dominarlo y extinguirlo cuando era ya de día […]”.

Vicente Albalat Navajas (1840 -
1874). Fondo Orbe
Pero tampoco la vida resultaba fácil para los sitiadores, por mucho que las crónicas de Antonio Brea nos traten de dar una imagen de aparente tranquilidad. Las baterías liberales, al contrario que las carlistas, estaban dotadas de suficiente munición y pólvora como para responder furiosamente al bombardeo carlista, haciendo prevalecer el alcance y precisión de su artillería rayada. En otras ocasiones entraban en liza francotiradores que hacían buen uso de sus flamantes fusiles Remington para causar bajas entre las filas carlistas; y en otras ocasiones, era el propio infortunio el que hacía acto de presencia. El 10 de abril, Valdespina relataba a su mujer que “en medio de lo desgraciado que fue ayer tu día, fue feliz para nosotros, tu Santa Patrona nos protegió. A la mañana se disparó un fusil y mató a un voluntario; a la tarde haciendo yo mi ronda de costumbre el exministro de marina, el coronel Chacon, Albalat el Mayor y Cándido que estaba de guardia. Federico venía con el anteojo. A poco vino una granada que hirió a Albalat (que murió a los poco minutos) al coronel Chacon no de gravedad y muy levemente a Candido, a Federico le rompió la chaqueta sin hacerle daño. El exministro y yo fuimos los solos, con Ramón Altarriba los que salimos ilesos son más que vernos llenos de polvo y tierra. […] Bilbao cada vez más tenaz y sin embargo entre la gente proletaria ha habido ya algunas defunciones de hambre”.

Temporal de Lluvia

En la meteorológicamente cambiante primavera de 1874, un fuerte temporal de lluvia azotó con fuerza el Cantábrico provocando una tregua forzosa entre los bandos contendientes. Pero el cese obligatorio de hostilidades no frenó la destrucción de la Villa, siendo la crecida de la ría la causante de acabar con otro de los puentes de Bilbao: “Después de una noche de las más tormentosas, hemos amanecido con una fuerte avenida. Al anunciarse el bloqueo se habían hecho venir a la villa la mayor parte del gran número de gabarras que existían en la ría diseminadas a la carga y descarga de los buques. Estas embarcaciones se habían ido situando en puntos determinados, y sus dueños, ausentes unos y ocupados en la defensa de la plaza otros, las tenían casi abandonadas cuidándose muy poco la cuestión de amarras. Sueltas casi todas, impedidas por la fuerza de la corriente, se han venido muchas de ellas estrellarse con terrible estrépito, contra el puente de Isabel II , y cediendo una de sus pilas se ha hundido uno de sus tramos imposibilitando así la circulación y dejando las dos orillas del río son más medio de comunicación que el empinado puente de San Antón […]”. Y es que anteriormente, el 20 de marzo, el bombardeo había inutilizado el Puente de los Fueros.

Puente de San Anton. Toma atribuida a Monney.
Fondos Sierra-Sesúmaga y Google Earth
Además de dejar unidas ambas orillas de Bilbao por el más vetusto de sus puentes, las tormentas convirtieron las trincheras en acequias, deshaciendo parte de las defensas de uno y otro ejército. MacMahon recogerá un comentario que el propio General Castillo le avanzó en una conversación privada: “[…] Estoy seguro que la riada se ha llevado también los puentes que los carlistas han tenido tirados sobre el río y como sus fuerzas están concentradas en la orilla izquierda para atender la línea e Somorrostro, no sería difícil apoderarnos, a poca costa, de las baterías y morteros enemigos, pero ya sabe Usted…”. Es decir, el General Castillo justificaba la aparente inacción de las tropas bajo su mando en la falta de municiones suficientes de sus tropas.

Pero esta pasividad era fuente de críticas por parte de un sector de la ciudadanía. MacMahon trascribirá indignado lo que observado en las calles tras dar por finalizada su tertulia con Castillo: “[…] Una hora después me he despedido del General a la puerta de su casa, y al desembocar por la calle del Correo en el Arenal (LUGAR), he visto varios corrillos en los que se hablaba con mucho calor. Me he acercado a uno de ellos y sin extrañeza, pero con profundo disgusto, he oído que estaban censurando a Castillo de la manera más grosera y ofensiva porque aprovechando la desaparición de los puentes de los carlistas no hacía una salida para coger los morteros enemigos. Con cuanto gusto hubiera apostrofado a aquellos imprudentes haciéndoles ver la indignidad de su injusto proceder; pero ante la importancia de no dejar traslucir nada que pudiera dar a sospechar siquiera que la plaza está escasa de municiones de guerra, me he retirado de allí sin despegar los labios, reflexionando en la mucha importancia que generalmente se da y la ninguna que los hombres públicos deben dar en situaciones críticas a las manifestaciones populacheras”. 

Supuesto retrato de Juan Diez Cordero,
con la indumentaria con la que atravesó
la lineas carlistas. Tomado del diario
"La Guerra Carlista: Periódico bilbaíno 
liberal...y no coitao". Impreso 
el 2 de mayo de 1908. Archivo Foral
 de Bizkaia
Los siguientes cuatro días continuaron las lluvias y los morteros carlistas silenciosos. Además el desapacible tiempo tuvo algunos elementos positivos para los sitiados: “[…] La copiosa lluvia de anoche ha barrido las cloacas y hecho desaparecer todos los montones de porquería que se habían ido aglomerando en diversos puntos de la Villa y que venían siendo una amenaza constante para la salud pública, siendo difícil su desaparición por los medios ordinarios, atendida las grandes proporciones que habían llegado a adquirir y al escasez de gente disponible”.

También la relajación del frente por efecto de las percipitaciones permitió la entrada directa de noticias de Somorrostro. En la noche del 13 al 14 de abril “favorecido por el mal tiempo de ayer y la lobreguez de la noche un trepido carabinero Juan Diez Cordero” había logrado atravesar las líneas carlistas llevando en su poder una comunicación del Jefe del Estado Mayor del Ejército del Norte, López Domínguez al general Castillo, avanzándole la pronta llegada de Manuel Gutierrez de la Concha, Marqués del Duero “con veinte mil hombres” adicionales.

Bajo el pertinaz aguacero que había sumido a los ejércitos en un estado de letargo, el Marqués de Valdespina se cuestionaba lo que pudiera pasar en un futuro cercano, con un nuevo Cuerpo de Ejército amenazando hacia la línea de Somorrostro: “[…] pero Bilbao firme, dicen que no tienen pan, vino ni carne, pero si garbanzos y arroz para bastante tiempo ¿Quién podrá más el hambre o el ejército de socorro? Es cuestión que no me atrevo a decidir, pero sí que pasar les costará caro, muy caro”.

Nuevos Planes en Somorrostro

El alto mando liberal destacado en Somorrostro ya estaba gestando un plan de flanqueo de la línea de defensa carlista. La sangría de hombres y materiales no era sostenible en el tiempo. Serrano, al igual que su antecesor, Moriones, había fracasado estrepitosamente ante el campo atrincherado que habían desplegado sus oponentes. Sus mínimos avances, ensalzados como grandes victorias por la prensa afín, no podían difuminar la realidad de no haber hecho efectiva su superioridad armamentística y numérica sobre un concepto táctico novedoso: la trinchera carlista. Su reputación y la del tambaleante gobierno que encabezaba pendían de un hilo, mientras el foco de la opinión pública nacional y extranjera estuviera puesto en el levantamiento del Sitio de Bilbao y la derrota carlista en Somorrostro. El 4 abril ya se había puesto, una vez más, la maquinaria logística para llevar al frente a un nuevo Cuerpo de Ejército al mando de Manuel Gutiérrez de la Concha e Irigoyen, Marqués del Duero.

La carta que el carabinero había introducido en la Villa incitaba a continuar con la resistencia en la esperanza de una pronta liberación: “Pronto levantaremos el cerco; a resistir pues, ánimo a esos valientes y que se defiendan; en breve se franqueará la ría”. Esta misiva fue indudablemente recibida con grandes muestras de alegría por algunos, pero MacMahon reflejará en su diario un elemento más objetivo, donde la realidad de los combates de marzo y la crítica falta de alimentos en la villa, predecían un futuro más oscuro que el que prometía, por tercera vez, el alto mando liberal.

De Gastronomía “Detestable” a “Inexistente”

Coincidiendo con la llegada de esta nota, el general Castillo no tuvo más remedio que colocar otro bando referente a todo el alimento disponible en la villa, donde finalmente se establecieron precios máximos y duras penas a las que se verían abocados aquellos que incumplieran sus órdenes. Ni tan siquiera el alimento enlatado parecía estar en disposición de paliar la escasez, y a decir de MacMahon, “[…] debo añadir que el alimento en latas, siempre poco apetitoso, hastía muy pronto hasta el punto de hacerse repugnante, y no hay estomago por muy fuerte que sea, que lo pueda resistir como alimentación diaria”.

Y es que a medida que los días avanzaban, la cantidad y calidad de los alimentos paulatinamente se iba reduciendo y el 9 de abril, Francisco anotará: “Hoy se ha variado la fabricación del pan; hasta ahora se ha venido elaborando éste con harinas de cuarta clase, pero al fin era comuña; ahora lo amasan con 60% de harina de trigo nada bueno y 40% de haba molida hace un conjunto detestable y aunque una junta de respetables facultativos, reunida al efecto, ha declarado que no será nociva a la salud y que las sustancias de que se componen son buenas para la alimentación, dudo mucho que la generalidad de los estómagos puedan resistirla como alimento diario por mucho tiempo”. 

Pan. Tomado del blog "Memorias de Getxo"
El 19 de ese mismo mes se acabó el trigo: “La alimentación va empeorando de día en día, concluidas hasta las harinas de ínfima clase se ha principiado a elaborar con maíz muy malo un ilusión de borona que no es comible”. A pesar de este nuevo intento del Gobernador Militar para controlar el gasto en alimentos, MacMahon anotará los exorbitantes precios que se llegan a pagar por comestibles como las patatas y de la búsqueda de proteínas en otros animales, más o menos, domésticos: “La carne de caballo hace el gasto principal y se hace cruda guerra a los gatos y ratas.” Y es que la carne de caballo tuvo una notable aceptación, y cuando por causas del bombardeo algún equino caía víctima de los cascotes, eran inmediatamente descuartizado y vendido, oficialmente “a razón de doce cuartos la libra”.

A partir del 26 de abril ya no hubo pan de ninguna clase: “Concluida la harina de maíz ya no tenemos ni pan, ni comuña, ni borona ni cosa que se le parezca. La fuerza armada tendrá desde hoy café y copa de aguardiente por la mañana y durante el día tres ranchos que nadie podrá comer, máxime no teniendo ni pan ni vino”.

A decir de Ruiz de Azua la falta de víveres “fue soportada de muy diversa manera por las distintas clases sociales” de la villa. “Indudablemente quien llevó la peor parte fue la clase media que, ya en la sociedad del Sitio, anticipa el calificativo de “sufrida” con que se la reconocerá, con toda justicia, más tardíamente. Su sentido del decoro, tan intrínsecamente vinculado a su personalidad, le impedía acudir a la beneficencia pública”. Una vez gastados todos los ahorros familiares, no les quedó más remedio que subsistir, manteniendo su porte de dignidad. Por su parte la clase más pudiente que permaneció entre los muros tuvo suficiente patrimonio como para obtener vituallas y alimentos vedados al resto.

De Himnos, Paseos, Comunicaciones y Esperanzas

La mejora del tiempo y el silencio, siempre sospechoso, de las baterías carlistas, permitieron a los bilbaínos participar de algunos entretenimientos, como la presentación oficial del “Himno de los Auxiliares” ante el General Castillo el 17 de abril. MacMahon citará en su diario que pudo escuchar la canción en boca de “una serenata de circunstancias de una bonita orquesta con su cuerpo de coros, compuesta el todo de jóvenes auxiliares […]”. Días más tarde, el 19 de abril se repetiría el evento, pero esta vez bajo una actuación más formal en el teatro de la villa. 

Puente de los Fueros, actualmente desaparecido. Toma
atribuida a Monney. Fondo Sierra-Sesúmaga y Google Earth
Con las miradas de la ciudad puestas en el horizonte de Somorrostro y con la placentera sensación del silencio prolongado de los morteros carlistas, MacMahon relatará el 21 de abril: “Ociosos como en los días anteriores los artilleros del campo enemigo, ha pasado el día con tranquilidad, circulando por las calles más gentes que de costumbre”. Y es que entre los pocos elementos de diversión que quedaban para los encerrados entre los muros, se encontraba el paseo, la tertulia y la serenata musical. Ruiz de Azua establece que el paseo constituyó más que una diversión una necesidad, que en muchas ocasiones se vería truncado por el fogonazo de un mortero y la sonido de la campana de aviso.

Tampoco faltaron la lectura y la tertulia de los diarios que publicados dentro de la ciudad o introducidos de extraperlo llegaban a manos de sus habitantes. Destaca especialmente el diario liberal "La Guerra", que se publicó de forma específica durante el Sitio, dando cuenta de los distintos avatares de la vida en la ciudad.

En el intento de poner la ciudad en comunicación con el exterior, específicamente con Somorrostro, Francisco referirá el intento de colocar en el fuerte de Mirivilla un sistema de señales marinas. Pero él propio escritor hizo notas las escasas esperanzas que tenía en la utilidad real del artefacto: “[…] vista su situación, el tamaño de las banderas y la gran distancia que nos separa del ejercito libertador, me parece muy difícil que por este medio se consiga comunicaciones con él”. Y lo cierto es que del ejército libertador no llegaban noticias, salvo el sonido de sus cañones cumpliendo con el horario castrense: “[…] nuestros anteojos fijos en dirección a Somorrostro que solo nos envían por boca de sus cañones los buenos días y las buenas noches de ordenanza a las horas de salida y puesta del sol”.

Se cumplían ya dos meses desde que se inició el bombardeo: “Entrada ya la noche se ha principiado a sentir en dirección al mar frecuentes disparos de cañón de gran calibre que han seguido hasta media noche, haciendo renacer en la población la esperanza de un inmediato levantamiento del Sitio”. Un día después, el 23 de abril, Francisco hacía hincapié en sus esperanzas: “[…] por otra parte el ejército de socorro no puede ya tardar en hacer su movimiento de avance. Este estado de ansiedad es mucho más terrible que el bombardeo”.

Con el paso de los días se estaba llegando al límite de existencias y MacMahon comentará: “[…] las defunciones van aumentando de una manera alarmante, y se nota también algunos casos de demencia; hablando hoy con personas peritas en la materia, me han manifestado, bajo la mayor reserva por supuesto, que estos son síntomas evidentes de que los medios de alimentación no que contamos van ya siendo insuficientes para el sostenimiento de la salud, y que bajo ese punto de vista nuestra situación puede hacerse insostenible de un momento a otro […]”. 

Parlamento Extranjero

Los extranjeros que habían quedado en la Villa, pensando en que el Sitio no iba a ser prolongado, llevaban tiempo solicitando una tregua que permitiera abandonar el cerco. El Cónsul de Inglaterra había intentado en varias ocasiones, sin éxito, volver a pactar las condiciones para una nueva salida de sus compatriotas. MacMahon refiere los hechos fechándolos el 25 de abril: “Casi todos los días hago una visita al Cónsul de Inglaterra, quien como tengo dicho, desde el principio del bombardeo trasladó su vivienda personal al palacio de la Señora Viuda de Zumelzu en Albia. Y cuando, como hoy no nos bombardean y no hago falta por consiguiente en el casco de la villa, suelo quedarme algunos ratos paseando con él en el jardín. Hace ya tiempo que varios ingleses que, creyendo que la cosa no sería tan seria, no quisieron salir de la villa al principiar el Sitio, le vienen acosando para que obtenga de los jefes carlistas autorización para poder hacer ahora lo que no quisieron hacer entonces. Las diversas gestiones que ha practicado hasta ahora con ese fin no han dado resultado; pero según me ha dicho hoy, cree que los jefes de las fuerzas carlistas no se atreverán a negársela en vista de una nueva comunicación sumamente enérgica que acaba de dirigirles”.

Y es cierto que la diplomacia británica tenía un cierto poder en determinadas decisiones carlistas, que emanaban del juego de equilibrio que precisaba una medida neutralidad con intereses en ambos lados. Los carlistas no querían bajo ningún concepto soliviantar en exceso al imperio británico, con un notable peso específico en la economía del país y específicamente, en el campo de la minería.

Antesala de la 3º Batalla de Somorrostro

Finalmente en Somorrostro estaba todo preparado para comenzar el movimiento de flanqueo por parte de las tropas liberales al mando del General Concha. Además, la puesta en marcha del plan no admitía demora alguna, ya que a notable mejoría del tiempo estaba influyendo muy negativamente en el campamento liberal, dada la cantidad de efectivos reunidos. De esta forma se manifestaba un corresponsal de prensa: “[…] El cambio de tiempo hace sentir un calor prematuro y poco favorable para la salubridad del campamento: el primer día de calor hubo 140 bajas y no son muchos menos las que se producen diariamente en este valle casi cerrado a todos los vientos, y donde tanta gente se halla aglomerada”. Con un calor impropio de la primavera, comenzará el movimiento de las tropas del 3º Cuerpo de Ejército.

Mediación de MacMahon ante el Cónsul Ingles

Todavía ignorantes de lo que estaba a punto de desencadenarse en Somorrostro, el 27 de abril MacMahon comentará que “[…] el tiempo es brillante, pero los grandes incendio de montes no nos permiten ver lo que pasa por Somorrostro; sin embargo cuando nos lo ocultan no debe sernos perjudicial”. Ese mismo día dejará constancia que el Cónsul de Inglaterra ya tiene la correspondiente “autorización de los jefes carlistas para que mañana a las ocho puedan salir por el camino de Miraflores los súbditos extranjeros que tengan por conveniente”. 

Dada la amistad que unía a Francisco con Mr Young, Pilar Aranguren Alzaga, una distinguida gipuzkoana del aristocrático linaje de los Condes de Monterrón, se puso en contacto con su persona para solicitar su mediación ante en Cónsul inglés con el objetivo de poder incorporarse a la salida de civiles extranjeros. Según indica Francisco, esta dama, prima del Marques de Valdespina, había quedado accidentalmente en el interior de la plaza cuando llegó a Bilbao para ocuparse de su enfermo tío Mariano Artazcoz Plaza y que había terminado falleciendo el 15 de febrero a resultas de su dolencia. Desde entonces Pilar había intentado infructuosamente abandonar el bloqueo sin conseguirlo. 

Aparentemente MacMahon no tuvo problema alguno en hacer valer sus contactos para conseguir que esta dama, “aunque muy española” se incorporase a la gente inglesa, tomando bajo su responsabilidad la salvaguarda de su persona. 

3º Batalla de Somorrostro: La Batalla de Las Muñecas

En el amanecer del 28 de abril se hizo fuego en toda la línea de Somorrostro. Había comenzado la que iba a ser la última de las grandes batallas de la Campaña. Mientras el 1º y 2º Cuerpo de Ejército liberal presionaban el campo atrincherado carlista en Somorrostro, el general Concha y su estado mayor se reunían en el Pico Helguera observando el terreno y trazando los planes de ataque para flanquear la línea carlista por el puerto de las Muñecas. Frente a ellos se mostraba un aparente débil defensa a instancias del veterano Castor María Andechaga Toral que comprobaba cómo sus dos batallones de encartados eran la primera línea de contención ante todo un 3º Cuerpo de Ejército compuesto de más de 15.000 hombres y artillería.

Visita al Campo Carlista

Ese mismo día, y sin ser conscientes de lo que estaba sucediendo en Somorrostro, se procedió a la salida de un nuevo contingente de extranjeros de la ciudad: “El día sereno y despejado ha sido sumamente caluroso; aunque con algún retraso de la hora señala, pues mediaba la mañana, cuando el Sr. Dn. Horacio Young, Cónsul de SM Británica ha salido al frente de una caravana de sesenta a setenta personas ingleses y franceses en su casi totalidad y entre ellos algunas señoras y niños, dirigiéndose al puente de Bolueta donde han sido recibidos por el Marqués de Valde-Espina, continuando a pie hasta Galdácano, de donde arranca hoy el servicio de carruajes para el interior de país vascongado, siendo condición precisa que la caravana ha de continuar por Durango hasta la frontera francesa escoltada por fuerzas carlistas. Tanto que el Sr. Young como el Sr. Rochet quien a falta de cónsul y de canciller se ha encargado del consulado de Francia accidentalmente y ha salido en calidad de tal, acompañando a los súbditos franceses, han quedado en volver después de hacer la entrega; y yo deseoso de tener noticias de mi recomendada la Sta. de Aranguren y de saber también si en su viaje han conseguido averiguar algo que nos conviniera saber, he estado pendiente de su regreso; pero antes que los cónsules han venido a visitarnos las bombas enemigas. 

Puente "nuevo" de Bolueta
Después de veinte días de completo reposo, momentos antes de dar las 6 de la tarde ha hecho el primer disparo la batería de Quintana y seguidamente las de Pichón, Casamonte y Ollargan, pero con tal furor que no parece si no que arrepentidos de su quietud tratan de recuperar el tiempo perdido. Una cosa ha llamado mucho mi atención; parecía natural que después de tanto días de silencio los servicios estuvieran descuidados; pues nada menos que eso, en cuanto ha aparecido el penacho de humo blanco en Quintana, antes del estampido del mortero se ha sentido la campana del vigía que anunciaba el disparo y toda la tramitación de costumbre se ha seguido haciendo como si solo hubiese pasado un minuto desde el ultimo disparo”.

Propuestas de Rendición

Tras haber realizado su labor humanitaria y recibir la obligada cortesía por parte de la oficialidad carlista, que incluía la invitación a un pequeño banquete, los cónsules de Francia e Inglaterra retornaron a Bilbao con noticias que podían desestabilizar la frágil situación de Bilbao. 

MacMahon no tardó en hacer acto de presencia en el palacio de Zumelzu, deseoso de conocer lo que habían presenciado en el campo enemigo y el resultado de la encomienda respecto a la prima de Valdespina: “Han sido ya las siete cuando me han avisado que los cónsules estaban ya de vuelta e inmediatamente me he dirigido la consulado de Inglaterra, allí los he encontrado a los dos verdaderamente aterrados por lo que en el campo carlista habían oído acerca de la suerte que a Bilbao le esperaba; y después de decir que Valde-Espina había acogido muy cariñosamente a su prima y después de representar la farsa de quererla obligar a regresar con ellos a la plaza, había concluido por agenciarle toda clase de facilidades para ir donde ella deseara; me han manifestado su impresión de la larga entrevista que han celebrado con el jefe de las fuerzas carlista, en cuya compañía han comido”.

Efectivamente, en una corta nota que el Marqués de Valdespina redactará, dejaba constancia del hecho: “Su Majestad permitió la salida de Bilbao a los franceses e ingleses, con ese motivo estuve ayer en el Puente Nuevo; los cónsules comieron conmigo y hay de ver el gusto con que comían el pan; los extranjeros siguieron a Durango y los dos cónsules volvieron a Bilbao al anochecer. […]”.

Panorámica de Bilbao desde la Naja. Fondo Sierra-Sesúmaga
y Google Earth
Los cónsules, completamente ajenos a lo que en ese momento estaba sucediendo en las faldas de los montes que suben hacia las Muñecas, expresaban a MacMahon que se encontraban completamente desalentados tras conversar con la oficialidad carlista. Según reflejará en su diario los diplomáticos extranjeros: “Consideran que la situación de la plaza es completamente desesperada, dicen que tienen los carlistas una grandísimo acopio de bombas al pie de sus morteros y que no han de cesar de bombardear mientras quede una casa en pie; que es de todo punto imposible que el ejército de socorro consiga romper la línea carlista, siendo tal su seguridad acerca de este punto, que no ponen inconveniente en autorizar a que, una comisión de la plaza, pase a cerciorarse por sí misma; concluyendo por autorizarles a que en su nombre hagan al General Castillo la siguiente propuesta. Los carlistas cesaran de hostilizar a la plaza por un plazo de quince días, durante los cuales el ejército libertador, en cuyo conocimiento se pondrá lo convenido, haría cuanto esté a su alcance por libertarla; más si termina el plazo sin haberlo conseguido, la villa capitulará obteniendo sus defensores y vecindario condiciones muy honorificas que quedaran estipulada de antemano. Estas son las condiciones que los cónsules competentemente autorizados por Valde-Espina iban a ofrecer a Castillo y a mi llegada al palacio de Zumelzu se estaban disponiendo a venir al pueblo”.

Vista la importancia del mensaje y de las funestas consecuencias que pudiera tener en el ánimo de la población, MacMahon advertirá a los cónsules la intención de ser él mismo el interlocutor directo con Castillo, partiendo diligentemente. Tras buscarle infructuosamente en su casa, finalmente le localizó en la Plaza Nueva, paseando junto a Eduardo Victoria de Lecea Arana, otro exalcalde Bilbao que había formalizado el proceso de anexión de la anteiglesia de Abando y por aquel entonces enrolado, como muchos otros, en el Batallón de Auxiliares.

Con premura MacMahon les refirió con todo detalle la propuesta traída por los cónsules: “[…] el general que, con pausada entonación, pero como quién ha tomado una resolución inquebrantable, me ha contestado, en los términos más afectuosos que me agradecía mucho esta nueva prueba de acertada prudencia y de buena amistad, con tanto más motivo cuanto está resuelto a no dar oídos a nada que pueda traducirse como síntoma de debilidad, que él no ve la cosa tan desesperada […]. He preguntado enseguida si hay inconveniente en los cónsules al dar contestación negativa al jefe de las fuerzas enemigas que incluya, en pago a la comida que les ha dado en Galdácano, unas cajas de cigarros habanos de que tenemos buen repuesto en la plaza y carecen en el campo enemigo y me ha contestado Castillo que pueden hacerlo sin ninguna clase de inconveniente”. 

Francisco procedió a cruzar de nuevo la ciudad, trasladando a los diplomáticos extranjeros la respuesta de Castillo, que no contaban con el aplomo del que hacía gala el militar; siendo necesaria la ayuda de MacMahon para formalizar por escrito la respuesta, que junto a una buena provisión de puros habanos, le harían llegar a Valdespina. 

Aquel día del 28 de abril de 1874 fue especialmente complicado para MacMahon: “[…] he vuelto a cruzar por cuarta vez, en medio de un furioso bombardeo dirigido principalmente en aquella dirección, los ruinosos arcos del puente de Isabel II y rendido de fatiga me he metido en mi cuarto a hacer estos apuntes, que acaso algún día, lleguen a ser interesantes”. 

Mientras MacMahon mojaba la pluma en el tintero en el anochecer de aquel día, las fuerzas carlistas habían abandonado sus posiciones en las Muñecas retirándose hacia Sopuerta. El General Concha ocupaba el paso y dejaba abierta la puerta para el levantamiento del Sitio, remitiendo el siguiente mensaje al general Reyes, al mando de las tropas de retaguardia del 3º Cuerpo de Ejército: “Comunique V. E. al Excmo. Sr. Duque de la Torre que la 1º División de este cuerpo ha tomado las posiciones de Las Muñecas, donde me encuentro, por la derecha y parte del centro. La 2º División, por la izquierda, ha encontrado un terreno insuperable; pero el enemigo queda rebasado completamente y tendrá que abandonarlo. La jornada muy calurosa y de gran fatiga en una subida constante de hora y media. No conozco las pérdidas. Acampo aquí”.

Órdago de Valdespina 

El 30 de abril y mientras persistía el bombardeo, MacMahon recibió una carta manuscrita de su amigo Mr. Young donde le avanza que el cónsul francés le haría entrega de un importante despacho rubricado por Valdespina que iba dirigido a nombre de ambos cónsules. En este comunicado, el jefe de las fuerzas sitiadoras, tras los pertinentes previos de cortesía imprescindibles entre caballeros, reconocía que “hemos sido atacados por los republicanos y deploramos la muerte de General Andéchaga y otras más; las pérdidas del enemigo han sido numerosas y les han obligado al parecer a desistir de sus pretensiones de romper nuestra línea por cuya razón se me figura tendrán V.V que presenciar al fin el ruinoso y hambriento estado de esa población en su caída. Yo como vizcaíno lo deploro, quisiera poner remedio y no lo encuentro. La pertinacia de los defensores de Bilbao sería heroica, si tuvieran una bandera yo el primero en ensalzarlos; pero para su desgracia y crean V.V a un honrado militar, siento que al fin de sus penalidades no encuentren ni la lástima de los fantásticos a que defendieron […]”.

Panorámica de Bilbao desde San Agustín. Fondo Sierra-Sesúmaga y
Google Earth
MacMahon no dudó en incorporar a sus memorias las buenas impresiones que le causó esta carta: “Yo interpreto el contenido de la carta en un sentido muy favorable para nosotros. Tenemos ya la seguridad de que las operaciones han principado; la muerte de Andéchaga deja también en el campo enemigo un vacío difícil de llenar; hombre de mucho prestigio en el país, contribuyo acaso más que ningún otro a que el levantamiento carlista tomase incremento y fue siempre enemigo sañudo de esta Villa; además el lenguaje que en ella guarda Valde Espina varía mucho del que tuvo con los cónsules en la entrevista del día 28 en Galdácano”.

Francisco trasladó con inmediatez al General Castillo esta carta, encontrándolo en su despacho: “[…] he esperado a que estuviésemos solos y entonces he sacado la carta original y se la he alargado. Grande ha sido sus satisfacción al leerla, y después de una corta conferencia hemos convenido a hacer pública la noticia […]”. Si la intención de Valdespina fue la de presionar a los defensores de Bilbao para deponer su actitud, consiguió el efecto contrario.

Aquel mismo día el ejército carlista veía rebasada su defensa de Somorrostro tras un heroico, pero infructuoso intento de defensa a cargo del Coronel Solana y el 4º de Castilla en Galdames. El Sitio de Bilbao, cuyo resultado se había jugado en los campos Somorrostro, presentaba ya un claro ganador.

Retirada Carlista

Desde que ha sido de día se ha visto claramente que las fuerzas enemigas estaban en movimiento y a primera hora de la mañana ha dado al público el general la siguiente comunicación: Según partes que recibo de Begoña y Mirivilla resulta que la facción que se hallaba en las líneas de Somorrostro ha emprendido su retirada en la mañana de hoy sin duda por efecto de las pérdidas que ha sufrido entre las que se encuentra la de D. Castor Andéchaga que ha muerto en los combates sostenidos en estos días. A las nueve de esta mañana se ven ya batallones en dirección del alto de Banderas y se han contado once en las primeras casa de Basurto viviendo de Burceña. Las posiciones entre Somorrostro y Portugalete parecen abandonadas. […] el movimiento de retirada de los carlistas, que ya no admite duda, puesto que a la caída de la tarde hemos visto luchar claramente en la falda de Santa Águeda, y al terminar el día, fuerzas que indudablemente son nuestras, nos han anunciado con cuatro disparos de cañón su presencia en la cumbre de aquella cónica montaña, sin embargo de todo esto digo, los morteros enemigos han seguido bombardeándonos hasta muy cerca de media noche, hora en que han cesado; y poco después me he venido a descansar agobiado por la fatiga del día de hoy y anhelando al mismo tiempo ver lucir el de mañana”. Con estas palabras citaba MacMahon el comienzo de la retirada carlista y el fin del estrangulamiento de su ciudad.

Modificado de Álbum Siglo XIX
Aquel día se completó el abandono del Sitio por parte de las fuerzas carlistas. Lo único que dejaron atrás, fueron los viejos cañones que habían batido Begoña, demasiado viejos como para esforzarse en recuperarlos, a decir de los carlistas; y abandonados en su rápida huida según los liberales.

A pesar de mantener prácticamente intacto su ejército y el carácter combativo de sus fuerzas, para los seguidores de Carlos VII fue un sonoro fracaso, existiendo una pequeña purga entre los altos mandos, que quedó reflejada en las páginas del libro Dorregaray y la Traición del Centro: “Al hacerse público aquellos extraños sucesos (decisiones notablemente desafortunadas por parte de los generales al mando), D. Carlos quería fusilar a Velasco y sumariar a Elío y los otros generales que tomaron parte en las Batallas de las Muñecas y Galdames; pero Dorregaray se opuso resueltamente, y las consecuencias se limitaron a que el general Elío marchase a Francia, Velasco al Centro, y poco después le siguió en este camino Lizarraga”.

“¡Bilbao está ya libre!”

[…] Los carlistas escarmentados sin duda en los encuentros de Las Muñecas y Galdames no han creído prudente defender la línea de Castrejana y Banderas que ayer ocuparon, han levantado el sitio durante la noche marchándose, en medio de un silencio sepulcral, en dirección a Galdácano las fuerzas que tenían en la orilla derecha del Nervión y hacia Arrigorriaga las de la margen izquierda. “¡Bilbao esta ya libre!” Estás consoladoras palabras han circulado rápidamente por la villa a medida que iban penetrando en sus angostas calles los primeros rayos del sol”. Con estas frases trasmitía MacMahon el sentir de la población tras 125 días de asedio.

El 2 de mayo Francisco redactará uno de los capítulos más largos de su diario. No era para menos, ya que en ese señalado día se puso oficialmente fin al Sitio de Bilbao de 1874: “Ha terminado ya ésta continua zozobra en que hemos vivido durante cuatro mortales meses; ya no volveremos a oír el agudo tañido de la campana precursor de las bombas; una sana alimentación va a sustituir a la repugnante y nociva a que hace ya tiempo estábamos reducidos y el aire tibio y puro de las habitaciones al húmedo y malsano de las lonjas. Desapareció para siempre esa terrible idea de que nuestra brillante y heroica juventud en premio de su abnegación y patriotismo pudiese llegar a ser paseada por el así y escarnecida al ser conducida prisionera al empinado picacho de Peña Plata, a la huesera de Dima u otros sitios por el estilo, idea que más de una vez ha venido a atormentarse y causando tal impresión, que de haberse llegado a realizar antes que verlo, hubiera recibido la muerte como un gran beneficio, pero gracias a Dios al esfuerzo del ejercito libertador y a nuestra propia fortaleza cesaron ya todas nuestras penalidades y volvemos a formar parte del mundo social del que hemos vivido aislados 125 días”.

Violadores e Incendiarios

Mientras la ciudad se engalanaba para la llegada del ejército de socorro, no fueron pocos los que aprovechándose de la situación de vacío de poder, decidieron saquear los caseríos circundantes a la Villa, bajo los más burdos pretextos. Como elemento especialmente dramático, el diario reflejará un intento de violación, siendo la primera vez que hemos localizado en un documento histórico de la última guerra carlista una mención directa a este tipo de execrables acciones. Bien es verdad que MacMahon lo relatará bajo una perspectiva de un hombre perteneciente a una clase alta del siglo XIX; a pesar de ello, es fácil hacerse una idea de la angustia y crudeza de la guerra que se estaba librando y que afectaba tanto a hombres y mujeres: “Aunque quisiera, no puedo dejar de mencionar las tristes escenas que han venido a atenuar la alegría de este memorable día. Recordando lo acontecido al levantamiento del sitio de 1836, se ha tratado de impedir que individuos armados saliesen de la plaza; pero las medidas tomadas al efecto no han sido todo lo eficaces que hubiera sido desear y grupos de soldados armados y también de esa gente advenediza que forma las contraguerrillas han salido de la plaza a primera hora con el fin de saquear primero e incendiar después, con fútiles pretextos, los caseríos de las cercanías. Al tener yo noticia de que habían dado principio a su obra de destrucción, he salido apresuradamente para Begoña, con el fin de impedir que la casa de campo y caseríos que mi hermana tiene en aquella anteiglesia fuesen pasto de las llamas”.

La primera salida que realizará MacMahon del recinto de la villa tuvo como objetivo salvaguardar el patrimonio familiar de su hermana Amalia en Begoña; y, a medida que ganaba altura, el paisaje que se presentaba ante sus ojos era desalentador: “Desde que he llegado a dominar con la vista las hermosas vegas de Albia y Deusto he podido divisar varios incendios que por momentos iban creciendo en número y en intensidad.Cuando he llegado a la casa he encontrado todo abierto, pero desierto y aunque he llamado a gritos primero al mayordomo y después a la sirvienta, mi voz se perdía en el espacio sin que nadie contestara, y las columnas de humo que indicaban nuevos incendios se venían aproximando.

De repente he oído los lamentos de una mujer que pedía auxilio en una casa situada al lado opuesto del camino he acudido y me he encontrado con tres contraguerrilleros y un cazador De Alba de Torres que trataban de sujetar a aldeana joven y agraciada. Ellos no se han percibido de mi presencia hasta que dando con el bastón sobre una mesa le he preguntado ¿Qué desorden es éste? Se han vuelto y uno de los contragerrilleros, que debía conocerme, me ha contestado “tenemos hambre y esta pícara carlista no quiere darnos pan y chacolí”. La aldeana ha contestado poniéndose roja como una amapola “No es eso Sr. “ y apuntando con el dedo me ha indicado dos grandes trozos de pan, una gran jarra de chacolí y una barrica con la llave quitada de la que se estaba escapando el vino, ha recogido luego su pañuelo que estaba en el suelo y cubriéndose con él sus desnudos hombros, pues la camisa o chambra que llevaba puesta ha quedado reducida a jirones en la lucha y ha venido a colocarse detrás de mí. 

Les he apostrofado duramente a los cuatro picaros por su villano proceder haciéndoles salir de la casa; pero tanto la aldeana precitada como otras cuatro o cinco que han ido saliendo de sus escondites al ver el nuevo giro que tomaba la cuestión, no considerándose seguras e la casa han venido a colocarse bajo mi protección. Al salir de nuevo al camino he visto, ya en todas direcciones, grupos de ocho o diez merodeadores e incendiarios que iban sembrando ruinas y desolación”.

Esta anotación tiene un valor incuestionable, y aunque ligeramente edulcorada, nos presenta una realidad que permanecía oculta, siempre a expensas de la concepción “romántica” con la que se han tratado las guerras carlistas. Resulta especialmente llamativo, y en contraposición con estos infames hechos, que muchos escritores e historiadores, encontraran suficientes elementos como para ensalzar la labor de las mujeres durante el Sitio. Por citar una visión XIX, que a la postre también muestra la notable desigualdad de género imperante en aquel momento, Antonio Pirala dejó escrito: “No terminaremos este capítulo sin consagrar alguna línea á la mujer bilbaína que, con su entusiasmo patriótico y varonil comportamiento, sirviendo al hombre de estímulo, no de rémora, modelo ella de serenidad y ejemplo de privaciones, olvidando en los conflictos el llanto de que siempre es pródiga, por ostentar la amante sonrisa de que es avara, ayudando al esposo á vestir los arreos militares cuando apuraba el peligro y consagrándose ella afanosa á los heridos y enfermos, adquirió merecida fama, y una página en la historia para que la gratitud sea eterna”. Incluso los carlistas alabaron su actitud, de hecho Brea afirmará con una frase corta y rotunda: "El alma de la defensa eran las bilbaínas". 

"Caserío incendiado". Oleo de Ignacio Ipiña
Continuando con la narración de MacMahon de los hechos: “No ha tardado en presentarse uno de ellos en la puerta de la casa de mi hermana que he ido yo a proteger y al tropezar conmigo han quedado desconcertados los cinco guerrilleros que lo componían tratando de justificarse con el hambre que decían tener. Y en aquel momento ha llegado la criada que noticiosa de que yo estaba allí se ha venido del rincón en que había ido a esconderse huyendo de la primera acometida de los que salieron de la Villa; he hecho que trajera pan y vino para aquellos bandoleros a quienes he ofrecido una gratificación si en vez de continuar en su obra de destrucción me ayudaban a defender la casa y han aceptado la oferta".

Con una pequeña guardia pretoriana de más que dudosa fidelidad protegiendo la casa principal, Francisco se ocupó de la defensa de otras construcciones aledañas: "Momentos después han venido a avisarme que varios soldados de Alba de Tormes, cuyo batallón acuartelado en el antiguo convento de las Recogidas de Santuchu, habían penetrado en la casa destinada a cuadra y granero situada al otro extremo de la hacienda. Dejando a cargo de aquellos cinco guerrilleros la casa principal he corrido en aquella dirección y al llegar al edificio salían de él ¡Oh vergüenza! Diez soldados mandados por un sargento, seis con fusiles y con sacos los otros cuatro; y como si estuvieran desempeñando un acto de servicio entraban en las casa y después de robar cuanto les convenía daban fuego al edificio. Irritado ante semejante espectáculo y dirigiéndome al sargento le he preguntado con verdadera furia ¿Quién autoriza esta infamia?, me ha contestado, “obro en virtud de orden superior” y he predicado yo ya fuera de mi “¡Miente Usted! La orden del General la traigo yo aquí, y es para que diezmen a Ustedes, inmediatamente por el borrón que han echado sobre el ejército en un día que debiera ser de gloria”.

Tras enfrentarse a un grupo de violadores y dejar a la casa principal al cuidado de cuatro saqueadores, MacMahon se encontraba desafiando a un numeroso grupo de tropas regulares: “No sé francamente como no me han dado un tiro o un bayonetazo, pero lejos de eso, se ha fugado de allí a la carrera. Todas las casas de aquellas cercanías estaban en llamas y entre ellas las cocheras-graneros y el caserío de Basarrate, y yo no tenía para atajar el incendio más ayuda que la de la sirvienta y otras varias aldeanas que, no atreviéndose a estas a solas con los guerrilleros que han quedado custodiando la casa principal se han venido tras mí. He recordado, en medio de aquel desamparo, que la iglesia de Begoña estaba custodiada por forales y he enviado a mi sirvienta con una tarjeta mía dirigida al Jefe de la fuerza en la que brevemente le pintaba mi situación. El pundoroso capitán Arellano Arrospide que la mandaba ha tenido la atención de enviarme al sargento Arandia con seis hombres y con cuya eficaz ayuda, abandonando a las llamas el caserío de Basarrate medio destruido ya por la artillería de la plaza y del cual el fuego se había apoderado con furia, he conseguido cortar el incendio de otro edificio e impedir que los merodeadores redujeran a cenizas la casa principal y las que se hallan próximas a ésta, únicas que se han salvado en todo aquel contorno”. 

Entrada "Triunfal"

Tras pasar una mañana realmente complicada, donde prácticamente se había jugado la vida a manos de los mismos hombres que anteriormente le habían defendido, procedió MacMahon a retornar al casco de la Villa: “Habiendo desaparecido ya la partidas de incendiarios y tomadas algunas medidas para que no puedan reproducirse las desgarradoras escenas de aquella mañana a eso de la una y media he vuelto a la villa con visible pena de aquellas pobres mujeres que no se creían seguras desde el momento que yo volviese las espaldas; pero el peligro había ya pasado y aunque muy fatigado deseaba presenciar la entrada del ejercito de socorro anunciada para las primeras horas de la tarde”. 

Entrada del ejército de socorro en Bilbao. Modificado de "Reproducción del
panorama de la Guerra Civil en el norte". Archivo de Navarra
Esa tarde hizo entrada triunfal el recién llegado al teatro de operaciones del Norte, Manuel Gutiérrez de la Concha e Irigoyen, Marqués del Duero, al frente del apresuradamente creado 3º Cuerpo de Ejército, en loor de multitudes que le aclaman con libertador. Atrás quedaba, en la trastienda de la historia, el verdadero inductor del plan de flanqueo del campo atrincherado de Somorrostro, el militar cántabro Juan Jose Villegas Gomez.

MacMahon describirá la entrada de éstas tropas, pero entre la alegría del momento asomará una cierta tristeza: “Yo me siento contento y satisfecho a más no poder, y sin embargo no puedo decir que mi alma esté alegre; las desagradables escenas de la mañana, la entrada de ese numeroso ejercito embarrado y con los uniformes destrozados por las marchas y acciones de los últimos días en una villa cuyo caserío está todo destrozado por las bombas enemigas y cuyos habitantes y guarnición se encuentran también derrotados de traje y casi famélicos, me han impresionado de tal manera que mi alma no puede alegrarse”.

Ya en el anochecer de ese mismo día, sin compartir el protagonismo de Concha, arribó a los muelles de Bilbao un pequeño vapor procedente del también liberado Portugalete, que transportaba a Francisco Serrano y Domínguez, Duque la Torre, Presidente del Poder Ejecutivo de la I República y General en Jefe del Ejército liberal del Norte. 

Mientras, en Galdakao el Marqués de Valdespina escribía un corto relato a su mujer de lo sucedido en las últimas horas: “Desgraciadamente he salido profeta. Ya está Serrano en Bilbao. Me alegro que hayas guardado mis cartas, por hoy habrá muchos, de los que decían al Rey qye se tomaría en cuatro días, que quizas opinen y hablen de otro modo. Yo desde el principio opine lo mismo. Si mal no recuerdo a Iñigo en una carta le decía: Bilbao… cada vez más lejos […]”.

Un final para el Diario

MacMahon terminará su diario haciendo un repaso a los “números” del Sitio contabilizando el número de proyectiles caídos sobre la villa, los costes económicos de la destrucción o la mortalidad: “El número de muertos ocasionados por los proyectiles enemigos asciende a 73 y a 187 los heridos, pero la mortandad por otras causas ha sido triple de la que suele ser en tiempos normales, son muchos los enfermos crónicos que se han agravado hasta el punto de hacer que su estado sea desesperado y aún más los que gozando antes de buena salud ha quedado resentidos”. 

El historiador Azaola también dejó constancia de una pequeña síntesis estadística temporal de los proyectiles que cayeron sobre Bilbao, extraída de distintas fuentes: “La artillería sitiadora disparó sobre Bilbao 39 da los 70 días que duró el bombardeo. Los 31 restantes, entre el 21 de febrero y el 19 de mayo, dio tregua a los sitiados, lo que no fue óbice para que se hicieran disparos de fusil. Las baterías carlistas enviaron a la villa 5.369 bombas, 1.307 balas, 107 granadas y dos cargas de metralla: en total 6.785 proyectiles. Hubo días en que los sitiadores dispararon (entre las 7 de la mañana y la misma hora del día siguiente) 535 proyectiles (29 de abril), 476 (30 de abril), 424 (18 da marzo), 302 (28 de abril), 288 (1º de mayo) 1 y en cambio sólo 15 el 28 de febrero, y 29 el 8 de abril. De los 31 días de tregua, 19 fueron consecutivos (del 9 al 27 de abril, ambos inclusive). Se observa que, inmediatamente después de este largo paréntesis, el bombardeo se reanudó con más violencia que nunca, disparándose en los cuatro últimos días la cuarta parte de todos los proyectiles artilleros disparados en toda la duración de sitio”.

El bombardeo en números. Tomado del diario "La Guerra Carlista: Periódico bilbaíno liberal...y no coitao". Impreso el 2 de mayo de 1908. Archivo Foral de Bizkaia

Y según MacMahon fueron “acerca de siete mil asciende el número de proyectiles arrojados a la plaza por el enemigo y éstos representan próximamente cinco mil ochocientos quintales de hierro y novecientos a mil quintales de pólvora. De las bombas arrojadas: 8% han estallado en el aire, 65% han estallado dentro de la población y 27% no han llegado a estallar. […] Creo pues que la pérdida que Bilbao ha sufrido en sus edificios con motivo del bombardeo no puede regularse en menos de quince millones de reales”.

Un Punto y Seguido

Al día siguiente, el 3 de mayo, el levantamiento del Sitio fue formalmente proclamado en el palacio de la Diputación de Bilbao, donde se dieron cita ambos generales, jefes y oficiales de la milicia local y representantes de autoridades bilbaínas a cuya cabeza figuraba el general Ignacio María del Castillo y Gil de la Torre. En acto solemne, se dio las gracias de parte de la villa a sus libertadores, mientras que Serrano felicitaba a su vez al general Castillo, a su guarnición y a la milicia por su noble comportamiento. Tampoco faltaron los numerosos parabienes y alabanzas entre Serrano y en aquel momento, su subordinado, Concha, realzándose los méritos, servicios y elevadas capacidades de ambos. 

Sin embargo el esfuerzo quedó lejos de ser plenamente satisfactorio. La noticia de la liberación tuvo un importante impacto mediático, pero lo cierto es que únicamente se había conseguido aflojar un poco el estrangulamiento, haciendo retroceder ligeramente a las tropas carlistas y retomando el control de algunas zonas estratégicas que rodeaban la capital. Pocos meses después de “la liberación”, el 4 de enero de 1875, el mariscal de campo Manuel Salamanca Negrete al mando de las tropas liberales de Bizkaia, enviaba al Ministro de la Guerra en Madrid una memoria sobre el estado de la guerra en la provincia, describiendo las apresuradas obras de fortificación que se habían acometido para mantener abierto el vínculo con el exterior, que tanta sangre había costado en los campos de Somorrostro: 

[…] La situación de la plaza de Bilbao, si bien ventajosa respecto á la que tenía en el momento del sitio por los carlistas, puesto que hoy tiene dominadas las alturas más culminantes por ambas orillas de la ría, y por lo tanto no puede ser atacada desde luego, como entonces lo fué, por baterías casi á distancia de punto en blanco y algunas hasta á distancia de brecha, está lejos de serlo todo lo que pudiera dar lugar á creer á V. E. la cuantía de los sacrificios impuestos al Estado en la construcción de obras de fortificación, y si no se remedia, pudiera en su día ser causa de peor defensa y mayores peligros; y sabido como es cuánto pesa en el ánimo de los defensores de una plaza la pérdida de la fuerza moral con la toma de uno ó más de sus puestos avanzados. […] Constituyen la defensa de Bilbao 19 fuertes exteriores […], observará V. E. que el desarrollo de fortificación ha sido excesivo, que absorbe todas las fuerzas de la división y que la extensión de la línea y el exceso de desarrollo de cada uno de los fuertes, hace á todos débiles por absorber todas las fuerzas y no permitir una columna de auxilio al más amenazado en un momento dado, lo que pudiera producir y producirla indudablemente, en caso de ataque formal y resuelto de uno de ellos, que al ser tomado ó abandonado, la fuerza moral perdida produjese la entrega ó el abandono de los demás […] Si á esto se añade que, á ciencia y paciencia de la plaza, se ha permitido construir á los carlistas tres fuertes en Arráiz, Alonsótegui (Arnotegui) y Ollargán que dominan á los de Cobetas, Miravilla y el Morro, y cuyos fuegos, si fuesen artillados dichos fuertes en debida forma, alcanzarían por completo á toda la plaza de Bilbao; se demostrará que la línea de defensa exterior es débil por demás para el objeto con que se ha construido y las tropas que emplea, sin haberse logrado, ni aun por el momento, librar á Bilbao de los horrores de un bombardeo”.

Cerrando el Círculo

Francisco MacMahon y Jane falleció a los 53 años de edad, quedando su defunción inscrita en el registro de finados en la catedral de Santiago en el Casco Viejo bilbaíno el 25 de julio de 1880. En aquellos momentos ostentaba el cargo de "Senador electo por Vizcaya", al que había accedido por segunda vez, ya que la primera había sido en 1876, una vez finalizada la guerra. 

Su diario personal del Sitio de Bilbao de 1874 quedó bajo custodia familiar hasta que el historiador Jose Miguel Azaola (1917-2007) se hizo en mayo de 1978 con uno de los siete ejemplares que numerados y con "carácter privado" existían. Con la muerte de Azaola en 2007 su archivo personal pasó a los fondos de la Fundación Sancho el Sabio, siendo su copia la única de libre acceso que actualmente es consultable. 

"[…] rendido de fatiga me he metido en mi cuarto a hacer estos apuntes, que acaso algún día, lleguen a ser interesantes” (MacMahon 1874)

"Bilbao… cada vez más lejos […]" (Marqués de Valdespina 1874)

Agradecimientos: A Jose Angel Brena, Victor Sierra-Sesúmaga y Alfredo Moraza.

Nota del autor: Con esta entrada hago un punto y seguido en la vida del blog. Compromisos adquiridos en formato papel me obligan a alterar el orden de prioridades dejando en suspenso los proyectos digitales.