jueves, 20 de julio de 2017

Entre el Romanticismo y el Exotismo: Estereotipos de la Guerra en el Norte

Introducción

No creo equivocarme al afirmar que la última Guerra Carlista es un elemento complejo de tratar. A pesar de encontrarnos en un periodo no tan lejano en el tiempo, la amalgama de corrientes ideologías, las múltiples circunstancias que convergieron en aquel convulso momento, y especialmente, las notables connotaciones políticas y sociales derivadas del mismo, parecen haber convertido a este periodo, crucial de nuestra historia, en un elemento de difícil compresión. También es verdad que hemos sepultado bajo el lastre de la Guerra Civil de 1936 cualquier otro factor que nos haga reflexionar sobre nuestro turbulento pasado más allá de esa fatídica fecha; y son precisamente los elementos más anecdóticos, aquellos que confieren un carácter más “romántico” al último conflicto carlista, los que más profundamente han calado en nuestra conciencia. 

"Caminante sobre mar de nubes"
de Caspar David Friedrich
Curiosamente, si buscamos en “puntos de vista externos” un boceto de un relato más imparcial y objetivo de la última Guerra Carlista, comprobamos que son precisamente las crónicas que realizaron los observadores extranjeros las que con más fervor cargaron las tintas en la épica idealizada del conflicto, con una representación de los hechos a medio camino entre la imagen folclórica costumbrista, las más claras representaciones de nuestra diversidad cultural llevada a los tópicos y los estereotipos más extremos; y todo ello barnizado con una pátina de romanticismo en las descripciones de paisajes y personajes en el marco de lo que consideraban “un país exótico todavía sin civilizar completamente”. 

Esta característica de “elemento romántico” inherente al movimiento carlista del XIX ha sido estudiada por historiadores como Francisco Caspistegui, estableciendo que fue durante la primera guerra carlista y en los años posteriores a la misma donde se asentaron las bases de una visión idealizada de la lucha reaccionaria. El conflicto carlista se subió al carro de las corrientes “románticas”, generando unos estereotipos muy marcados, y en el caso del foco de insurrección en “el Norte”, se produjo una asociación directa entre “vasco-navarro” y “carlismo”. A decir de Caspistegui, los escritores extranjeros “convirtieron las guerras carlistas, desde el punto de vista europeo, en un pintoresco fenómeno español”.

En un mundo que se encontraba en plena era de industrialización y que se hacía pequeño a pasos agigantados, los autores extranjeros encontraban en un ámbito geográfico del Norte de España un universo de puro exotismo. Una guerra que mostraba a sus ojos notables paralelismos con los levantamientos jacobitas novelados por Walter Scott, no dudando en trasladar al carlismo gran parte de aquel imaginario e idealismo romántico de la lucha de un grupo que se resiste a cambiar, permaneciendo anclado a sus creencias ancestrales. Citando de nuevo a  Caspistegui: “La diferencia es que en el resto del continente las alternativas (al sistema revolucionario) ya no eran más que propuestas inviables, nostálgicas evocaciones de un mundo en trance de desaparición. Sin embargo, España aún encarnaba como ningún otro país europeo todos los tópicos del exotismo y la particularidad, la diferencia respecto a la norma”. 

Puerta en ruinas en Hondarribia. Álbum Siglo XIX
Nicolas Leon Thieblin corresponsal del New York Herald, Vicent Kennett-Barrington como miembro de la Orden Hospital de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, George Mac-Graham corresponsal del Evening Standard, John Furley miembro del Comité Ejecutivo de la Sociedad Nacional Británica para la Ayuda a los Enfermos y Heridos en la Guerra, el irlandés John Agustus O’Shea corresponsal del diario Standard o Irving Montagu corresponsal del London Illustrated News, son algunos de los hombres que recorrieron la geografía del Norte durante la guerra, haciendo participes al resto del mundo de su experiencia a través de sus crónicas, cartas personales o libros.

Aun no siendo todos ellos de origen británico, como es el caso Nicolas Leon Thieblin, y mostrando estilos literarios notablemente diferentes (desde las escuetas y directas cartas personales de Kennett-Barrington pasamos a la complicada prosa novelística de Irving o a las precisas crónicas de Mac-Graham; junto a la estoica imparcialidad de Furley, encontramos las descripciones coloristas y subjetivas de Thieblin, así como la siempre declarada simpatía del irlandés O’Shea por sus compatriotas) estos escritores muestran un claro pensamiento anglosajón típico de la época victoriana, destilando en sus escritos, algunas veces sin ningún tipo de contención o mesura, muchos de los estereotipos y tópicos de la España del XIX. A lo largo de sus textos encontraremos referencias a un país atrasado, inculto, diverso en costumbres y gentes, fanáticamente religioso, en ocasiones cruel, aferrado a su ruralidad y a su decadente esplendor, de gentes indolentes a lo que sucede más allá de sus fronteras, de olor a ajo, de seductoras mujeres, de bandoleros y pícaros, y otros muchos y variopintos elementos quijotescos. Engarzado a todo ello, reflexiones sobre lo que vieron y vivieron en España a medio camino entre el desdén, la curiosidad y el paternalismo; terminando algunos de sus capítulos con la máxima de “son cosas de españoles”, para definir todo aquello que escapaba al razonamiento lógico del hombre culto europeo de habla inglesa, que evidentemente, se consideraba a sí mismo “un ser… más civilizado”. 

En la Frontera “Norte”

Una constante de los relatos de estos escritores es la descripción de su llegada a la frontera en el Golfo de Bizkaia y la realidad cultural que allí se encuentran, en una mezcolanza entre los genuinamente español, lo netamente francés y por supuesto, un elemento que prácticamente ningún autor pasa por alto: los vascos.

A finales del XIX, en una sociedad donde la brecha entre las clases sociales imperaba, parte de la costa Cantábrica a ambos lados de la frontera se había convertido en un lugar de relax y retiro para las clases altas. Hoteles, balnearios, villas, casinos y todo tipo de divertimentos exclusivos estaban a disposición de las grandes fortunas, con la presencia de colonias estables de europeos de alcurnia. Uno de estos grupos lo componían los británicos, muchos de ellos con importantes intereses económicos relacionados con la extracción de mineral de hierro. No en vano para mantener, no sólo su salud física y mental, sino también cuidar de sus inmortales almas, contaban desde 1869 con la presencia del presbítero y vascófilo Wentworth Webster, que dirigirá hasta 1882 la iglesia anglicana de San Juan de Luz.

Biarritz. Tomado de Escuela de arquitectura de la
Univerdidad de Navarra
Nicolas Leon Thieblin comienza  su libro Spain and the Spaniards (1874) narrando el ambiente multicultural que observaba en territorio francés: “No es una exageración afirmar que España comienza en Bayona y Biarritz. Es aquí donde por vez primera observas las “mantillas” que se dirigen a la iglesia y letreros escritos tanto en francés como en español. [...] Durante los meses de verano encontrarás más rostros españoles que franceses, y en los “Alles Marines”, el hermoso paseo a lo largo del río, ve perturbada su tranquilidad por la presencia de bueyes arrastrando carros adornados a la moda española, con las bestias tapadas con batas de lino y elaboradas redes rojas en su testuz. [...] y los arrieros, vestidos con sus pintorescos trajes, no dejan duda alguna que estamos cerca de la casa de Don Quijote”. El corresponsal también hace notar la gran presencia de turistas que desdibuja en algunos casos el sustrato poblacional original: “La invasión anual de extranjeros distinguidos y de los nobles de París ha dado también un carácter bastante peculiar a la población de Biarritz. Los hombres y los animales, las mujeres y los niños, parecen diferentes de lo que son en otras partes de los Bajos Pirineos. La vestimenta tradicional vasca está casi abandonada, al igual que el uso de su idioma”. 

Este posteriormente estadounidense de adopción será unos de los autores que mayor peso dará al elemento “vasco” como un componente adicional a tomar en consideración dentro de los estereotipos carlistas, dedicándole un importante desarrollo: “[…] si bien todavía existen un gran número de pueblos vascos en Francia, no hay ciudad realmente vasca, excepto San Juan de Luz. Todo está aquí como en la antigüedad, la piedad, la virtud del pueblo, su agudeza pintoresca, su lengua, su vestido, la agilidad de sus movimientos, hasta sus boinas azules y sus alpargatas blancas y los insoportables gritos de las mujeres de los puestos ambulantes. […] Sus antepasados, siempre luchando, pero nunca conquistado, habían sido ennoblecidos por los príncipes a los que juraron lealtad, y el vasco ha conservado hasta nuestros días una especie de orgullo que da audacia a su mirada y le hace hablar con su interlocutor en términos de perfecta igualdad”. Al autor le llamaba la atención un interiorizado concepto de hidalguía universal que permitía a un campesino poder hablar de “tú a tú” con todo un gentleman.

Trajes Vascos y Españoles en Biarritz. Álbum Siglo XIX
Continuaba Thieblin perfilando al vasco de la frontera: “En la mayoría de los casos es perfectamente indiferente qué lengua se hable: euskera, español o francés, los conoce todos igualmente bien, aunque prefiere inmensamente su lenguaje nativo. A primera vista puede identificar al campesino vasco por su rápido y ágil caminar, su traje de algodón limpio, y su fuerte y áspera voz […]. Los rasgos morenos y duros de su rostro, con ojos muy abiertos bajo la boina, hablan de una vida pasada bajo los alegres rayos del sol; y la expresión luminosa, aunque algo soñadora, de sus ojos parece estar llena de alabanza hacia las bellezas del mar y el paisaje de montaña, que han contemplado desde siempre. No se puede intimidar a un hombre de este tipo, porque ni la majestuosidad de la naturaleza que lo rodea, ni la violencia del enemigo, lo ha hecho durante siglos y siglos pasados. Es todo sangre y pasión; y si lo ofendes, saltará sobre ti de inmediato, por muy poderoso que seas”. Pero no queda todo aquí, Thieblin encuentra una sutil diferencia en el carácter de los vascos a ambos lados de la frontera: “La única diferencia entre los vasco-franceses y los vasco-españoles es que los primeros se ven mucho más civilizados, mucho más “domesticados”, circunstancia que tal vez puede explicarse por el principio de ese proceso al que alude M. Michelet cuando dice que el pueblo de Francia es una nación de bárbaros civilizados por el reclutamiento forzoso. El vasco español, que nunca supo lo que eran las levas forzosas y que luchaba siempre por su privilegio de no verse obligado a pelear, permanece en un estado de salvajismo […]”. 

También Irving Montagu en su libro Among the Carlists (1876) realizaba una reseña al componente étnico al encontrase en la frontera de Behobia: “Continuando el camino se pasaba por la Behobia francesa, que sólo estaba separada de la ciudad española del mismo nombre por un puente coloreado que hacía de frontera, cuya mitad estaba pintada de rojo, mientras que la otra era blanca. El pueblo, que es vasco, es tanto español como francés a un lado del río como el otro, y es únicamente la ley de las naciones la que los ha hecho lo que actualmente son. Usted le pregunta a un nativo si es francés, y él le responderá lacónicamente, "No”. ¿Español entonces? Ciertamente no. "Je suis basque"”.

Puente internacional de Behobia. Álbum Siglo XIX
Otro autor que también reparará en este hecho será el irlandés Agustus O’Shea. En Romantic Spain: A Record of Personal Experiences (1887) y tras un periodo de convivencia con los vascos afines al carlismo los describirá de la siguiente forma: “[…] hospitalarios y fanáticos, fieles e ignorantes, templados y sucios, son algunos rasgos prominentes en el carácter de los valientes vascos de los distritos rurales que deseaban gobernar España, pero que no son españoles ni en raza, ni en lenguaje, ni en temperamento, ni en sentimiento”. Muy probablemente O’Shea estaba reflejando en esta frase su propia conciencia nacional como irlandés.

Sin embargo, escritores como John Furley no se detendrán en estos prólogos que darán paso a la posterior asociación directa entre “carlismo” y “campesino vasco-navarro”, de la misma forma que la figura del highlander escoces estaba ya entonces adscrita a los levantamientos jacobitas. En su libro Among the Carlists (1876) tratará la mayoritaria adhesión al carlismo de los vascos de forma muy superficial, ahorrando detalles o explicaciones que se alejen de sus vivencias como cooperante humanitario: “Espero que no sea necesario volver a repetir que mientras que estuve en España fui estrictamente neutral. […] Puedo añadir que, aun cuando mi opinión era decididamente opuesta a las opiniones y esperanzas de aquellos con quienes conversaba, nunca dudé en expresarla, y siempre fue recibida de una manera digna de caballeros”. Furley describirá una frontera: “[…] llena de familias españolas, de las cuales la mayoría eran carlistas. En gran medida los franceses eran más españoles que los españoles mismos. Hubo discusiones animadas, […], y sin embargo no había una gran discordia aparente. La gente de los Bajos Pirineos estaba tan interesada en el éxito o la derrota de los carlistas como lo estaban los propios españoles, con la única diferencia de que la vida era, tal vez, un poco más segura en el lado francés del río Bidasoa que en lado de España. En San juan de Luz o Behobia, se podía hablar sin problemas sobre carlistas y los republicanos […]. Al otro lado del río, en Irún no habría sido seguro pronunciar sentimientos  a favor de los carlistas, mientras que a quinientas yardas de esa ciudad, en cualquier dirección, salvo en Fuenterrabía, habría sido igualmente inseguro decir una palabra a favor del republicanismo”.

Centinelas carlistas. Diario The Graphic
Indudablemente una guerra era un pesado lastre para este turismo de alcurnia en España, pero en Francia parecía que los preparativos bélicos y las propias batallas se vivían como un aliciente añadido. De hecho Vicent Kennett comentaba en una carta fechada el 22 de octubre de 1874 que tuvo que asistir a varios espectadores que habían sido heridos mientras contemplaban los combates en Behobia: “Había público en el combate, habían llegado en tropel desde Bayona, Biarritz, etc. ¡Incluso mujeres y chicas jóvenes! Era una estampa curiosa de ver, vestidos completamente con trajes franceses sentados en una colina a 50 yardas de los combatientes”. El propio Irving Montagu, que siempre se mantuvo en ámbitos geográficos muy cercanos a la frontera, comentaba la anécdota que para complacer a una dama británica se adentraron en una zona de combate, poniendo en riesgo su vida. A su regreso a San Sebastián y conscientes de lo peligroso de la situación vivida expresó: “Sólo puedo decir que hicimos votos solemnes que nada en este mundo nos tentaría de nuevo a satisfacer la curiosidad femenina en el frente”. 

A ojos de este corresponsal la frontera nunca fue un lugar excesivamente pacífico. En varias ocasiones ilustró que incluso estando en suelo francés, fue objeto de disparos por parte de las avanzadillas carlistas: “Luego me contaron uno de los guardias fronterizos franceses que estas pequeñas atenciones (por parte de los carlistas) no eran infrecuentes cuando los corresponsales tomaban notas desde suelo francés”. Tampoco enarbolar una bandera blanca le ayudó demasiado: “Una vez, pero sólo una vez, suponiendo que al menos pudiera reclamar la protección de la bandera blanca, até mi pañuelo a un bastón y lo volé en alto en el aire. […] sólo atraía alegrías burlonas y más balas, así que incliné mi bandera y acepté la amable cubierta de la maleza más cercana, donde esperé, hasta que mis vecinos se cansaron de considerarme como una perdiz y dejaron de levantar sus armas hacia mi persona”.

En zona de Guerra

Pero estos hombres llegaban a la frontera con la clara intencionalidad de pasar a territorio carlista, ya fuera por objetivos humanitarios o periodísticos. En el caso de los corresponsales de guerra, parecía que los carlistas estaban deseosos de contar con su presencia. Tras unos comienzos no excesivamente alentadores con los piquetes carlistas, Irving comentaba: “[…] la única manera de ganar (la aceptación) de los carlistas era ir directamente a ellos y explicar tu pacífico propósito, con lo que te darán todas las facilidades en su poder, ya que estaban particularmente ansiosos de aparecer bien a los ojos de la prensa, especialmente la de Inglaterra”. Al cruzar la frontera, el panorama de intrigas que se respiraba en Francia con multitud de exiliados carlistas, de espionaje y contraespionaje cambiaba sutilmente, adentrándose finalmente en ese mundo “exótico” donde campaban a sus anchas los “bandoleros” carlistas. 

Teatro de Operaciones del "Norte". Archivos de Navarra

Una de las primeras paradas obligadas para todos estos hombres solía ser la ciudad de San Sebastián, donde Thieblin informa de la importante colonia británica que soportaba la ciudad, con notables intereses comerciales, aunque no siempre en origen “trigo limpio”: “Sirve como una residencia segura, y no totalmente desagradable, para los súbditos británicos que se meten en "problemas" y prefieren una vida tranquila en las costas del Golfo de Vizcaya a los procedimientos judiciales de Inglaterra. Todas estas circunstancias hacen de San Sebastián una colonia inglesa. Los rostros ingleses se ven y la lengua inglesa se escucha casi en cada paso. Pero los hábitos bien regulados de la raza anglosajona no parecen influir mucho en la naturaleza indolente y no comercial de la parte española de la población”. Por su parte O’Shea añadía una visión más canalla, haciendo hincapié en la existencia de algunos "infiernos clandestinos" o al efecto que la guerra estaba teniendo en la economía de la turística ciudad: “San Sebastián es la ciudad más moderna de la Península, habiendo sido reconstruida en 1816, tres años después de su destrucción por las tropas aliadas. Es una gran estación de verano de ricos ociosos españoles, una especie de Madrid “mejorado”. Posee los atractivos de la capital, con las ventajas adicionales del aire puro, paisajes de montaña y lujosos baños de mar en una playa de arena nivelada. Hay un casino público y una veintena de infiernos clandestinos en los que una fortuna puede perderse en una noche. […]. Hay una alameda, donde toca la banda, y una imitación pasable del Puerto del Sol, menos la fuente, en la amplia arcada de la Plaza de la Constitución. Allí hay un pequeño teatro, una amplia plaza de toros, y varias iglesias cómodas, […]. El balneario, una vez tan festivo, ha perdido completamente su ánimo, y todo a causa de esta guerra civil. Era verano, pero la ciudad estaba en estado de hibernación”.

San Sebastián. Álbum Siglo XIX
También Irving, junto a su amigo y también corresponsal, Edmund O’Donovan fue un asiduo de la liberal capital gipuzkoana: “Por el día íbamos al frente, por la noche volvíamos a la ciudad asediada, donde, una vez dejados nuestros bocetos y artículos a bordo de uno de los vapores que unían la ciudad con Francia, nos mezclábamos la gente, tomando parte en sus simples placeres, en las que no parecían interferir el temor a la ocupación carlista y a sus atrocidades. En realidad, bajo los mismas bocas de las armas, la buena gente se divertía todas las tardes en la Alameda o en el gran paseo público en un estado de abandono maravilloso, […]”.

Thieblin hacía la siguiente afirmación respecto a la condición carlista de esta zona de Gipuzkoa y la forma peculiar con los que los españoles tratan, por norma general, a los extranjeros: “La población de esa parte de la provincia que bordea el mar y en Francia vive principalmente mediante el comercio y el contrabando, y no le importa demasiado el lema “Dios, Patria, Rey”. […]  Aquí hay poco de ese odio con el cual los españoles generalmente tratan a los extranjeros y como bajo el reinado de Amadeo el comercio era vivo y el contrabando se realizaba bastante libremente, los habitantes de la provincia no parecen dispuestos a sacrificar sus intereses a favor de Don Carlos”. Otros autores también harán referencias al desagrado que profesan los españoles a los extranjeros cuando éstos se inmiscuyen en temas que se consideran “problemas internos”. “Independientemente de otras fuentes de oposición, […], puedo mencionar una, que ni siquiera mis amigos españoles van a negar, y son las objeciones que los españoles ponen ante cualquier cosa que suene a injerencia extranjera”. Con estas palabras Furley daba respuesta a los problemas que sufría incluso para llevar a buen término su ayuda humanitaria. Este mismo escritor destilará una clara ironía cuando dicta la siguiente máxima para referirse a todo aquello que no es comprensible por parte de un extranjero respecto al carácter español: “Menciono estas minúsculas circunstancias porque ayudan a transmitir una idea de las anómalas circunstancias que se daban en la frontera en este momento; aunque, estrictamente hablando, para aquellos que saben algo de España y los españoles, ningún estado o circunstancia al que lleguen los españoles puede ser nunca considerado como algo anómalo (a sus ojos)”. 

Labradores. Álbum Siglo XIX
A partir de aquí comienza un periplo que llevará a estos escritores a adentrarse de forma fundamental en el área vasco-navarra y provincias adyacentes, donde convivirán con la población, las partidas carlistas, los ejércitos, el paisaje y la guerra civil que se estaba desarrollando ante sus ojos, describiendo todo aquello que contemplaban bajo la perspectiva de su particular óptica. Así, Thieblin hablará en estos términos de Navarra y de los esfuerzos para organizar un ejército: "Caminé por los pueblos, viendo la vida campesina del pueblo navarro y los primeros esfuerzos de los carlistas para organizarse en algo parecido a un ejército. Debo decir con franqueza que las imágenes que vi en éstas y en las siguientes peregrinaciones contenían mucha fealdad, suciedad, ignorancia y superstición; pero también muchos elementos de esa clase de virtud primitiva, abnegación y valentía, que siempre ofrecen la vista más refrescante a una mente intoxicada y desconcertada por la contemplación de todas las bendiciones de nuestra civilización tanto ensalzada”. El autor vagabundea por un país eminentemente rural, donde la adhesión al carlismo es patente: “El entusiasmo por la causa carlista es aún más claramente demostrado por las mujeres y los niños de estas regiones atrasadas. Cada vez que un cuerpo republicano pasa por una aldea, apenas se ve a un niño en las calles. Todos se esconden en los establos, en la buhardilla, o en una de esas habitaciones deshabitadas del primer piso donde el maíz indio se almacena habitualmente. […] a veces el aviso de la llegada de una columna a la aldea es traído por muchachos y muchachas de seis o siete años, que los detectan mientras cuidan de sus cerdos y ovejas en alguna parte en las colinas. Pero cuando los carlistas se acercan, todos los niños acuden a la entrada de la aldea con gritos de bienvenida, bailando y saltando en su deleite, y reuniéndolos con todo tipo de manifestaciones alegres. Al estallar el alzamiento, cuando muchos voluntarios carlistas no estaban armados con más armas mortales que simples palos, había en cada aldea una fuerza auxiliar de niños y niñas jugando todo el día con los carlistas. Y cuando una partida pasa por alguna casa aislada en la montaña, toda la familia se encuentra en la puerta de entrada, lista con jarras de agua dulce, o incluso vasos de vino, para los cansados soldados. Sin embargo, ninguno aceptaría ningún pago, cuya propuesta sería tomada como una ofensa”. Continua el escritor reiterando la expansión de la ideología carlista en estas zonas: “Nadie puede formarse una idea exacta de la medida en que el carlismo se ha extendido por todas las provincias del norte, a menos que uno haya viajado a través de ellas tanto con una columna carlista como en soledad. […] a lo largo de seis meses de viaje por el norte de España tuve que pasar una y otra vez a través por casi todos los pueblos de las cuatro provincias sin otra escolta que la de un pequeño muchacho de Navarra de quince años y no recibí más que hospitalidad, a la cual se añadieron de inmediato toda clase de vivas cuando se supo que tenía amigos entre los carlistas, y por lo tanto, se suponía que yo era carlista”. 

También O’Shea en compañía de irlandeses enrolados bajo la bandera del pretendiente encontraba un buen recibimiento en pueblos navarros como Bera de Bidasoa: “Un grito de "¿Quién va allí?" De la penumbra nos detuvo en la entrada de la ciudad. (John August) Leader contestó, "España". Otra vez llegó el grito del centinela: -¿Qué gente? Y alegremente respondió: "Voluntarios de Carlos Séptimo”. “Pase", fue la respuesta; y tomamos la calle al trote, y nos detuvimos en la puerta de la casa del párroco, donde los soldados irlandeses me prometieron un boleto de la fortuna para aquella noche. El amable pastor cumplió con las expectativas; tuvimos una cordial bienvenida, una buena cena, y camas con sábanas limpias”. Para cualquier extranjero en zona carlista constituía una parada obligada la casa del cura párroco. 

Furley tampoco tuvo demasiados problemas para moverse por el territorio controlado por los carlistas: “Puedo decir aquí que, a pesar de la siniestra reputación de varias localidades por las que he viajado, y de las denuncias de crímenes cometidos recientemente, nunca he encontrado ningún incidente desagradable en el camino. Por el contrario, siempre he experimentado cortesía, hospitalidad y buena voluntad”.

Tropas liberales en Pamplona. Diario The Graphic
Indudablemente viajar acompañado por algún lugareño conocedor del terreno facilitaba muchos las cosas, independientemente del bando contendiente que encontraba a su paso. Thieblin, con su característica ausencia de mesura a la hora de adjetivar, rememora así cómo eran las acogidas tanto en los pueblos controlados por los carlistas cómo por los liberales: “Nuestro cochero, un carlista encubierto, nos dio con su mera presencia la mejor protección imaginable. Cuando entramos en un pueblo ocupado por los campeones del “Dios, Patria, rey”, la calle principal estaba, por supuesto, llena de gente, atraída por el ruido de nuestro pesado vehículo, y del sinfín de campanitas colgando y resonando en los cuellos de las mulas. Mujeres, niños, voluntarios carlistas, cerdos corriendo, ladridos de perros a nuestro alrededor; pero no parecían albergar ningún sentimiento, excepto el de la curiosidad, incluso en el carlista de aspecto más feroz. Pero no cabe duda de que hoy en día, incluso en los distritos en los que se supone que la guerra se halla en una fase furiosa, un hombre desarmado puede viajar con toda seguridad, a pesar de todas las terribles historias que se extienden sobre esta nación curiosa y bondadosa. De hecho, la manera en que nuestro conductor fue recibido en los pueblos ocupados por las tropas republicanas, no difería en nada de su recepción en las aldeas ocupadas por los carlistas; había la misma multitud ociosa en la calle principal que nos miraba, la misma parada en la posada y la misma misteriosa conversación entre el cochero y los oficiales. Frente a la casa del ayuntamiento, varios soldados republicanos jugaban a la pelota, tan lustrosamente como en el pueblo ocupado los carlistas. La única diferencia era que no teníamos que pagar tasa alguna a los republicanos, y que algunos carlistas tenían armas en las manos, mientras que ninguno de los soldados republicanos tenía armas de ningún tipo. Si no hubiera sido por los balcones y ventanas fortificadas, nunca hubiéramos tenido razones para creer que estábamos en un país donde estaba desarrollándose una guerra”.

Los Paisajes del Norte

El mayor alivio y la recompensa por las fatigas y privaciones a las que estábamos expuestos era la grandeza y la belleza del paisaje que vivíamos en medio. Los paisajes escarpados, los encantos salvajes que varían a cada momento, son aquí la fuente de infinitos placeres. Al mediodía, por la noche, al amanecer, al atardecer... a cualquier hora del día, cada lugar de este magnífico país tiene alguna nueva brujería salvaje que desvelar. Tome las partes más salvajes del Tirol, de la Selva Negra, de las Tierras Altas Escocesas y de la Suiza Norte, júntelas, sacando cada gota de agua del paisaje, y tendrá una idea del paisaje que prevalece en las provincias de Vasco-Navarra”. Así registraba Thieblin la visión del paisaje que se mostraba ante él, porque independientemente de las motivaciones que movían a estos hombres a adentrase en zona de guerra, prácticamente la totalidad de ellos dejaron descripciones de los paisajes por los que se aventuraron. Todas ellas hablan de un marco paisajístico digno de ser admirado, sumergiéndonos en los clásicos cuadros románticos donde predominan las montañas y las puestas de sol, faltando únicamente el eco de los acordes de una gaita para cerrar el círculo.

Tomado de http://www.annuairenotariat.fr
Por su parte, Furley describía así el paso de la frontera para llegar a Elizondo: “Una escarpada barrera de montañas nos enfrentaba, y como consecuencia de esto, el paso durante tres horas fue muy lento, siguiendo los zigzags de la carretera. […] Fue un día brillante, y no había una nube en el cielo. Los robles, que bordeaban el borde de la carretera durante la mayor parte del camino y adornaban los valles y las laderas inferiores de las montañas con su follaje de color verde amarillo, daban un tono muy alegre al paisaje. Desde la cima de la cordillera la vista hacia el mar era exquisitamente hermosa. Biarritz, con su faro blanco, y San Juan de Luz, se veía en la orilla del Atlántico azul profundo; y cada campo, camino y arroyo eran tan claramente visibles como en un mapa elevado y coloreado. […] De allí descendimos rápidamente a un valle precioso, regado por pequeños arroyos y sombreado por un espeso follaje, sobre el cual se encontraban las cumbres púrpuras de los manantiales, con los restos de la nieve del invierno. Confieso que mi mente no se abandonó por completo de la contemplación pausada de toda esa belleza. El conductor, atrevido y descuidado, se permitía el quedarse dormido, y sus cuatro mulas aprovechaban la oportunidad de hacer sus trucos excéntricos. Por dos veces pareció que la diligencia estaba a punto de tomar un atajo por el precipicio, y los cuatro pasajeros se agarraban unos a otros, como si decidieran que, donde uno iba, todos le deberían seguir, […]”.

El Alojamiento

Otro de los apartados donde los escritores cargaron la tinta del sus plumas hacía referencia a la descripción de sus alojamientos. Si bien la hospitalidad parecía estar en cierto modo asegurada, la mayoría de alojamientos parecía no reunir el estándar de calidad mínimo exigido por un europeo con clase, especialmente si el habitáculo se encontraba en una zona en litigio dentro de un casco urbano.

Castro Urdiales 1875. Tomado de http://fotosantiguascastro.blogspot.com.es
En estos términos rememoraba John Furley su hospedaje en la saturada villa marinera de Castro Urdiales (Cantabria), convertida en retaguardia del ejército liberal durante las batallas de Somorrostro de 1874: “En conjunto, la casa era curiosa; pero era un buen ejemplo de vivienda española. La escalera era ancha, pero oscura y sucia, y a sus pies, en el sótano, había una gran acumulación de viejas tinas y leña. Había dos o tres familias en cada piso, y las habitaciones y la cocina rodeaban un pozo cuadrado en el que se abrían las ventanas y de donde se obtenía una luz muy tenue. Las habitaciones por un lado miran hacia la calle, por el otro el mar, y la mía era la última. Yo digo la mía, porque Kennett era el verdadero inquilino, pero no el único. Llegando a esta habitación triangular, que no estaba separada por ninguna puerta, había un pequeño pasaje de unos siete pies de largo, y a ambos lados de éste, separados por una cortina, había una cama; en una dormía un oficial de infantería, mientras su sirviente ocupaba la otra. Era un arreglo muy parecido a Box-and-Cox (hacer turnos para ocupar las habitaciones): cuando yo no estaba usando mi habitación, el oficial estaba allí. […]. Pegado a mi ventana había un pequeño balcón, que sobresalía sobre una especie de pentagrama de cimientos que, evidentemente, se pretendía una vez convertirse en casas. Todos los desperdicios de la cocina y los desperdicios generales de este primer piso eran trasladados por encima de mi cama y arrojados por la ventana; y como esto es una costumbre común a las casas vecinas, los olores, con los cuales las brisas del mar tienen que luchar, pueden ser mejor imaginados que descritos. Nunca un lugar tan bonito como Castro ha sido tan completamente estropeado por sus habitantes. No creo que jamás se haya intentado ningún sistema de saneamiento”.

Durango. Álbum Siglo XIX
Pero tampoco la villa de Durango en Bizkaia, parada obligada de la Corte itinerante del pretendiente, mejoraba sus prestaciones; los núcleos urbanos parecían estar condenados al hacinamiento y a una falta de limpieza crónica a la que se sumaba un ambiente de cierta inseguridad. Furley no puede dejar caer una sucinta crítica: “Era evidente que todo el pueblo estaba en un estado de gran confusión, a pesar de que Don Carlos y su personal habían estado aquí durante algunos meses. En cualquier otro país que no fuera España, se hubiera hecho de Durango un agradable lugar de parada, pero aquí la ciudad entera estaba en el mismo estado que se esperaba que asumiera inmediatamente después de su captura por parte de un enemigo. Tan poco seguro me sentía en mi habitación, […], que con la ayuda de José bloqueé firmemente las dos puertas, dejando sólo la ventana sin defensa. Esta ventana se abría sobre un balcón sobre el río Durango, que en este punto es estimulado con la actividad rugiente de dos arroyos que convergen en él. Desde el punto de vista sanitario, esto es una circunstancia afortunada, ya que las aguas residuales de cada casa de la ciudad caen en este arroyo, y justo encima del hotel hay un matadero, en cuyo desagüe nunca pasé sin dejar de observar un gran número de ratas que se regalaban en la horrible cantidad de deshechos. La suciedad en mi habitación era algo espantoso. Traté de hacer una limpieza, vaciando parte de su contenido por la ventana. José prometió, al menos una sábana limpia, y con esto tuve que contentarme”. No era la primera vez que Furley hacía referencia a la posibilidad de encontrase inquilinos no deseados en la propia habitación del hotel, ya estando alojado en Santander en zona liberal comentaba: “En los hoteles españoles, cualquiera parece tener el derecho de circular libremente en los pasajes y, como una señora me dijo unos días antes, "cada español pobre considera la casa de otro como su propio castillo". Esta es una práctica manera de poseer un château en Espagne”.

Pero tampoco alejándose de los cascos urbanos encontraba este británico alojamientos que satisficieran completamente su concepción inglesa de comodidad. En el pueblo de Otañes (Cantabria): “Entrábamos en dos o tres casas cómodas y bastante bonitas, que, sin embargo, poseen el inconveniente, a ojos de un inglés, de tener caballos, vacas y cerdos alojados en el planta baja; pero esta es una costumbre española”. A decir de este autor y siguiendo las pautas del gusto anglosajón, la convivencia en el mismo techo de animales y personas, constituía un serio inconveniente.

La Gastronomía

La gastronomía del país también contaba con sus propias referencias. El siempre difícil de complacer John Furley describía así una opípara cena servida a una hora notablemente europea, como eran las 6 de la tarde en una fonda de Elizondo (Navarra): “[…] como la cena fue servida de una forma similar a la que he encontrado generalmente en otras posadas españolas, la describiré brevemente. La calidad era ciertamente inferior a la que se encontraría en la posada de cualquier pueblo inglés. El comedor estaba unido a la cocina y, animadas por la suciedad, una plaga de moscas nadaba sobre las paredes, techo, mesa y ventanas. A pesar de ello me las arreglé para hacer ingerir los platos que se sirvieron en el siguiente orden: sopa con mucho aceite y ajo […]; dos platos con garbanzos (una especie de frijol seco y sin sabor) y col; rodajas de pescado frito en aceite; chuletas de carne cuya naturaleza exacta era difícil de determinar; el ave más pequeña que he visto nunca, […]; patatas hechas en aceite; ensalada; queso holandés y tartas con textura de esponja; el vino tinto fuerte del país, y el café que era decididamente barro […]. A pesar de mi repugnancia, cené, y luego desterré los recuerdos de la comida con un puro mientras paseaba por la pequeña ciudad”. Con un destacado tono irónico también relató en Among the Carlists un desayuno en una fonda cerca de Pamplona, si bien está vez elogiaba algunos de los ingredientes: “La anciana que poseía el establecimiento no mostró mucha disposición a servirnos el desayuno, pero nos sentamos en la gran cocina sobre los establos, y gracias a esta determinada actitud logramos obligarla a ejercer alguna hospitalidad. Cada uno de nosotros recibió una taza de té con un fluido maravillosamente graso llamado sopa, seguido de huevos escalfados en aceite y queso blanco, que era realmente excelente. Con esto y el vino tinto del país, fue posible comer”. 

Más suerte tuvo Nicolas Thieblin cuando acabó cenando en el Señorío de Bertiz en plena comarca del Baztan, acompañando al general carlista Joaquin Elio y Ezpeleta: “[…], encontrándose el ajo y el aceite desterrados, excepto en esa clase de sopa gruesa de pan, que es un plato nacional de la cena en España, y que era muy del gusto de viejo caballero (Elio). Para mí era muy fácil prescindir de ella, ya que la cena fue muy copiosa y las verduras tan deliciosas, que satisfacían el apetito más voraz. Nunca en mi vida olvidaré las alcachofas […]. Apenas se podía creer que fuera el mismo vegetal que da tantos problemas para cocinar y consumir en otros países”.

La Crueldad Animal

Los españoles son muy crueles con los animales y estoy intentando enseñarles un poco humanidad. He cogido y escondido los brocales, todos los que he podido encontrar, porque siempre cabalgan con ellos, a grandes golpes, con el consiguiente sufrimiento de las pobres bestias”. Hay algunos aspectos que muestran un claro choque cultural que está más allá de lo puramente anecdótico y que causaba claras muestras de desagrado ante los visitantes extranjeros. Tanto Nicolas Thieblin como Kennett-Barrington dejaron constancia del maltrato animal del que hacían gala los españoles hacia sus monturas y animales de carga.

Arrieros carlistas. The Graphic
En el caso de Kennett la situación llegó a semejante hastío que casi le hizo llegar a las manos: “La crueldad de esta gente con los animales es repugnante. Estoy a cargo de los establos e intento detenerla en vano. Se ríen ante la idea de humanidad hacia las bestias, y las golpean y atormentan para su disfrute. El otro día tuve una pelea con un hombre porque golpeó a una mula en el hocico y la cabeza con un gran palo hasta que esta cayó al suelo. Arranque el palo de la mano del bruto y lo sostuve encima de su cabeza, y con mi más refinado juramento español le dije que le mataría si volvía a pegar otra vez al animal. Él se quedó callado, más aun cuando le sancione a pagar 15 días de jornal por su brutalidad”. Este episodio fue aprovechado por Kennett para sacar su flema más británica: “Los españoles no se pueden controlar entre ellos mismos si no es a fuerza de coacción, y están acostumbrados a esto. El único problema es que todos los navarros llevan grandes navajas en sus cinturones y las usan cuando están completamente enfadados. Sin embargo, invariablemente tienen miedo de un inglés”. 

Por su parte Thieblin utiliza un tono más paternalista para tratar el tema: “La brutalidad general de los hombres de Navarra está más allá de cualquier cosa que se pueda imaginar en países más civilizados, y la manera en que tratan a sus caballos será un eterno problema sobre cualquier intento de introducir el servicio de caballería entre ellos. Pero esta brutalidad no es de ninguna manera malvada, es puramente animal, y no les impide en ningún grado ser, en general, un pueblo muy bueno, honesto, y hasta exquisitamente educado,… siempre y cuando seas amable con ellos”.

Fiesta y Diversión

Qué insensibles son estos españoles. Hoy es domingo y los soldados se han estado divirtiendo jugando a pelota, un juego similar a nuestro “five”. Mientras escribo esto, otros están bailando al son de una guitarra” (Kennett-Barrington tras una batalla). Serán cuantiosas las veces que los autores extranjeros den cuenta del ambiente festivo del que hacen gala soldados y población civil.

Baile en Estella. Álbum Siglo XIX
La mayoría de los visitantes, incluido Irving Montagu, pudieron observar y participar de los dos elementos festivos fundamentales en el Norte: el baile y la pelota, aunque la percepción que tenían del baile no siempre fuera postiva. “Las dos danzas más frecuentadas en el norte de España son la jota y el bolero. En ambos casos van acompañados de castañuelas, o una mala imitación de éstas producida por el chasquido de los dedos. La jota es una danza más funeraria, […] y nadie parece tan aliviado como los bailarines mismos cuando termina. Parece más bien una penitencia que un placer, […]. Luego vienen las competiciones atléticas de todo tipo peculiares al norte; Estos son seguidos a su vez por varios juegos, entre los cuales uno no es diferente al inglés "Fives" llamado Pelota”.

Thieblin no dudaba en elogiar a los vascos, caracterizándolo como buenos danzantes, aunque no puede decir lo mismo del componente instrumental que les acompañaba: “[…] el “fandango” vasco puede ser contemplado los domingos ya sea en las plazas especiales dispuestas en cada aldea para la pelota, o en San Juan de Luz, frente al establecimiento de baños. La orquesta consiste, por regla general, en un mal violín y una flauta aún peor. Dos grandes barriles vacíos con dos tablas sobre ellos, dos sillas viejas en estos tablones, y dos malos músicos sobre las sillas, se consideran elementos suficientes para animar la danza. Los sonidos que salen de sus instrumentos son algo horrible; sin embargo, usted puede sentarse durante horas contemplando los gráciles movimientos de hombres y de mujeres”. Y conviviendo ya con los voluntarios carlistas se asombraba del carácter festivo del que hacían gala en todo momento los hombres: “[…] Pero ninguna fatiga ni privación parecía influir de ninguna manera en los voluntarios carlistas. Siempre que no había prohibición, el canto y la risa continuaban todo el día, y cuando había una hora de sobra después de la cena, o antes del anochecer, era seguro que un fandango fuera bailado en algún lugar de la plaza del pueblo […]”. Pero así como el baile parecía gustarle, la instrumentación de las bandas de los batallones y las jotas navarras de los voluntarios era particularmente “terribles” a sus oídos: “[…] hay varias bandas en el ejército carlista, y cada voluntario canta casi todo el día. Pero si la música de las bandas era muy justa, no se puede decir lo mismo de la parte vocal de los conciertos diarios. Las canciones vascas, y especialmente en Navarra y su canto, son algo terribles de escuchar. En la mayoría de los casos son de carácter lamentable, tanto en composición como en ejecución […], mientras que la garganta navarra a veces es capaz de producir sonidos roncos y horribles […] que sacuden todo el sistema nervioso […]". 

"Pelotari". Álbum Siglo XIX
Tampoco las jotas navarras parecían ser del gusto de John Furley. Estando en Pamplona en vísperas de San Juan dejaba constancia de lo siguiente: “La fiesta comenzó realmente poco después de la medianoche. En ese momento me despertó una banda que entró en la plaza principal y sirvió una serenata a varias de las casas durante una hora y media. Entonces una guitarra y una flauta irrumpieron con una música monótona. Ésta interpretación instrumental fue ocasionalmente variada por los esfuerzos vocales de un hombre con pulmones estentóreos, que era más monótono y decididamente una molestia mayor. La gente atraída por estos atractivos musicales, hablaba, reía, cantaba y bailaba, […]”. Furley también describe un componente de peligrosidad en las celebraciones de éxitos militares, en este caso mientras se encontraba en la capital carlista por antonomasia,  Estella: “Una banda tocaba delante de la casa del general Dorregaray. La gente bailaba y cantaba, y cuando estaba bastante oscuro, la descarga de cohetes era tan frecuente que casi llevaba a suponer que el enemigo había vuelto al ataque. Las tropas, por la manera lúdica e imprudente que distingue a los soldados españoles, no contentos con los combates reales, estaban teniendo una pelea simulada por su propia cuenta, y como varios de ellos estaban asaltando una colina vecina, las balas volaron alrededor de forma peligrosa -algunas de ellas incluso pasando por la plaza frente al hotel- de tal forma que algunos prudentes oficiales ordenaron que se diera el alto el fuego”. 

A medida que estos extranjeros se iban empapando del carácter y costumbres de las gentes con la que convivían, no dudaban en sumarse a la fiesta. Kennett reflejó este hecho en una de sus cartas personales: “La noche pasada tuvimos baile “a lo español” con los demás, chasqueando mis dedos al más puro estilo castellano. Así estuvimos hasta la una de la mañana”. Porque trasnochar, era también una costumbre muy arraigada.

Los Ejércitos 

Parecía imposible, incluso con la ventaja del terreno, que estos últimos (los carlistas), dispersos como estaban, y casi sin artillería y caballería, pudieran sostenerse contra el ejército de Concha que los duplicaba en número, y que estaba poniendo en juego ochenta piezas de artillería”. Así relataba Furley el asombro que le producía el ejército carlista durante la batalla de Abarzuza en junio de 1874, desdibujando un estereotipo que parecía campar por Europa respecto a la mala fama que tenían los españoles como soldados. 

Tropas Liberales. The Graphic
Thieblin lo había dejado meridianamente claro: “Como soldados, los españoles tienen una reputación muy mala en Europa, y defenderlos en este aspecto probablemente resultaría una tarea muy ingrata. A decir verdad, sería incluso difícil sostener que son buenos soldados, en el sentido en que la palabra se entiende generalmente en los ejércitos europeos. Pero lo que es justo decir -aunque tal vez no sea fácil convencer a las personas que se han expresado lo contrario- es que los españoles no son en modo alguno los cobardes que nos son representados frecuentemente”. Tampoco parece que la disciplina o el carácter castrense estuviera correctamente representado en los ejércitos del Norte, ni tan siquiera en el gubernamental, equiparándolos a una simple manifestación: “Al acercarnos a Vitoria nos encontramos con una columna republicana, unos setecientos u ochocientos hombres, marchando en busca de carlistas, y la manera en que aquella columna iba en camino, encabezada por un coronel dormitando a caballo, supondría el lanzamiento de un profundo bufido en el seno de cualquier disciplinado militar inglés o alemán. La columna no tenía ni vanguardia ni retaguardia, y unas pocas docenas de hombres decididos que salieran en una emboscada podrían haberla dispersado en cualquier momento. Cada hombre caminaba como le gustaba, fumando su cigarrillo y, salvo por estar vestido con un hermoso uniforme, no difería en su actitud general de los radicales británicos o de los patriotas irlandeses que formaban las procesiones de Hyde-Park”. Continuaba el autor haciendo referencia al ejército carlista en esto términos: “La opinión de Europa sobre el ejército carlista es todavía peor que la que tiene del ejército republicano. De hecho, con respecto a los carlistas, incluso ahora que su número se ha vuelto tan imponente y su organización ha mejorado, todavía existe una corriente de creencia de que son simplemente bandas de bandidos cobardes […]”. 

Y aspecto de “bandidos” pudiera ser, aunque el calificativo de “cobardes” no se ajustaba a las descripciones que irían realizando los distintos autores. John Furley, a la vista de tropas carlistas en Estella (Navarra), comentaba: “Un sargento o un voluntario británico podría condenar a la mayoría de ellos por su aspecto de bandidos, pero cualquiera que tenga experiencia en ejércitos europeos y oficiales que haya visto la manera en la que pelean o han tenido oportunidad para apreciar su coraje y resistencia, desearía comandar estas tropas”. 

Columna navarra carlista. The Graphic
Incluso tampoco faltaron algunas chanzas. Según apuntaba O’Shea incluso aquellos irlandeses que se habían unido voluntariamente al ejército carlista se burlaban de los primeros intentos de parecerse a un ejército regular: “[…] (William Nash) Leader me hizo reír con sus relatos de Lizarraga gritando "¡Artillería al frente!" seguida de la aparición de un par de mulas arrastrando una miserable pieza; y del ruido intimidatorio hecho por tres caballeros encogidos en corazas demasiado anchas para ellos, en alpargatas, trotando por una calle del pueblo […]”. Desde luego, la impresión que causaba, en estos primeros momentos, el ejército carlista a ojos de otros militares no era precisamente buena. Sin embargo a medida que se producía una convivencia con los voluntarios carlistas, los autores comenzaban a mostrar en sus escritos una cierta admiración, mitigando la visión la de “bandidos y criminales cobardes”: “Estos horribles y sanguinarios carlistas se convirtieron en individuos amables. Supongo que podrían poner un ceño fruncido a sus enemigos, pero para mis compañeros y para mí no tenían más que sonrisas abiertas y fuertes manos”. 

O’Shea se tomó muchas molestias en enumerar cualidades y carencias de estos voluntarios del Norte: “Pero antes de que puedan convertirse en soldados eficientes, necesitan un severo curso de entrenamiento. En el país llano, al sur del Ebro, sería de necios oponerse a tropas regulares. Como guerrilleros, no tienen parangón, se contentan con pequeños bienes comunes y siempre están dispuestos al baile después de la marcha más larga […]. En las copas y en los riscos de sus propias provincias son invencibles, y pueden continuar la lucha mientras quede un cartucho o una cebolla en la tierra. Pero donde las tácticas del contrabandista ya no sirven, donde las sorpresas son imposibles y las desapariciones misteriosas no son fáciles, o donde el grueso de la gente no es espía o simpatizante, el conflicto toma otro cariz”. Continua O’Shea: “Son tiradores mediocres con las armas de gran alcance de precisión, y no tienen una concepción adecuada de las concesiones del viento o del sol. […] El derroche de pólvora en cada escaramuza es extravagante; y no se puede descansar por la noche en una aldea sostenida por carlistas sin ser molestado por frecuentes descargas descuidadas. Con la bayoneta, por lo que pude observar, son impetuosos en el inicio, y obstinados especialmente los navarros. Pero las cargas de bayoneta no pueden con los muros de piedra; y ante el casi incesante fuego de los fusiles de retrocarga, ataques de este tipo se han vuelto ligeramente anticuados. […] Su educación militar, por desgracia, se limita a los rudimentos del libro de ejercicios. […]. Tienen una aptitud instintiva para las escaramuzas, y son expertos en formar cuadrados, cuya utilidad, por cierto, es tan cuestionable hoy en día como la de cargar a la bayoneta. Se presta más atención a la disciplina que a la lucha. Los piquetes patrullan los pueblos en los que entran, y reprimían todo desorden después del anochecer […]”.

Tipos carlistas. Álbum Siglo XIX
El irlandés realizara una exhaustiva descripción de los voluntarios y un recién formado 5º de Navarra, al que tendrá ocasión de contemplar en su entrada al pueblo de Bera de Bidasoa: “[…]. Tenía curiosidad por ver el uniforme carlista. […] Estaban vestidos con el atuendo ordinario de los montañeses: unas chaquetas gruesas y unos pantalones sueltos, atados en la cintura por una faja, o un cinturón de lana de colores brillantes, eran usados por algunos; blusas de sarga, calzones de rodilla, y medias o polainas, por otros; pero todos, sin excepción, tenían la boina, un gorro de lana en forma de torta de las provincias vascas, y las alpargatas o zapatos de lona de suela plana. A poco se oyó un ruido de clarín y el paso rápido y regular de los hombres que marchaban, y la cabeza de una compañía apareció a la vista. […] Así, sucesivamente, otras siete compañías llegaron, formando el 5º batallón de Navarra, un vigoroso conjunto de hombres, que impresionaban al ojo experto como excelente materia prima para ser soldados, aunque con uniformes muy semejantes al de los bandoleros de una ópera cómica. […] El batallón tenía su bandera, blanca entre dos rayas de escarlata, en la que estaba inscrito el nombre del cuerpo, y la leyenda, "El país para siempre, pero siempre con honor". Esto, por supuesto, estaba escrito en euskera, del cual mi traducción es bastante libre, pero da exactamente el sentido del sentimiento. […] Los oficiales, en algunos casos, se distinguían de los voluntarios únicamente por las borlas de oro o de plata pendientes de sus boinas, y sus boinas eran de color azul, blanco, marrón o incluso rojo republicano, según la fantasía del portador. […] Había muchos veteranos en las filas que habían peleado con Zumalacarregui y Mina en la Guerra de los Siete Años; pero por regla general los “Chicos” (voluntarios carlistas) eran literalmente muchachos jóvenes, y aquí y allí un niño de doce o catorce se podía ver midiéndose al lado de un mosquete. […]. En la parte superior de muchas de las boinas, sujetando la borla, había un enorme botón de latón, con el anagrama del "Rey", y la inscripción, "Voluntarios, Dios, Patria y Rey". Otra señal particular de esta fuerza irregular que me impresionó mucho fue un corazón sangrante bordado en un pequeño trozo de tela y cosido en los pechos izquierdos de casi todos en el suelo. Esto parecía ser usado como un encanto contra las balas; Y con una fuerte idea de que los protegería en la hora del peligro, estoy convencido de que nueve de cada diez de esos campesinos la llevaban. Puede ser bueno añadir que en el interior de ese parche bordado se escribieron en español las palabras "Detente, el corazón de Jesús está aquí, defiéndeme, Jesús". Muchos otros de los carlistas llevaban escapularios, rosarios y medallas bendecidas como recordatorios piadosos”.

De Vascos-Navarros, “su Carlismo” y “sus Motivaciones”

Como sabes, yo no tengo ningún interés personal en el éxito de ninguna de las dos partes, aparte de admirar inmensamente el coraje y los elevados principios de los soldados carlistas, que han dejado sus casas, sus mujeres, todo, para luchar por una causa que a ellos les parece sagrada. Me dan mucha pena estos valientes campesinos, y más aún cuando caen y no hay nadie para ayudarlos. Estos carlistas son gente decidida y creo que lucharan hasta el final. Es una lástima que sangre y coraje tan esplendidos los malgasten los españoles luchando los unos contra los otros” (Kennett Barrington en carta personal).

Cura predicando a favor de la causa carlista. Álbum Siglo XIX
Ya hemos comentado que a lo largo del siglo XIX se generó por parte de los escritores de la cuestión carlista una asociación entre pueblo vasco-navarro y carlismo. Thieblin describió su propia visión del carlismo al que se había adherido de forma masiva los vasco-navarros bajo el lema “Dios, Patria, Rey”: “"Patria" juega, en efecto, una parte mucho menos importante que “Dios” y “Rey”, pues, cada vez que se oyen gritos de júbilo entre los carlistas “Patria” se menciona raramente. Es siempre "Viva Carlos Sétimo (sic)", "Viva la Religión", "Vivan los Carlistas", o Viva este o ese líder carlista especial. “Patria”, significa entre los voluntarios carlistas, por regla general, su provincia particular, a menudo incluso únicamente su pueblo. De España, como un todo, no saben mucho, y no les importa demasiado. La mitad de estos hombres, siendo vascos puros, ni siquiera entienden el castellano”. Respecto a concepto de “Rey”, Thieblin comentaba: “Del Pretendiente actual, Navarra y el pueblo vasco saben muy poco. Es bastante para ellos saber que él es El Rey, y que su nombre es Carlos. Veneran en él la vieja tradición. Y estoy casi seguro de que la gran mayoría de ellos creen firmemente que es el hijo de Carlos V, bajo quien sus padres -en algunos casos incluso ellos mismos- lucharon hace cuarenta años”. “Dios” y la religión Thieblin incorpora en sus escritos la opinión que aporta el veterano general carlista Joaquín Elio sobre la importancia del clero en esta sociedad norteña: "Y, diga lo que quiera contra los monjes, pero si estudia las provincias vascas, donde sacerdotes y monjes siempre han sido poderosos, encontrarán muchos elementos a su favor. No hay un solo campesino en estas provincias-hombre o mujer- que no escriba gramaticalmente y de manera clara la lengua vasca, y muchos escriben igualmente bien la lengua española. Su buena salud es el resultado de su moralidad. No sólo no hay mendigos, sino que la pobreza extrema es casi desconocida. Gran parte de esto se debe al sacerdocio y a lo que los sacerdotes les ayudan a mantener los antiguos privilegios de las provincias vascas y de Navarra”. Pero el corresponsal también recoge su propia opinión que no deja de resultar llamativa, puesto que describe un declive del poder eclesiástico: “Ahora, que el sombrero de los curas es ridículo, es cierto. [...]. Que muchos curas son gordos también es correcto […]. Si las piernas del sacerdote español son siempre más «gordas y redondas» que los pilares de la catedral de Burgos, no soy capaz de saberlo, pues nunca he desnudado a ninguno de ellos ni en Burgos ni en ningún otro lugar. Pero lo que sí sé con certeza es que, tanto en los tiempos antiguos como modernos, tanto en la Iglesia católica como en la protestante, los representantes más peligrosos y censurables del clericalismo rara vez son los gordos, sino los delgados. […] Sin embargo, sea que las simpatías del lector residan en la representación gorda o en la representación delgada del clero, no deja de ser innegable que el poder de los sacerdotes gordos o delgados ha desaparecido en España y desaparecido por siempre. Y los futuros historiadores hablarán del cambio que se ha producido en este sentido en la Península, fanática y supersticiosa, como una de las mayores revoluciones que ha tenido lugar en nuestro siglo de grandes revoluciones”. Aunque con retraso y con cierta lentitud se estaba produciendo un cambio social en la sociedad española.

Caricatura de la tala del Árbol de Gernika. Revista "La Madeja"
También entre los párrafos de las cartas escritas por Kennett encontramos parecidas referencias donde se mezcla la tradición, Dios, Rey, así como distintas patrias y fueros: “Es curioso ver tanta hermandad y amor que parecía existir entre los carlistas. Ellos están completamente convencidos que luchan por una causa noble y buena, la causa de Dios y de su Rey, pero no dudan en admitir que también están luchando por sus libertades y fueros, que el resto de España no parece estar dispuesto a permitirles”. Es por ello que también Thieblin hacía notar lo siguiente respecto a los batallones vasco-navarros: “[…] muy pocos de los voluntarios de Vasco-Navarra querrían marchar más allá del Ebro. Luchan bien y de buen grado en casa, pero no están en condiciones ni están dispuestos a seguir la guerra en la llanura”.

Irving, por su parte, también destacaba algunas peculiaridades de las motivaciones de estos hombres para entrar en batalla: “El desprecio que todos los vasco-navarros sienten hacia el servicio militar regular, del cual sus fueros siempre los mantuvieron alejados, esta tan arraigado que dudo que alguna vez lleguen a formar regimientos regulares. Cualquier cosa como la disciplina es perfectamente repugnante para ellos, y no serían capaces de obligarlos a dar un paso en nombre del deber militar; pero si logran estimular su orgullo, o hacerles creer que sus servicios son necesarios para la defensa de lo que ellos entienden como la gloria de su provincia, o para la seguridad de sus hogares o de sus privilegios locales, no habrá peligro que estos hombres no afronten”.

Joven carlista. Álbum Siglo XIX
Thieblin reflejó en su crónica las razones que daba el general Elío para que una parte importante de la población siguiera abrazando la causa carlista: “Ustedes se sorprenden de la fuerza y valentía de nuestros jóvenes voluntarios, algunos de los cuales, como ustedes han visto, apenas tienen dieciséis años. Es el resultado sólo de sus vidas puras y de la ausencia de esa fuente de ruina para los jóvenes de otros países, el reclutamiento, con su vida de barracones y todos los vicios de las grandes ciudades. No es en medio del aire fresco y el suelo rocoso de estas montañas que la gente puede llegar a desmoralizarse. Algunos de los muchachos nunca han estado tan lejos como Pamplona o Vitoria, y todo lo que saben del mundo en general es lo que el cura y el arriero les dicen. Puedo asegurarles que todos los que han vivido aquí se sienten tan seguros como yo, que ni los intensos sentimientos religiosos ni la lealtad a las antiguas instituciones monárquicas pueden ser erradicados de la mente de los pueblos de las provincias Vasco-Navarras, a menos que la misma cara del país cambie, y estas montañas se nivelaran a la tierra. Creo que todo el resto de España puede hacerse fácilmente monárquico, pero nunca los montañeses se convertirán en republicanos. Y tenemos montañas y montañeses por todas partes de la Península”. 

Otro factor lo constituía la propia tradición familiar, perpetuando la lucha comenzada por sus abuelos. Según Kennett: “No simpatizo realmente con ninguna de las partes, pero me dan pena los soldados cuyo destino es vivir en un país donde, o bien luchan, o son una deshonra para sus pueblos y sus familias. Cuando hieren a un hombre ya es demasiado tarde para preguntarle si estaba justificada la lucha”. Pero independientemente de la justificación, la presencia en los batallones carlistas de jóvenes de apenas 16 años parecía ser una realidad. John Furley relataba así la llegada a filas de dos muchachos: “De repente aparecieron dos niños pequeños, uno de catorce años, el otro diez. Su padre estaba en el ejército carlista, y se habían escapado de su madre en Pamplona, sin darle ninguna advertencia, con el propósito de ofrecer sus servicios a Don Carlos. Llevaban tres días en el camino. El más joven estaba muy cansado, y fue vencido por las preguntas que se le hicieron. Sus lágrimas y sollozos demostraron que, en aquel momento hubiera preferiría estar en casa. El mayor, un muchacho hermoso y guapo, estaba lleno de coraje; y uno o dos oficiales, incluido, por supuesto, Montrosey, prometieron que sería ser aceptado como corneta. Por su vestimenta y modales, era evidente que los pequeños compañeros pertenecían a una familia de buena posición. Un viejo cura me comentó: Mientras haya tales reclutas, la causa de don Carlos perdurará”.

Diferenciación Provincial del Ejército Carlista

 “Todos tienen un fondo religioso, de a amor a las libertades y fidelidad a Don Carlos. Pero aparte de esas condiciones, existen unas peculiaridades, con referencia a la región de la que son nativos. Así por ejemplo los guipuzcoanos luchan por su odio a los liberales, que quemaron sus casas, pero no les interesa ir a defender Estella o sitiar Bilbao, son perfectos guerrilleros a los que les gusta luchar tras la rocas y en los desfiladeros, pero no en las batallas de grandes desarrollos y maniobras” (George Mac-Graham).

Uno de los jefes de la partida castellana
de "los Hierro"
El conocimiento que llegaron a tener los éstos escritores del ejército carlista del Norte y de sus distintos batallones, les permitió llegar a realizar distinciones de carácter y particularidades entre provincias y fundamentar sus propias preferencias. Thieblin ya comentaba en relación con las provincias vascas: “Aunque se considera que las provincias vascas y navarras presentan una distribución homogénea, existe una considerable diferencia en el temperamento y en el carácter de la población de estas provincias”. Para este autor eran sin duda lo alaveses el paradigma del soldado carlista: “Ya he mencionado que hasta el momento en que dejé los campamentos carlistas, los hombres de Vizcaya no habían tomado parte en casi ningún compromiso; y por consiguiente no soy capaz de juzgar su comportamiento en el campo de batalla. Pero vi a los hombres de Navarra, de Guipúzcoa y de Álava combatiendo en varias ocasiones, y la opinión que formé de sus respectivos méritos como soldados es ésta: Todos ellos son hombres de valentía ilimitada, a toda apariencia perfectamente indiferentes a la vida, y entre ellos los hombres de Álava se llevan la palma. La reputación que adquirieron bajo Zumalacarregui, que siempre los prefirió a cualquier otro hombre en el norte de España, ciertamente no es inmerecida. Se mantendrán firmes independientemente de la cantidad de fuego que reciban con la regularidad de las mejores tropas de cualquier país […]. Una quincena después de que tres de sus batallones se hubieran formado, vi a los hombres de uno de ellos calladamente sentados y fumando sus cigarrillos bajo un fuego que sería considerado, incluso por tropas experimentadas, como desagradablemente fuerte. Siguen siendo más sobrios que los hombres de Guipúzcoa o de Navarra, y notablemente obedientes y fieles a sus jefes. Su provincia, comparativamente pequeña y pobre, no tiene ni las alturas de los navarros ni la exclusividad de los guipuzcoanos.

Voluntario carlista y lancero navarro.
www.euskomedia.org
Después de los hombres de Alava, los mejores soldados parecen ser los guipuzcoanos; al menos son mejores que los hombres de Navarra, siendo muy capaces de soportar la fatiga; pero no son tan valientes como sus vecinos […]. Además, muchos de ellos tienen la desventaja de no saber una sola palabra de español, una circunstancia que los distingue en cierta medida […] También son gente notablemente trabajadora, completamente virtuosa y extravagantemente intolerante. […] emigran a América del Sur, hacen fortunas allí, y regresan a sus aldeas nativas, con su guipuzcoanismo tan intacto como lo es del escocés que, después de haber viajado veinte años por todo el mundo, vuelve a sus lagos y colinas nativas. Contrariamente a sus vecinos, los hombres de Navarra que una vez fueron a Sudamérica, si vuelven a casa, renuncian a todos sus antiguos sentimientos relacionados con "Dios, Patria y Rey" y se convierten en los más feroz liberales y radicales. Un número considerable de los campesinos navarros enriquecidos, conocidos en su propio país bajo la denominación de "Americanos", vivían el verano pasado en el lado francés de los Pirineos, debido a que sus opiniones chocaban con las de sus compatriotas armados. En cuanto a los enfrentamientos militares, los voluntarios de Navarra son inimitables. Su carga de bayoneta es algo que realmente vale la pena observar y supera cualquier cosa que los Zuavos hayan sido capaces de realizar en los días de su mayor gloria. En verdad hablando, los hombres de Navarra no entienden ninguna pelea sino es con la bayoneta. El rifle les parece un brazo inútil, y siendo muy descuidados, con frecuencia pierden u olvidan sus cartucheras, o las rasgan a directamente cayendo todos los cartuchos. Incluso existe la creencia de que a veces los desechan deliberadamente, por ser demasiado engorroso un artículo para ser llevado. Cuando uno tiene que tomar un camino de montaña por el que acaba de pasar un batallón de Navarra, está seguro de recoger los cartuchos en casi todos los pasos, y cuando a un batallón navarro se le ordena hacer fuego, lo hace tan apresuradamente y con un desprecio tan absoluto, que el espectador se acaba convenciendo que todos estos muchachos simplemente desean deshacerse de su munición, para acelerar el momento de un ataque de la bayoneta. Pero son totalmente incapaces de soportar el fuego, y tan pronto como la cosa se vuelve algo “caliente”, ninguna fuerza humana los retendrá: deben atacar o retroceder”.

George Mac-Graham en sus crónicas también incluía a los batallones castellanos que al igual que cántabros, asturianos, aragoneses y riojanos, formaban parte del Real Ejército del Norte: “Los vizcaínos luchan bien en campo abierto, son muy apegados a su terruño, van con sacerdotes, pero quizá pecan de fanatismo y fieros en la lucha. Los alaveses son apacibles, fríos y serenos, luchan con coraje y en recuerdo a sus viejos fueros. Los castellanos sufridos, fieles y los primeros en la pelea con el arma blanca. Los navarros son la verdadera imagen de lo que eran los Highlands, en tierra de Escocia, en el siglo XVIII; en Navarra los habitantes de las montañas y de las ribera, se les ve que aman la lucha; sus mujeres y madres los empujan a ellos, y los reverendos sacerdotes bendicen la guerra santa contra los odiados “guiris”. Cuando los republicanos entran en los pueblos las jóvenes y las ancianas no ocultan su desprecio por ellos y su antipatía por los negros. Yo digo una cosa para el futuro, navarra seguirá siendo carlista aunque se pierda la guerra, o aunque desapareciera Don Carlos y toda su familia. Estos navarros son fuertes, cabezotas y obstinados, luchan como demonios cuando se enfadan y no siempre es fácil mantenerlos en sus trincheras, cuando las columnas enemigas avanzan al ataque; éstos son los mejores soldados de Don Carlos”.

Por su parte Kennett-Barrington parecía mostrar una sincera admiración por los batallones castellanos y en sus cartas relataba la presencia de heridos de estas fuerzas en el monasterio de Iratxe: “Debo decirte que algunos pertenecen a familias que viven al otro lado del Ebro, están completamente incomunicados de sus familias. Generalmente pertenecer a los Batallones de Castilla, que reciben escasa o ninguna paga, y debido a esto son muy pobres”. Siendo los batallones sostenidos económicamente por las diputaciones provinciales carlistas, aquellos territorios que se encontraban en su mayor parte en zona liberal, encontraban serias dificultades para hacer llegarles suministros, material y dinero a sus hombres. Por lo tanto, muchos de los escritores se fijaron en la abnegación de esos voluntarios que luchaban lejos de sus tierras de origen.

Envidias y otros Celos

Pero la diferenciación entre provincias y regiones de la España del XIX iba más allá de capacidad de lucha o adhesión a uno u otro bando. Muchos de los escritores expresaron un claro componente negativo respecto a la diversidad que encontraban y la falta de cohesión, incluso dentro del mismo bando, siendo Thieblin el que más extensión dedica a sus escritos al tema: “Con el giro que han tomado las cosas en el presente siglo: Andalucía, Cataluña, Navarra, las provincias vascas, etc., se han vuelto casi tan extrañas como Irlanda a Inglaterra, o las provincias italianas a Austria; y cuando los hombres tomados de estas diferentes provincias se juntan en un regimiento, la discordia interna en ese cuerpo es inevitable […]”.

Voluntarios Vizcaínos. Álbum Siglo XIX
En el campo carlista estas rencillas llegaron a ser de notable calado, siendo muchos los ejemplos de descoordinación fundamentada en estos prejuicios territoriales. Para Thieblin, el general Nicolas Ollo Vidaurreta presentaba una simple carencia: “Su único defecto parece ser que tiene un exceso de las vanidad navarra, que a menudo le impide cooperar con los generales que comandan en otras provincias. Y como los voluntarios de Navarra están todos poseídos del mismo defecto, ocurren diferencias entre los diversos cuerpos que dan algunos problemas al viejo Elio, y parecen a menudo desbaratar sus planes”.

También los celos hacían presencia dentro de los batallones. Al comienzo de la contienda escribía Thieblin que: “La provincia de Vizcaya tenía diez batallones, de los cuales ocho estaban compuestos de voluntarios Vizcaya y dos de castellanos; tenían también dos cañones y estaban bajo el mandato del general Velasco. Eran los mejor equipados y los más disciplinados pero los navarros y los guipuzcoanos decían que los vizcaínos no estaban en condiciones de luchar. No he podido comprobar la verdad en esta acusación, ya que nunca vi a los hombres de Vizcaya bajo el fuego, pero creo que la laxitud y apariencia descuidada de los hombres de Navarra y Guipúzcoa tenían mucho que ver con su aversión a los limpios y pulcros voluntarios de Vizcaya”.

La Oficialidad Carlista

Otro componente que llamaba la atención era la oficialidad carlista y de las notables complicaciones que encontraban en la regularización de la actividad de los voluntarios. La gran mayoría de jefes de batallón y oficiales superiores se correspondían con militares de carrera, muchos de ellos curtidos en anteriores conflictos; pero los voluntarios quedaban, por lo general, al mando de guerrilleros que habían levantado las partidas en 1872 y 1873, y que habían sido reconvertidos en oficiales de los propios muchachos con los que se habían “echado al monte”. Esto confería al ejercito carlista una “familiaridad” entre soldados y oficiales, que no terminaba de ser del agrado de todos los observadores. Según opinaba Agustus O’Shea: “Había demasiada familiaridad hacia los superiores; la base carecía de ese temor y respeto por los oficiales que son el cemento más fuerte del tejido militar. Esto se explicaba en parte porque los oficiales no estaban por encima de los hombres en posición social, y en parte, porque fue aceptado cualquier caballero emprendedor que compró trenzas de oro y borlas, llevaba una espada y se consideraba oficial así mismo”.

Oficial carlista. Àlbum Siglo
Irving iba un paso más allá, resaltando los problemas e incluso la peligrosidad que afrontaba la oficialidad para convertir a los vasco-navarros en batallones disciplinados: “[…] no se podía concebir una posición más desagradable que la de ser un oficial subalterno del ejército carlista. A menos que esté persistentemente por delante de sus hombres, no sólo es desatendido e insidiado, sino frecuentemente fusilado por ellos durante la lucha. Si se mantiene delante de ellos, a menudo queda expuesto a ser asesinado o herido por su forma descuidada e ignorante de manejar sus armas. En casi todos los combates carlistas, uno o dos oficiales son asesinados por los errores de sus propios hombres […]”.

Respecto a los grandes generales, parece que Thieblin, siempre tan crítico con todo lo español, hacía la siguiente descripción del general Joaquín Elío: “Ha vivido muchos años exiliado en Francia, Italia e Inglaterra, y ha adquirido un conocimiento profundo de las instituciones de esos países. Es imposible que alguien se parezca más a un viejo inglés que el general cuando viaja con su pasaporte inglés y con su paraguas, polainas, sombrero de fieltro y artículos similares, casi todos marcados con los nombres de los fabricantes londinenses”. Y continúa: “Tampoco el general parece un militar, y tan poco español es su aspecto y modales, que si no hubiéramos sido acompañados en nuestro viaje por los tres voluntarios, ciertamente habríamos sido detenidos varias veces por sus propias fuerzas”. 

Pero algunos oficiales carlistas estaban llamados a ser por "juventud y elegancia" uno de los estereotipos románticos por excelencia. Según recoge el mismo Thieblin: “[…] un hombre alto, delgado, de aspecto caballeroso, de unos veinte cuatro años, con una espada a un lado, un revólver en el cinturón, una insignia de plata que colgaba de su hombro, y una borla de plata que dependía de una boina escarlata, la gorra del país, apareció en la puerta de la diligencia, se inclinó y pidió nuestros papeles. Los echó un vistazo, como un guardia de ferrocarril que se encargaba de los billetes, preguntó si llevábamos armas o contrabando, y al ser contestado negativamente, nos dio un gesto educado: "Vayan con Dios", e hizo un gesto a conductor que podía pasar. Mientras galopábamos, todos los ojos se dirigían hacia el desconocido; caminaba tranquilamente por un campo hacia una colina, dos campesinos equipados con rifles pegados a sus talones”. Ante un comentario despectivo de uno de los viajeros importunado por esta detención, las mujeres en el carruaje no dudaron en salir en defensa del “apuesto” oficial:  “-Y ese oficial, estoy seguro, era muy amable y parecía un D'Artagnan tan caballeroso y guapo -añadió una de las damas-“.

Retazos de una Guerra Civil

 “A menudo, al atravesar las aldeas del Norte, mi atención era atraída por algunas mujeres, o niños, cuya apariencia, llena de dolor y desesperación, era realmente impactante; y casi invariablemente resultó, en investigaciones, que el padre o el hermano de la tan desafortunada mujer estaba en las filas carlistas, mientras que su marido, y el padre de sus hijos, estaba en las filas republicanas, y ahora tenían que luchar entre sí en el mismo pueblo, tal vez cerca de la misma casa en la que habían vivido antes juntos” (Nicolas Leon Thieblin).

Noticias del frente. The Graphic
A lo largo de las páginas tampoco faltaran algunos comentarios a las miserias que acarrea una guerra civil, describiendo la guerra entre hermanos, la pérdida de vidas, los desmanes, las represalias, los robos, los heridos, las enfermedades, el desamparo, y un largo etc. de calamidades. Kennett-Barrington lo resumió en muy pocas palabras: “Una guerra civil es algo terrible de verdad, hermano, contra hermano, padre contra hijo, y me temo que la Guerra va a durar mucho tiempo, […]”.

Thieblin, alejado siempre de “lo políticamente correcto” y tomando claro partido por el ejército carlista: “[…] esperar que los montañeses semisalvajes (carlistas) sean más crueles que los ejércitos bien disciplinados es en teoría, razonable; pero por lo que he visto, debo confesar que me sorprendió la comparativamente pequeña cantidad de crueldad exhibida por ellos. De hecho, los soldados republicanos eran incomparablemente más brutales y violentos que los carlistas, y la explicación es bastante clara. Mientras los primeros estaban empeñados en la exterminación de su enemigo, los segundos tenían órdenes estrictas que les daban sus jefes de ejercer todo el esfuerzo en tratar al enemigo con la mayor amabilidad posible, con el fin de ganar su simpatía y hacerle desertar”. Pero la realidad de la guerra era tozuda y aun asumiendo que también los carlistas tomaban parte en actos de represalias, Thieblin amparaba dichas acciones, destacando muy negativamente las actuaciones de miqueletes, voluntarios por la libertad y otros cuerpos de milicias liberales: “Pero esas monstruosidades son, rara vez perpetradas por los carlistas, siendo más frecuentes en el lado republicano […]. Pero la justicia exige también añadir que las tropas regulares republicanas no son tan malas en este aspecto como los llamados Migueletes, Voluntarios de la Libertad y otros cuerpos de milicias similares”. De hecho, otro escritor como Furley comentaba alguno de los desmanes perpetrados por estas tropas a las afueras de Bilbao una vez levantado el Sitio de la ciudad en mayo de 1874: “En el camino, mi atención fue atraída por los numerosos fuegos en las afueras de la ciudad, y, mirando a través de mis prismáticos, vi claramente a una banda de los Voluntarios de la Libertad dedicados a quemar dos casas en la colina”. Por su parte el irlandés O’Shea explicaba las razones del odio de los carlistas hacia los miqueletes: “[…] Eran valientes y leales a la República, y objeto de profundo rencor por parte de los “Chicos” (carlistas), pues eran vascos de las ciudades. Muchos de estos milicianos provinciales habían venido de los pequeños pueblos, donde corrían el riesgo “de ser comidos por los muchachos (carlistas), […]”. Lo cierto es que los carlistas no sentían ningún aprecio, ni por los miqueletes, ni por sus familias. Elio comentaba a Thieblin: “-Por supuesto -continuó, volviendo a este tema una y otra vez-, no puedo responder por accidentes ocasionales que pueden ocurrir de vez en cuando. Un jefe de una partida puede capturar a unos milicianos (Miqueletes) contra los que los carlistas están particularmente enojados porque son voluntarios, no son soldados "a la fuerza". Estos hombres pueden ser asesinados a veces, sin o con la sanción del comandante de la banda […]”.

Oficiales revisando documentos. Álbum Siglo XIX
Indudablemente las partidas carlistas que detenían a los viajeros o entraban en los pueblos, no siempre se ceñían a las reglas básicas marcadas de no dañar personas, ni apropiarse elementos materiales. EL irlandés O’Shea explicaba con una cierta sorna: “Cuando están (los voluntarios) en el puesto de avanzada a lejos de los oficiales, y han tomado demasiado aguardiente, a veces, no pueden apreciar la distinción entre meum y tuum”.

Con la formalización del ejército carlista y el comienzo de las grandes campañas, aquellos que trabajaban en el ámbito de ayuda humanitaria dieron cuenta de los resultados de las batallas. Así describía Kennett-Barrington lo ocurrido tras la batalla de Lacar: “Uno se puede hacer una idea de la ferocidad del combate cuando puedo confirmar, que en los dos días siguientes se enterraron más de 950 soldados del Gobierno, la mayoría de ellos muertos a la bayoneta. Algunos de los pobres muchachos evacuados a Irache habían recibido más de 8 estocadas de bayoneta, y casi todos tenían más de una herida”. En otra carta dejará recogida la siguiente frase: “Es una pena pensar que tantos de estos jóvenes están destinados a ser carne de cañón, especialmente en una guerra civil”.

Traslado de heridos. The Graphic
Los heridos en el combate padecían el todavía incipiente desarrollo de cuidados médicos, llamando la atención la precariedad del traslado de heridos. John Furley observaba con desagrado la imagen que se produjo tras la batalla de Las Muñecas (Abril 1874), con la visión de muchos heridos siendo transportados sin ningún tipo de cuidado en dirección a la zona de retaguardia en Castro Urdiales: “No había médicos ni enfermeras, ni siquiera una escolta, con este triste convoy. Simplemente se les dejó a cargo de los pobres ignorantes conductores, cuyos carros habían sido requisados para el transporte de los heridos”. Tampoco parecían correr mejor suerte aquellos que fueron trasladados hasta Santander: “Junto al muelle había un vapor cargado de hombres enfermos y heridos. Todos parecían sucios y miserables, con caras pálidas, ojos hundidos y mejillas. Muchos podían caminar, o mejor, flojear en tierra; otros fueron llevados en camillas abiertas; pero en algunos de los peores casos estaban cubiertos de lino blanco, marcados con la cruz roja. Había también un coche fúnebre abierto pintado con letras, esperando un cadáver”.

De hecho a Thieblin le llamó la atención el trato que recibían los fallecidos: “La manera en que son enterrados los cuerpos de los muertos es perfectamente repugnante para un hombre acostumbrado a ver éste deber realizado con cierta reverencia; pero es bien sabido que en España no hay nada que valga menos que un hombre muerto, por lo que la costumbre es que el cuerpo perfectamente desnudo, sin más ceremonias, se tiré a una zanja de ataúd que ha servido el mismo propósito en un buen número ocasiones, y probablemente lo hará en muchos más”. Y concluye: “debe considerarse más bien una costumbre nacional que cualquier otra cosa”.

Mujeres cuidando de un herido.
Álbum Siglo XIX
También algún escritor dio cuenta de ejemplos de adhesión a la causa carlista de la población más allá de cualquier infortunio, que incluso pudiera rayar el fanatismo, describiendo Furley lo que contemplaba mientras tenía lugar la batalla de Abarzuza (junio de 1874): “En este momento en el reducto en la cumbre de San Millán presencié una escena que era típicamente carlista. Allí, contemplando toda la batalla a simple vista, había un grupo de soldados esperando órdenes, y varios campesinos que, no teniendo otra cosa que hacer, estaban actuando como espectadores de la batalla. Los ancianos alentaban a los más jóvenes y hablaban de experiencias anteriores cuando ellos mismos llevaban mosquetes en la misma causa sagrada. […]. Un tercio, por lo menos, de las personas congregadas estaba compuesto por mujeres, que habían subido con provisiones, mulas cargadas de pan, pieles de vino, botellas de agua y otros artículos de primera necesidad. Estas mujeres miraban hacia abajo, hacia los batallones en los luchaban sus maridos, sus hijos, sus padres y sus hermanos, […].Todos estaban dispuestos a los mayores sacrificios. Me encontré con una mujer que sostenía en su pecho a un bebé de quince días, y pocas semanas antes, su marido había muerto en batalla, y ella dijo que si la niña, que era lo que más amaba, tuviera la edad suficiente para llevar un mosquete, estaría dispuesta dárselo también. Muchos de los que me rodeaban podían ver sus casas encendidas, pues siete aldeas eran ahora pequeñas ruinas, pero ni siquiera eso parecía producir una punzada de dolor. Tal era la fe en una causa, y tal confianza en un resultado victorioso, que sería probablemente imposible encontrar algo semejante en otro lado”. La batalla de Abarzuza finalizó con una resonada victoria carlista, dejando el ejército liberal a muchos de sus soldados heridos: “[…] el pueblo de Abarzuza presentó un espectáculo aún más angustioso. Los republicanos se habían retirado durante la noche, dejando a sus heridos detrás de ellos. Estos pobres desgraciados, muchos de los cuales estaban sufriendo una agonía atroz, estaban acurrucados en todos los rincones; y multitudes de hombres, mujeres y niños, que se habían retirado a las montañas durante la batalla, ahora se estaban reuniendo desde sus diversos lugares de refugio. Un batallón carlista ocupaba el pueblo, y aunque se observaba la formalidad de colocar centinelas a las puertas de todas las casas en las que había republicanos, éstos no hicieron nada para frenar la curiosidad general. La gente se apiñaba en las pequeñas cámaras, miraba a los heridos, y en muchos casos criticaba a los desafortunados enfermos. La vista de las casas que ardían parecía cerrar cualquier posibilidad de simpatía, y dos o tres hombres propusieron seriamente prender fuego a una casa en la que se encontraban treinta y cinco republicanos heridos, y tratarlos, dijeron, como lo habían hecho ellos con los carlistas”.

En ocasiones el odio dejaba paso a cortos periodos de confraternización. Kennett recogió la siguiente anécdota en una de sus cartas tras las batalla de Marzo de 1874 en la Campaña de Somorrostro: “[…] las líneas carlistas estaban en una ladera cercana y los voluntarios carlistas bajaron a hablar con los soldados del Gobierno donde estábamos y a buscar agua. Era curioso ver a los soldados como buenos amigos y hablando de acontecimientos pasados y futuros; discutiendo sobre sus respectivas raciones, el vino, etc., y cada uno intentando hacer desertar al contrario. Los oficiales son extremadamente educados y nos explicaban todo”. 
Confraternización tras la batalla. Álbum Siglo XIX

Pero las diferencias prácticamente dejaban de existir cuando de heridos se trataba. Según John Furley: “[…], los heridos son generalmente  amistosos entre sí, sin importar cuál sea su partido. Los españoles siempre hablan de política, pero lo hacen de manera conciliadora y sin ofensa grave a sus respectivas sensibilidades”. También Kennett puso de manifiesto esta hermandad entre hombres convalecientes: “Pasé de nuevo a Logroño para recoger a nueve soldados republicanos heridos que habían estado en este hospital durante más de cuatro meses y que se habían restablecido lo suficiente para viajar. Fue un viaje interesante: los soldados carlistas de Los Arcos fueron muy amables con sus enemigos heridos. Les daban vino, cigarros,… y todos se dieron la mano afectuosamente al separarse. […]”. 

Tampoco faltaron extraños pactos de “no agresión”, incluso en momentos de fuego real. Irving permanecía atónito cuando un artillero liberal le confesó lo siguiente respecto al intercambio de proyectiles que tenía lugar de forma asidua entre el fuerte de San Marcial y una posición carlista cercana: “Vacilando un instante, me aseguró en un susurro -Que, como todos eran hermanos y no políticos, y no estaba muy claro qué condición podía ser, patrióticamente hablando, la mejor para el país, había un entendimiento mutuo de forma que los proyectiles debieran, en cada caso, no alcanzar una marca o en su defecto excederla de forma considerable-”.

Mantillas "negras y Blancas". Lámina de Irving Montagu
Este mismo corresponsal dejaba recogido un relato de amor muy del gusto del romanticismo: “Maraqueta (sic) (nunca averigüe su auténtico nombre) era la encantadora hija de un campesino local, enamorada de un joven que se unió a las filas carlista cuando estalló la guerra. Durante el asalto a la aduana de Behobia, cuando todos los civiles de vecindario inmediato habían escapado por el río a Francia, uno por lo menos permaneció allí: Maraqueta. Se escondió en una casa desde donde podía ver a su amante en la lucha, observando su destreza. ¡Ay! Pero fue de corta duración, la calle se convirtió en un callejón sin salida, y antes de que terminara el día, con varios otros, fue conducido hasta ese mismo lugar donde, con el resto, fue derribado ante sus ojos. En una agonía demasiado profunda para expresarse, todavía asomada por la ventana abierta, levantó las manos y, desesperándose, se desmayó. En ese instante una bala perforó sus dos muñecas. La casa en la que se había desmayado cayó destruida poco después, y si no hubiera sido por un oficial republicano, su destino nunca habría sido conocido […]. Sin embargo, los doctores de la ambulancia la cuidaron con esmero, y allí la dejé […]”. Un tiempo después Irving volvió a tener noticias de Maraqueta: De un corresponsal recién llegado de Hendaya que cenó con nosotros esa noche, conocimos el destino de la pobre Maraquita (sic), esa heroica muchacha, a la que, recordemos, se negó a abandonar el pueblo en el que su amante peleaba en la causa de Don Carlos, y cuya vida, después de que ese amante fue asesinado ante sus ojos, fue finalmente salvado por un joven oficial de la República. Nos dijo que se había recuperado de las heridas que había recibido, aunque había perdido por completo el uso de una mano; pero que la herida más profunda, más allá de la ayuda mortal, la pérdida de su carlista había sido demasiado para ella, y que habiendo perdido la razón, la habían trasladado a un manicomio. Con toda probabilidad terminará allí sus días”.

Pequeña Conclusión

 “Sin duda tendré mucho que aprender en el nuevo y maravilloso mundo creado por los esfuerzos del genio anglosajón. Pero en medio de todos los esplendores y milagros de la industria, las reminiscencias de la España semi-salvaje volverán con frecuencia a mi mente como otros tantos y maravillosos sueños del pasado”. Debemos a la pluma del corresponsal Nicolas Leon Thieblin, hijo de legitimistas franceses que pasó una parte de su vida en la Rusia zarista para finalmente afincarse en Estados Unidos, el párrafo con el que cerramos esta entrada al blog.

Calle de Estella. The Graphic
La última guerra carlista supuso un soplo reaccionario en un mundo donde las sociedades europeas ya habían asumido las importantes transformaciones que las alejaba de los vetustos sistemas del denominado “antiguo régimen”. Desde la periferia se observó con curiosidad y en algunos casos con cierta simpatía, la patente negación “a evolucionar” y la resistencia enconada a los aires de cambio de una parte de los españoles. El voluntario carlista siguió representando como ningún otro la imagen de inmutabilidad, sumando a su figura muchos de los clichés quijotescos, mientras que en el caso de los vasco-navarros se aceptó la máxima de "ser todos" carlistas. Francisco Caspistegui en su artículo Between repulsion and attraction: Carlism seen through foreign eyes, resumía: “La construcción de nuestro cuadro de "realidad" (en cuanto al fenómeno del carlismo) tiene sus orígenes en algunos estereotipos sobre los españoles y, en particular, sobre el pueblo vasco, adaptados al contexto histórico. Esta construcción tomó sus principales elementos de una larga tradición de puntos de vista extranjeros”.

Lo más curioso, es que trascurrido más de un siglo, hay determinados elementos reflejados en estos libros, cartas y crónicas que parecen pertenecer a nuestra propia idiosincrasia; como si de algún modo u otro, nuestra sociedad siguiera bebiendo, una y otra vez, de las mismas fuentes. Porque…. “Spain is different”.

A Modo de (Auto)Crítica

Spain and the Spaniards (1874) de Nicolas Leon Thieblin; Aventuras de una Gentelman en la tercera Carlista (2007), donde Francisco Javier Caspistegui recoge las cartas que Vicent Hunter Kennett Barrington escribió en las tres expediciones que realizó a España entre abril de 1874 y mayo de 1876. Romantic Spain: A Record of Personal Experiences (1887) de John Agustus O’Shea; Wanderings of a war-artist (1889) de Irving Montagu, Among the Carlists (1876) de John Furley y Un corresponsal en España (2009) de Enrique Roldan que recopila las crónicas del George Mac-Graham entre 1873 y 1874, representan tan solo un ejemplo de la mucha y diversa literatura extranjera que puso su foco en la última Guerra Carlista.

Ésta bibliografía que se ha tomado como referencia en el presente trabajo es una pequeña selección de elementos, en origen redactados en inglés y/o de material fácilmente accesible digitalmente, y que a buen seguro adolece de un componente subjetivo a la hora de seleccionar los distintos fragmentos que estructuran esta entrada al blog. Han quedado fuera una infinidad de autores y documentos escritos en inglés, francés, alemán o incluso polaco, donde a buen seguro se reflejan otras, o tal vez, parecidas visiones del conflicto carlista, su imaginario y ámbito geográfico; siendo obligatorio recordar que la Guerra Carlista tuvo más focos de insurrección que el denominado "Norte", cada uno con sus particularidades.

Agradecimientos: Agradezco a Andrew sus recomendaciones que han servido para mejorar el fondo de esta entrada.